𝐄𝐧 𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫 𝐝𝐢́𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐟𝐞𝐬𝐭𝐢𝐯𝐚𝐥 𝐜𝐮𝐥𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥 ❞𝐒𝐢́𝐥𝐚𝐛𝐚 𝐝𝐞 𝐚𝐠𝐮𝐚❞, 𝐞𝐥 𝐟𝐢𝐥𝐨́𝐬𝐨𝐟𝐨 𝐜𝐨𝐫𝐝𝐨𝐛𝐞́𝐬 𝐄𝐝𝐮𝐚𝐫𝐝𝐨 𝐋𝐨́𝐩𝐞𝐳 𝐕𝐞𝐫𝐠𝐚𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐭𝐨́ 𝐥𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐞 𝐣𝐮𝐠𝐥𝐚𝐫 𝐫𝐞𝐯𝐨𝐥𝐮𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐫𝐢𝐨, 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐬𝐞 𝐚𝐩𝐫𝐨𝐯𝐞𝐜𝐡𝐨́ 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐱𝐚𝐥𝐭𝐚𝐫 𝐥𝐚𝐬 𝐨𝐛𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐃𝐚𝐯𝐢𝐝 𝐒𝐚́𝐧𝐜𝐡𝐞𝐳 𝐉𝐮𝐥𝐢𝐚𝐨, 𝐎𝐫𝐥𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐅𝐚𝐥𝐬 𝐁𝐨𝐫𝐝𝐚 𝐞 𝐈𝐯𝐚́𝐧 𝐂𝐡𝐚𝐥𝐚𝐫𝐜𝐚.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
En días pasados tuve el doble honor de ser invitado al festival cultural “Sílaba de agua”, para que fuera uno de los moderadores del conversatorio “50 años del Indio del Sinú”, en homenaje al cantautor de música de acordeón Máximo Jiménez.
Dicha actividad se desarrolló en el salón Pierre Daguet, de la Universidad de Bellas Artes, barrio San Diego, Centro Histórico de Cartagena.
Esta invitación me llegó por doble vía y por parte de una tripleta cordobesa, pues el exponente de esa charla, el filósofo cordobés Eduardo López Vergara, me propuso que fuera uno de sus acompañantes en el conversatorio, al lado del también cordobés y lingüista Juan Carlos Urango. La segunda invitación vino de parte otro cordobés: el poeta Gustavo Tatis Guerra, director del evento.
En el acto también se aprovechó para rendir homenaje a otros tres gigantes de la cultura colombiana: el escritor cordobés David Sánchez Juliao, por su natalicio número 80; el sociólogo barranquillero Orlando Fals Borda, por su natalicio número 100; y el pintor pereirano Iván Ulianov Chalarca Grisales.
La charla se enriqueció con la presencia de Catalina Pérez Pérez y Maximito Jiménez, esposa e hijo de Máximo Jiménez, respectivamente; además de que, cada cierto tiempo, se programaron fragmentos de las canciones más significativas del juglar en comento.
Particularmente, debo decir que conozco de cerca la pasión que motiva a Eduardo López Vergara respecto a la obra de Máximo Jiménez, pues, además de ser su paisano de región, su música le sirvió como material para robustecer su tesis de maestría en la Universidad del Atlántico.
Al mismo tiempo se le puede calificar como uno de los mayores (si no el mayor) promotor de la producción discográfica de Máximo Jiménez, ya que, siendo parte del equipo realizador del programa “Música del patio” (UDC Radio 99.5 FM) nunca, durante los 16 años de existencia de ese espacio, ha perdido la oportunidad de programar las canciones del cantautor sinuano.
Respecto a los 50 años de la publicación del long play “El indio del Sinú”, López Vergara afirmó que ese trabajo discográfico se constituyó en todo un hito cultural, debido a que debe considerarse como la propuesta musical revolucionaria más arrojada en el contexto colombiano.
“Si bien es cierto que hubo muchos compositores que hicieron música protesta —explicó—, nunca llegaron al nivel de Máximo Jiménez; y, sobre todo, nunca alcanzaron el nivel de este primer trabajo discográfico; y a partir de aquí se publicaron nueve trabajos más que continuaron manteniendo la línea de la canción contestaria”.
