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El arte de no perder el tiempo

Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com

¡Cómo pasa el tiempo!

El pasado 25 de diciembre de 2025 se cumplen veinte años del fallecimiento del escritor cordobés Jorge García Usta, uno de los gestores culturales más comprometidos que tuvo el Caribe colombiano, pero especialmente Cartagena y Bolívar.

Su nombre siempre estuvo relacionado con la poesía, la narrativa, la crónica, las columnas de opinión, la investigación, la docencia, la publicación de libros propios y ajenos; y la organización de eventos culturales, de los cuales tal vez el Festival Internacional de Cine de Cartagena fue el más visible, pues ahí fungió, durante mucho tiempo, como jefe del cuerpo de comunicaciones.

Como se ve, tenía una vida bastante agitada, por lo cual solía vérsele por todas partes, caminando y hablando a prisa, como si desde siempre hubiese tenido claro que no iba a durar mucho en este planeta y que el mínimo tiempo que tuviera debía ser digno de aprovecharse al máximo.

Dicen quienes lo conocieron primero que yo, que desde estudiante ya se le veía el afán de ir sembrando cosas de importancia en los surcos de su propia existencia y de las personas que lo rodearon, de manera que se hizo notable incursionando en la radio y eventos culturales de diversa índole.

Por mi parte, debo recordar que supe de su existencia a finales de la década de los ochenta, puesto que su nombre aparecía con mucha frecuencia en la página cultural del diario El Universal, siempre ligado a recitales, lanzamientos de libros, poemas o cuentos de su autoría, estos últimos publicados en el Magazín Dominical del mencionado matutino.

Pero fue sólo hasta principios de la década de los noventa cuando tuve un primer acercamiento físico con él. Para entonces, yo estaba haciendo las pasantías universitarias en una cadena radial nacional, cuando me enteré de que se había abierto una convocatoria para  exponer trabajos de investigación escrita, algo en lo cual me pareció que podía participar, puesto que para esos días me habían publicado, en el Magazín Dominical, una entrevista con el músico magdalenense Antonio María Peñalosa Cervantes.

No dudé en enviarla, pero pasó mucho tiempo antes de que emitieran el fallo del concurso. Mientras tanto, veía de lejos a García Usta, sobre todo en las oficinas temporales que armaba el Festival de Cine en uno de los salones del Hotel Caribe, desde donde el escritor organizaba ruedas de prensa, escribía boletines y entrevistaba a los artistas y escritores que por esos días invadían a Cartagena.

Dos meses después de terminada la edición del Festicine, me encontré en el periódico una nota donde se explicaba que el concurso de investigaciones culturales había declarado desierto el primer premio, debido a que los trabajos presentados no tenían el rigor necesario para ocupar ese honor, de modo que sólo había reconocimientos para el segundo y tercer lugar. Aunque también decidieron extender menciones honoríficas a dos concursantes: uno de esos era yo.

Quedé gratamente halagado con dicha designación, pero sólo pude verme con García Usta al año siguiente cuando lo llamé desde la emisora de mis pasantías, para que diera los detalles de la nueva edición del Festicine. Una vez terminada la entrevista me dijo, extramicrófonos, que fuera por su oficina a reclamar a una credencial. Ni corto ni perezoso  me presenté esa misma tarde y lo encontré sentado ante una máquina de escribir eléctrica.

—¿Tú escribiste un reportaje con el maestro Peñalosa?—me preguntó en voz baja.

—Sí

—Necesito que sigamos en contacto. No sé si estás enterado de que aquí en Cartagena se va a abrir un nuevo periódico, del que yo voy a coordinar la parte cultural.

—A sus órdenes—fue lo único que respondí—

Y efectivamente, varios meses después se lanzó, con bombos y platillos, “El periódico de Cartagena”, donde uno de los miembros más importantes era, indiscutiblemente, Jorge García Usta, lo cual se veía en la calidad de la página cultural y en el Magazín El Sol, que se editaba como suplemento de la edición dominical.

Lo que más me llamaba la atención de esas ediciones culturales era el afán de destacar las actividades de los barrios populares, como diciendo que la cultura no solamente estaba en los alegantes recintos del Centro Histórico sino también en las calles y patios de la Cartagena que no sale en las postales turísticas.

