𝗙𝐚𝐥𝐥𝐞𝐜𝐢𝐝𝐚 𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐭𝐨𝐬 𝐝𝐢́𝐚𝐬 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝟗𝟏 𝐚𝐧̃𝐨𝐬, 𝐁𝐚𝐫𝐝𝐨𝐭 𝐟𝐮𝐞 𝐢́𝐜𝐨𝐧𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐜𝐢𝐧𝐞 𝐞𝐮𝐫𝐨𝐩𝐞𝐨, 𝐟𝐢𝐠𝐮𝐫𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞𝐬𝐛𝐨𝐫𝐝𝐨́ 𝐥𝐚 𝐩𝐚𝐧𝐭𝐚𝐥𝐥𝐚 𝐲 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐧𝐬𝐟𝐨𝐫𝐦𝐨́ 𝐥𝐚 𝐟𝐚𝐦𝐚 𝐞𝐧 𝐮𝐧𝐚 𝐞𝐥𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐞́𝐭𝐢𝐜𝐚, 𝐝𝐞𝐣𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐡𝐮𝐞𝐥𝐥𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐯𝐚 𝐦𝐚́𝐬 𝐚𝐥𝐥𝐚́ 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐛𝐞𝐥𝐥𝐞𝐳𝐚 𝐲 𝐞𝐥 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
No recuerdo haber visto una foto de Brigitte Bardot atrapada en la tercera edad. Tal vez por eso me sorprendí cuando leí que había muerto a los 91 años de edad.
Y sé que me sorprendí porque siempre se me quedó en el recuerdo la estampa hermosa que mostraban los afiches de los teatros Don Blas, Rialto y Padilla, donde no me dejaban entrar porque las películas de Bardott —y vaya a saberse por qué— casi siempre estaban prohibidas para menores.
Pero me conformaba con verla en las revistas Buenhogar, Vanidades y Cosmopolitan que llegaban a la casa de mis tías, en el barrio San Diego. Igual, tanto como en el cine, Brigitte se veía como lo sugería el sonido de su nombre: brillante, esplendorosa, excitante y digna de admirar.
Por eso creo que, al igual que yo, muchos de quienes, en la década del 70, presenciaron esa gloria cinematográfica (así fuera en portadas e interiores de revistas) hoy están de luto, pues no se trata solamente de una figura de la pantalla sino también de un ser humano sensible, cuestionador, coherente y firme ante sus propias convicciones. Era eso lo que dejaba ver cuando abandonó la farándula y se dedicó a la defensa de los animales.
Brigitte Bardot no fue sólo una estrella de cine: fue un fenómeno cultural que atravesó el siglo XX con una fuerza poco común. Su nombre quedó asociado a una manera de habitar el mundo, de mirar la fama y de desafiar los moldes que la industria y la sociedad imponían a las mujeres.
Nació en París en 1934, en un entorno burgués que pronto le resultó estrecho. Desde muy joven, su belleza llamó la atención, pero lo verdaderamente decisivo fue su presencia: una mezcla de fragilidad y determinación que la cámara no podía ignorar.
Su llegada al cine francés coincidió con un momento de renovación estética y narrativa. Bardot encarnó un nuevo tipo de protagonista femenina, alejada del artificio solemne y cercana a una sensualidad natural, casi indómita.
“Y Dios creó a la mujer” marcó un punto de quiebre. La película no sólo la convirtió en estrella internacional; también puso en escena una mujer que deseaba, decidía y se equivocaba sin pedir absolución. Aquella interpretación descolocó a críticos, censores y espectadores.
A partir de entonces, Bardot fue mucho más que una actriz popular. Se transformó en símbolo, en debate, en espejo provocador de una moral que empezaba a resquebrajarse. Su imagen circuló por revistas, afiches y conversaciones cotidianas.
Sin embargo, su filmografía es más amplia y matizada de lo que suele recordarse. Trabajó con directores como Jean-Luc Godard, Henri-Georges Clouzot y Louis Malle, explorando registros dramáticos, satíricos y experimentales.
En “El desprecio”, su trabajo reveló una profundidad emocional que desmentía cualquier lectura superficial. Allí, Bardot mostró el desgaste del amor, la incomunicación y el dolor silencioso, con una sobriedad que aún conmueve.
La música también fue parte de su universo creativo. Su voz, suave y melancólica, acompañó canciones que hoy forman parte del imaginario francés, reforzando una identidad artística coherente y singular.
Pese al éxito, la fama tuvo un costo alto. La exposición constante, la invasión de la vida privada y las expectativas ajenas terminaron por volverse una carga difícil de sostener.
En 1973, Bardot tomó una decisión radical: se retiró del cine cuando aún era una de las mujeres más famosas del planeta. No fue un gesto teatral sino una elección firme de autonomía personal.
Ese retiro abrió una nueva etapa, quizá la más coherente con su sensibilidad profunda. Bardot volcó su energía a la defensa de los animales, una causa que asumió con pasión y constancia.
Creó la “Fundación Brigitte Bardot” y convirtió su celebridad en herramienta de denuncia. Luchó contra la caza indiscriminada, el maltrato animal y prácticas industriales crueles, muchas veces enfrentándose a gobiernos y corporaciones.
Su activismo no estuvo exento de controversias, pero jamás fue tibio. Bardot habló con la misma frontalidad con la que vivió, convencida de que el sufrimiento animal merecía atención urgente.
En este terreno, mostró una ética basada en la compasión y la coherencia. Para ella, la defensa de los animales no era una moda sino una responsabilidad moral.
Como ser humano, Bardot nunca buscó la perfección. Reconoció errores, contradicciones y heridas. Su vida estuvo atravesada por amores intensos, desencantos y búsquedas personales.
Esa vulnerabilidad, lejos de debilitar su figura, la volvió más real. Bardot no encajó dócilmente en el rol de ícono; lo tensionó, lo discutió y, cuando fue necesario, lo abandonó.
Su legado como actriz sigue vivo en cada nueva mirada sobre el cine europeo de posguerra. Su influencia se percibe en generaciones de artistas que entendieron la libertad como un valor estético y vital.
Como activista, dejó una huella concreta: leyes debatidas, conciencias removidas y una causa que ganó visibilidad mundial gracias a su voz persistente.
Como mujer, fue testimonio de una época y también de una rebeldía íntima. Eligió su propio camino, aun cuando ese camino implicara alejarse del aplauso. Celebrar la vida de Brigitte Bardot es reconocer a una figura compleja, brillante y profundamente humana. Una mujer que transformó la belleza en lenguaje, la fama en herramienta y la convicción en forma de vida.