Los tres panelistas estuvimos de acuerdo en descalificar la forma en que los medios de comunicación nacionales, y específicamente los actuales, presentan a Máximo Jiménez diciendo que se trata de un “juglar vallenato”, cuando en realidad es uno de los mayores exponentes del estilo sabanero tocado con acordeón.
Tal equivocación tiene fundamento en que la mayoría de los amantes de la música popular colombiana clasifican como “vallenato” a cualquier grabación que tenga acordeón, lo cual es un poco comprensible por la fuerza comercial y mediática que ese estilo ha cobrado en los últimos años. Pero conviene aclarar que en nuestra Región Caribe el acordeón ha servido para acompañar diferentes estilos, entre los cuales, indiscutiblemente, los más relevantes son el vallenato, el sabanero y el afroantillano.
En el caso que nos ocupa, Máximo Jiménez se lució con el paseo sabanero, el merengue sabanero, el pasebol y el pasaje, entre otros ritmos que se practican en las sabanas de Bolívar, Sucre y Córdoba. De hecho, “El indio sinuano”, su canción más popular, está interpretada como pasaje; mientras que “El burro leñero” es un auténtico merengue sabanero.
Tal como en todos sus conversatorios, Eduardo López trajo a colación el epígrafe inscrito en la carátula de “El indio del Sinú”, y que se titula “La semilla de mi sueño”, el cual también marca un hito en lo que debe ser la lucha revolucionaria desde todos los escenarios. Y dice lo siguiente:
“La cultura es la más profunda, sublime y natural manifestación del espíritu humano en términos locales; y es un privilegio para el artista, el intelectual, el científico o el luchador social que en el horizonte las coincidencias, las más bellas y genuinas coincidencias, sus sueños y aspiraciones por un mundo mejor se recreen en el ideal de un pueblo, que, al igual que él, sueñen con una sociedad más justa, amorosa, culta y alegre, con oportunidades de progreso, desarrollo y vida plena para todas las personas. Así, pues, les entrego hoy la semilla de mis sueños para que germine en la mente y el corazón del universo sinuano”.
La aparición de Máximo Jiménez en el escenario cultural, social y revolucionario de Colombia debe explicarse desde su ingreso a la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), una institución creada por el Gobierno Nacional, cuya intención era, a partir de Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (INCORA), entregar tierras a los campesinos, lo cual nunca ocurrió, anomalía que provocó que la Anuc se dividiera en dos capítulos: el capítulo Sincelejo, al cual perteneció Máximo Jiménez y el más contestario; y el capítulo Armenia, que se apegaba a lo estatal.
Así las cosas, el capítulo Sincelejo inició el proceso de toma de tierras en Colombia, actividad que Máximo Jiménez venía acompañando desde finales de los años 60 y principios de los años 70. Pero es a partir de 1974 cuando aparece el sociólogo barranquillero Orlando Fals Borda en los territorios de Córdoba y Sucre, donde se hizo acompañar de un grupo de intelectuales, que se reunió en dos instituciones: la Fundación del Caribe y la Fundación La Rosca.
A La Rosca pertenecían Orlando Fals Borda, Víctor Negrete, Iván Ulianov Chalarca Grisales y David Sánchez Juliao, quienes constituyeron el ingreso de Máximo Jiménez en el mundo artístico, para que se convirtiera en el gran exponente de la música revolucionaria que Colombia conoció.
“Gracias a esa organización —señaló Eduardo López— apareció el long play ‘Él indio del Sinú’, que contó con una carátula hecha a partir de una pintura creada por Iván Chalarca, quien había nacido en Pereira, pero llegó hasta la ciudad de Montería, donde se constituyó en uno de los artistas plásticos más importantes del departamento de Córdoba. Tanto es así que su obra se encuentra en el Museo Zenú de Arte Contemporáneo (Muzac), aunque el pintor murió demasiado joven. Pero antes se dedicó a hacer todas las ilustraciones referentes a la toma de tierras de Córdoba”.