Por esa razón, no había festival, concierto, teatro o fundación de bibliotecas comunitarias que no contara con el apoyo, a grandes titulares, del equipo de García Usta desde El periódico de Cartagena. Además de eso, el vate cordobés tenía tiempo para publicar una columna de opinión semanal, misma que yo había destacado unos meses antes cuando coordinaba la sección editorial de El Universal y por lo cual él siempre se mostró muy agradecido conmigo.

—Ajá, líder —me dijo un día que nos topamos en la calle de la Universidad—, nos quedamos esperándolo en el nuevo periódico.

Le expliqué, con cierta pena, que, unas semanas antes de que saliera ese nuevo periódico, me habían llamado de El Universal, pero que no cerráramos la posibilidad de que algún día trabajáramos juntos.

—Eso espero —respondió con su acostumbrada prisa. Y agregó:—. Y no se pierda, que hay mucho que hacer.

Lastimosamente, El periódico de Cartagena, que había arrancado con una calidad enorme, comenzó a perratearse con un montón de publicaciones escandalosas que no captaron más lectores sino que, por el contrario, aceleraron su cierre y de paso la posibilidad de que Cartagena tuviera otro frente informativo de buen nivel y alcance regional.

No recuerdo si fue antes o después del periódico, pero otra de las gestiones de García Usta que conocí de cerca fue la organización de un ciclo de conferencias sobre las relaciones entre el periodismo y la literatura, al cual me invitó para que disertara sobre mis columnas de opinión y mis crónicas, pero hice una intervención corta y sumamente nerviosa, puesto que era la primera vez que me enfrentaba a un público de esas magnitudes.

De todas maneras, días después, García Usta me envió su nuevo libro de poemas “Noticias de un animal antiguo”, con una nota escrita a mano, mediante la cual me agradecía el haber participado en su evento.

Un tiempo después, descubrí al escritor sucreño Héctor Rojas Herazo, gracias a una reedición de su novela “Celia se pudre”, patrocinada por el Banco de la República, con el prólogo de García Usta, de quien me enteré que era profundo admirador y gran amigo del autor de “Respirando el verano”.

No recuerdo cómo obtuve esa edición, pero sí tengo claro que me impresionó mucho el prólogo y desde entonces me aficioné por todo lo que tuviera que ver con Rojas Herazo, hasta el punto de que creo haber sido el único que le dedicó un Magazín Dominical completo a García Usta, a propósito de la publicación de la obra periodística de Rojas.

Fueron dos tomos: “La vigilia de las lámparas” y “La magnitud de la ofrenda”. Ese día que le hice la entrevista me recibió en la sede administrativa de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. La foto de esa conversación la tomó el reportero gráfico Óscar Díaz Acosta, imagen que, posteriormente, alguien retomó para hacer afiches y pendones que ilustraran los homenajes que se le hicieron a García Usta después de su fallecimiento. Uno de esos pendones creo que todavía cuelga en la sala principal de la biblioteca del barrio Fredonia.

Al año siguiente, me invitó a hacer parte del cuerpo del jurado que escogería los mejores trabajos de un concurso sobre las historias de los barrios populares de Cartagena. En esa selección me acompañaron el poeta Gustavo Tatis Guerra y la historiadora Estela Simancas Mendoza, pero sólo fue con esta última con quien se escogió a los ganadores, después de un regaño que nos dio García Usta por haber sido tan drásticos en esa diligencia.

—¡Está bien —nos dijo—, esos trabajos no son la maravilla escrita, pero es lo que tenemos en el momento. Sean más compasivos, por favor!

El mismo día de la reprimenda almorzamos en un restaurante chino de la calle de La soledad, nos tomamos unas cervezas y aproveché para comunicarle que tenía pensado reunir mis crónicas en un libro, pero que no sabía cómo hacer para que me lo publicaran.

—Primero que todo, ocúpate de reunir los textos. Después veremos cómo se publican. Si quieres,  te reviso lo que vayas reuniendo.

Ese, mi primer libro, se tituló “Noticias de un poco de gente que nadie conoce”, que salió al mercado editorial en 2007, dos años después de la muerte de García Usta, quien le había hecho un prólogo bastante generoso, aunque no lambón ni mentiroso.

Uno de los ejemplares, aún caliente, se lo llevé a la viuda del escritor, la señora Rocía García Puerta, con quien conversé largamente y desde entonces cultivamos una buena amistad, gracias a lo cual he visitado y admirado varias veces la biblioteca personal del maestro, donde hay de todo, incluso los manuscritos inconclusos de una crónica que él estaba haciendo sobre el barrio Bocagrande y los primeros esbozos sobre un reportaje al escritor barranquillero Álvaro Cepeda Samudio.