Las producciones discográficas de Máximo Jiménez se materializaron y se conocieron, debido a que adquirió un contrato con La Rosca, mediante el cual se comprometía a grabar cinco discos de larga duración con canciones de corte social.
“El primero de esos trabajos fue ‘Él indio del Sinú’, donde el éxito, como ya sabemos, fue el pasaje ‘El indio sinuano’. La última canción de ese trabajo discográfico se titula ‘No quiero cantarle al amor’, donde explica por qué emprender una lucha revolucionaria desde la música, en vez del romanticismo, que, según él, estaba acabando con la música de acordeón en general”, dijo el filósofo López Vergara.
En cuanto a la génesis de “El indio sinuano”, anotó que el escritor David Sánchez Juliao se inspiró recordando los avatares de un pueblo indígena que fue masacrado casi en su totalidad. Así que escribió la letra y le encargó a Máximo Jiménez que le creara una melodía melancólica. Pero el juglar le respondió que no se podía narrar la historia del pueblo sinuano melancólicamente sino a través de un pasaje.
“En esa misma canción —añadió López— hay una parte donde se menciona cómo la narrativa de la institucionalidad quiso borrar la historia del pueblo sinuano. Y dice así: “Y mi historia la contaron al revés/me dejaron pocas cosas de servir/y lo único que queda de mi raza/la usaron para burlarse de mí: indio cholo pelo largo/gran comedor de babilla/cogedores de cangrejos/fabricador de esterillas/Con su nariz achatada/con sus pómulos salidos/con su corte medio metro/y sus tobillos torcidos”.
Puede decirse que Máximo Jiménez participó en la toma de tierras, pero no tomando tierras en realidad sino amenizando con su conjunto musical, su voz y su acordeón, esas actividades. En ese grupo, su hermano José Jiménez, quien murió asesinado, tocaba la caja; mientras que Luis Bertel lo acompañaba con la guacharaca de finca en finca y de hacienda en hacienda.
“Yo —solía decir Máximo Jiménez—, cuando veía esas miles de hectáreas de tierra en manos de una sola persona, me preguntaba: ¿quién le dio a ese hacendado la potestad de ser el dueño de tanta tierra?”.
En ese reflexionar, según Eduardo López, Máximo empieza a encontrarse con la toma de tierras y con los estudiantes, quienes lo enseñaron a leer y a escribir, gracias a lo cual logró tener contacto con la literatura revolucionaria, que no sólo le sirvió para fortalecerse intelectualmente sino también para enriquecer su obra musical.
“Pero debe mencionarse que, además de ‘El indio sinuano’, David Sánchez Juliao le entregó otras dos letras a Máximo: ‘Pobres campesinos’ y ‘Hermanos negros’, que también hacen parte del LP ‘El indio del Sinú’”, aclaró Eduardo López.
Máximo Jiménez también sentenciaba que “la tierra debe ser para quien la trabaja y que los ricos inventaron la violencia para despojar a los pobres de sus terrenos. En este mundo hay tanta tierra, pero los ricos hacen al mundo chiquito”.
Juan Carlos Urango destacó la figura del terrateniente como una ficha clave dentro de la obra de Máximo Jiménez, puesto que ese personaje es la simbología inequívoca de que la tierra en Colombia siempre estuvo mal distribuida.
Eduardo López complementó el comentario afirmando que “la mayoría de los colombianos, especialmente los terratenientes, tenemos una mentalidad feudal. Por eso siempre les digo a mis estudiantes: nosotros vivimos en el siglo XXI, pero mentalmente todavía estamos anclados en la edad media, factor que no nos deja avanzar. Por eso, los terratenientes colombianos están convencidos de que la riqueza está en la acumulación de tierras. De ahí que la guerra liberal y conservadora, que se dio en Colombia a principios del siglo XX tiene origen en que los liberales querían industrializar al país. Tanto es así que el tren llegó a Colombia gracias a la intención que tenían los liberales de refundar al país mediante la industrialización. Pero los conservadores, con su mentalidad feudal, convencieron a todos los colombianos de que a un individuo sólo se le podía considerar rico de acuerdo con las hectáreas de tierra que poseyera, aunque no tuviera para comer. Esto también lo narra Máximo en una de sus canciones”.
Los panelistas recordaron que, durante los años 60 y 70, en Colombia las canciones de protesta, hechas por artistas colombianos, se difundían en los medios de comunicación sin ninguna dificultad, pero a mediados de la década de los 80 las casas disqueras decidieron restringir este tipo de contenidos, debido a que ya se estaba fortaleciendo el movimiento paramilitar, que perseguía a todo el que se pronunciara en contra de la situación política colombiana.
“Máximo —sostuvo Eduardo López— fue restringido durante cinco años, pero, cuando regresó de su exilio en Europa, grabó una canción titulada ‘El retorno’, donde asegura que ‘ahora sí Máximo Jiménez se metió en la grande, porque decidí enfrentar al Estado colombiano’. Es que Máximo era un convencido de que la canción debía volverse un testimonio de cualquier aspecto de la historia del país”.
La aparición de la música de Máximo Jiménez coincidió con los trabajos discográficos de David Sánchez Juliao titulados “El Pachanga” y “El Flecha”, que contienen una crítica social enorme, pero que lastimosamente la gente del populacho los veía mucho más por el lado del humor, asimilando los discos no como obras literarias sino como compendios de chistes.
Ambas obras —la de Máximo y la de Sánchez Juliao— fueron concebidas tomando en cuenta que la mayoría de los campesinos de las sábanas eran iletrados. Ante ese panorama, se necesitaba que el mensaje revolucionario llegara más fácilmente a la comprensión de la gente, por lo cual se apeló a la música y a la narración sonora. De ahí que David Sánchez Juliao se auto proclamara como el precursor del audiolibro en Colombia.
“La idea de todo ese proceso artístico —explicó Eduardo López— era convencer al campesino de que estaba siendo explotado. Pero los intelectuales de La Rosca sabían que no podían llegarle de cualquier manera al indígena y al campesino, dada su poca o ninguna escolaridad. Entonces, había que buscar la forma de lograr ese impacto. De modo que se crearon estrategias más elocuentes. A David Sánchez Juliao le encomendaron los audiolibros. A Máximo Jiménez le encargaron la música. Y a Chalarca las ilustraciones de los cuentos del investigador Víctor Negrete. Todos esos contratos aún están guardados como reliquias”.
El acto culminó con la intervención de Catalina Pérez, la viuda de Máximo Jiménez; y de su hijo Maximito, quienes, además de cantar un par de piezas revolucionarias, invitaron a que nadie olvide el legado del juglar sabanero y a que se pongan en práctica sus ideas en busca de una Colombia más justa.
Eduardo López exhibió, en pantalla gigante, la letra de “Confesión de un terrateniente”, uno de los éxitos de Máximo, que dice lo siguiente:
𝐈
𝐓𝐞𝐧𝐠𝐨 𝐞𝐧 𝐦𝐢 𝐜𝐚𝐫𝐭𝐞𝐫𝐚 𝐥𝐚 𝐫𝐢𝐪𝐮𝐞𝐳𝐚 𝐜𝐨𝐥𝐨𝐦𝐛𝐢𝐚𝐧𝐚.
𝐘 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐦𝐢𝐬 𝐦𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐥𝐥𝐞𝐯𝐨 𝐮𝐧 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐧𝐬𝐚𝐧𝐠𝐫𝐞𝐧𝐭𝐚𝐝𝐨.
𝐓𝐞𝐧𝐠𝐨 𝐞𝐧 𝐦𝐢𝐬 𝐬𝐚𝐛𝐞𝐫𝐞𝐬 𝐮𝐧𝐚𝐬 𝐟𝐮𝐞𝐫𝐳𝐚𝐬 𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐚𝐫𝐦𝐚𝐝𝐚𝐬
𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐟𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨 𝐭𝐨𝐝𝐨 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐞 𝐡𝐞 𝐫𝐨𝐛𝐚𝐝𝐨.