Unos meses después, conversando con Rocío sobre los pormenores de cómo se fue armando la colección de libros, se me ocurrió escribir una crónica que titulé “Noticias de una biblioteca no muy antigua”, que ilustré con fotografías de los estantes, las colecciones y las fotos y dibujos alusivos a García Usta, sobre todo uno que lleva la firma del maestro Rojas Herazo.

En mi modesta biblioteca guardo con mucho celo los libros “Noticias de un animal antiguo”, “El fuego que perdura”, “Cantaleta del amoroso”, “Monteadentro”, “Diez juglares en su patio”, “Cómo aprendió a escribir García Márquez”, “García Márquez en Cartagena”, los dos tomos de la obra periodística de Rojas Herazo y “La raya en el agua”, la antología de las columnas de opinión de García Usta, recopiladas por su hijo Alejandro García.

También retengo en la memoria los detalles de una mañana en que estaba escuchando un noticiero radial, donde una periodista de turno informó que el maestro Jorge García Usta había sufrido un desmayo durante una reunión en un recinto del Centro Histórico. La voz cantante concluyó su nota deseando pronta recuperación al bardo sinuano, por lo que creí que se trataba de un malestar pasajero, propio de su vida de correndillas eternas.

Pero la cosa era más seria de lo que creía, según pude confirmar cuando llegué a mi trabajo, donde alguien me detalló que el enfermo estaba en coma y que sus amigos le llevaban la música folclórica que a él le gustaba, con el deseo de que se levantara pronto y continuara con sus gestiones en pro de la cultura caribeña.

“¡Se murió Jorge!”, fue el saludo que me dio el poeta Gustavo Tatis cuando  iba recién entrando a la sala de redacción de El Universal. El cuerpo lo estaban velando en la Funeraria Lorduy, a unos cuantos pasos del periódico, pero me sentí incapaz de ir a verlo.

Por esos días salí soñando que estaba en la calle del Camposanto, del barrio San Diego, en pleno medio día, y de pronto me encontré con García Usta, quien venía vestido con un pantalón negro brillante y una camisa blanca de mangas largas desprovista de cuello. “¡Maestro! —le dije—. Mire lo que estoy escribiendo”. Él tomó los papeles, los miró unos segundos y me respondió, “creo que necesitas aprender un poco más”. De pronto, a sus espaldas se posó una muchacha cuya identidad no logré divisar, pero escuché clarito cuando le dijo al poeta: “le recuerdo que usted no puede estar aquí”. De inmediato, y como si hubiese violado una norma de oro, García Usta me dio la espalda y se perdió por la calle del Jardín. Cuando desperté me dije: “De pronto es que está viviendo en un jardín del más allá”.

Otra anécdota mística: cualquier día la viuda de García Usta insistió en prestarme un libro donde el difunto había hecho varios apuntes claves para un posible trabajo de escritura que venía planeando sobre los grupos literarios de Cartagena y Barranquilla, a los cuales perteneció Gabriel García Márquez en su juventud. “Pero cuídalo mucho —me advirtió la señora Rocío—. Jorge era muy celoso con ese libro”. Me lo llevé para mi casa y lo puse en uno de los estantes de mi biblioteca en modo de espera, mientras terminaba otras lecturas previas. De pronto, el libro desapareció misteriosamente. Se me caía la cara de vergüenza, pero tuve que decirle a la viuda que el libro se me había perdido y que no se me ocurría de qué manera, porque mis hijos (muy pequeños aún) no tocaban mis libros ni a mi casa iban personas extrañas interesadas en mi biblioteca. Pero ocurrió que, unos días después, el libro —tan misteriosamente como se extravió—, apareció en la biblioteca de García Usta feliz y campante. ¡Cójanme ese trompo con la uñita!

En otra ocasión, cuando iba a escribir la crónica sobre la biblioteca del maestro, le pedí a la viuda Rocío que me recordara la fecha del fallecimiento del poeta; y de verdad que me impresioné muchísimo, porque soy de los que consideran que el 25 de diciembre es una de esas fechas en las que no es como muy buena idea morirse. “¡Ese fue mi aguinaldo!”, añadió Rocío.

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