𝐘𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐦𝐩𝐞𝐬𝐢𝐧𝐨𝐬 𝐦𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐢𝐭𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐭𝐢𝐞𝐫𝐫𝐚:
𝐜𝐮𝐚𝐭𝐫𝐨 𝐦𝐢𝐥 𝐡𝐞𝐜𝐭𝐚́𝐫𝐞𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐧 𝐡𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐃𝐢𝐨𝐬 𝐦𝐞 𝐝𝐢𝐨;
𝐲 𝐞𝐧 𝐦𝐢 𝐟𝐚𝐛𝐫𝐢𝐪𝐮𝐢𝐭𝐚 𝐮𝐧𝐨𝐬 𝐬𝐞𝐭𝐞𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨𝐬 𝐨𝐛𝐫𝐞𝐫𝐨𝐬
𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐞𝐧 𝐬𝐞𝐫 𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐮𝐞𝐧̃𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐚𝐩𝐢 𝐝𝐞𝐣𝐨́.
𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐬𝐨, 𝐜𝐚𝐫𝐚𝐣𝐨, 𝐲𝐨 𝐭𝐞𝐧𝐠𝐨 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐠𝐫𝐢𝐧𝐠𝐨𝐬,
𝐞𝐬𝐞 𝐢𝐦𝐩𝐞𝐫𝐢𝐚𝐥𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐚𝐧 𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐬𝐞 𝐡𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚𝐝𝐨.
𝐒𝐢 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐚𝐫𝐦𝐚𝐬, 𝐫𝐞𝐜𝐢𝐛𝐨 𝐚𝐫𝐦𝐚𝐬.
𝐒𝐢 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐂𝐈́𝐀, 𝐫𝐞𝐜𝐢𝐛𝐨 𝐂𝐈́𝐀.
𝐐𝐮𝐞́ 𝐭𝐚𝐧 𝐛𝐮𝐞𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐧̃𝐢́𝐚
𝐞𝐬𝐚 𝐧𝐨𝐫𝐭𝐞𝐚𝐦𝐞𝐫𝐢𝐜𝐚𝐧𝐚.
𝐈 𝐈
𝐏𝐚𝐫𝐚 𝐝𝐞𝐟𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐭𝐫𝐚𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐲 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐢𝐞𝐝𝐚𝐝
𝐫𝐞𝐝𝐚𝐜𝐭𝐞́ 𝐥𝐚𝐬 𝐥𝐞𝐲𝐞𝐬, 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐨𝐬 𝐫𝐞𝐬𝐩𝐞𝐭𝐞𝐧.
𝐘 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐜𝐚𝐩𝐢𝐭𝐨𝐥𝐢𝐨, 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐞 𝐥𝐥𝐚𝐦𝐚𝐧 𝐧𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥,
𝐭𝐞𝐧𝐠𝐨 𝐮𝐧 𝐦𝐮𝐧̃𝐞𝐪𝐮𝐢𝐭𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐮𝐬𝐞 𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐢𝐝𝐞𝐧𝐭𝐞.
𝐄𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐫𝐝𝐢𝐥𝐥𝐞𝐫𝐚𝐬 𝐡𝐚𝐲 𝐮𝐧 𝐩𝐨𝐜𝐨 ‘𝐞 𝐠𝐮𝐞𝐫𝐫𝐢𝐥𝐥𝐞𝐫𝐨𝐬,
𝐝𝐢𝐠𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐩𝐨𝐜𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐝𝐚𝐫𝐦𝐞 𝐦𝐚́𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐟𝐢𝐚𝐧𝐳𝐚
𝐝𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐥𝐥𝐚́ 𝐥𝐨 𝐚𝐩𝐨𝐲𝐚 𝐭𝐨𝐝𝐚 𝐥𝐚 𝐠𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐝𝐞𝐥 𝐜𝐞𝐫𝐫𝐨;
𝐲 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐚́𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐮𝐧 𝐩𝐨𝐜𝐨 𝐞𝐬 𝐮𝐧 𝐬𝐨𝐥 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐚𝐠𝐢𝐠𝐚𝐧𝐭𝐚.
𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐬𝐨, 𝐜𝐚𝐫𝐚𝐣𝐨, 𝐲𝐨 𝐭𝐞𝐧𝐠𝐨 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐠𝐫𝐢𝐧𝐠𝐨𝐬,
𝐞𝐬𝐞 𝐢𝐦𝐩𝐞𝐫𝐢𝐚𝐥𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐚𝐧 𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐬𝐞 𝐡𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚𝐝𝐨.
𝐒𝐢 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐚𝐫𝐦𝐚𝐬, 𝐫𝐞𝐜𝐢𝐛𝐨 𝐚𝐫𝐦𝐚𝐬.
𝐒𝐢 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐂𝐈́𝐀, 𝐫𝐞𝐜𝐢𝐛𝐨 𝐂𝐈́𝐀.
𝐐𝐮𝐞́ 𝐭𝐚𝐧 𝐛𝐮𝐞𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐧̃𝐢́𝐚
𝐞𝐬𝐚 𝐧𝐨𝐫𝐭𝐞𝐚𝐦𝐞𝐫𝐢𝐜𝐚𝐧𝐚.
𝐈 𝐈 𝐈
𝐌𝐞 𝐩𝐫𝐞𝐨𝐜𝐮𝐩𝐚𝐧 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐨 𝐲 𝐦𝐞 𝐞𝐬𝐭𝐚́𝐧 𝐦𝐚𝐫𝐭𝐢𝐫𝐢𝐳𝐚𝐧𝐝𝐨
𝐞𝐬𝐨𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐮𝐝𝐢𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬, 𝐫𝐞𝐯𝐨𝐥𝐭𝐨𝐬𝐨𝐬, 𝐜𝐚𝐥𝐥𝐞𝐣𝐞𝐫𝐨𝐬.
𝐘 𝐚 𝐡𝐞 𝐦𝐚𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐯𝐚𝐫𝐢𝐨𝐬 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐩𝐮𝐞𝐛𝐥𝐨 𝐲 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐜𝐚𝐦𝐩𝐨,
𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐦𝐚́𝐬 𝐦𝐚𝐭𝐨 𝐦𝐚́𝐬 𝐲 𝐦𝐚́𝐬 𝐬𝐢𝐠𝐮𝐞𝐧 𝐬𝐚𝐥𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨.
𝐘 𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐝𝐚𝐧 𝐞𝐬𝐨𝐬 𝐦𝐚𝐥𝐝𝐢𝐭𝐨𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐮𝐝𝐢𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬:
𝐩𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫𝐨 𝐚𝐠𝐢𝐭𝐚𝐛𝐚𝐧 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐮𝐧𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝.
𝐀𝐡𝐨𝐫𝐚 𝐲𝐚 𝐬𝐞 𝐬𝐚𝐥𝐞𝐧 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐛𝐚𝐫𝐫𝐢𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐩𝐮𝐥𝐚𝐫𝐞𝐬
𝐲 𝐡𝐚𝐜𝐢𝐚 𝐥𝐚𝐬 𝐦𝐨𝐧𝐭𝐚𝐧̃𝐚𝐬 𝐲𝐚 𝐬𝐞 𝐞𝐬𝐜𝐮𝐜𝐡𝐚 𝐬𝐮 𝐚𝐠𝐢𝐭𝐚𝐫.
𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐬𝐨, 𝐜𝐚𝐫𝐚𝐣𝐨, 𝐲𝐨 𝐭𝐞𝐧𝐠𝐨 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐠𝐫𝐢𝐧𝐠𝐨𝐬,
𝐞𝐬𝐞 𝐢𝐦𝐩𝐞𝐫𝐢𝐚𝐥𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐚𝐧 𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐬𝐞 𝐡𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐨𝐫𝐭𝐚𝐝𝐨.
𝐒𝐢 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐚𝐫𝐦𝐚𝐬, 𝐫𝐞𝐜𝐢𝐛𝐨 𝐚𝐫𝐦𝐚𝐬.
𝐒𝐢 𝐪𝐮𝐢𝐞𝐫𝐨 𝐂𝐈́𝐀, 𝐫𝐞𝐜𝐢𝐛𝐨 𝐂𝐈́𝐀.
𝐐𝐮𝐞́ 𝐭𝐚𝐧 𝐛𝐮𝐞𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐧̃𝐢́𝐚
𝐞𝐬𝐚 𝐧𝐨𝐫𝐭𝐞𝐚𝐦𝐞𝐫𝐢𝐜𝐚𝐧𝐚.