𝐋𝐚 𝐪𝐮𝐞𝐣𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐭𝐫𝐚𝐛𝐚𝐣𝐚𝐝𝐨𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐨𝐦𝐞́𝐬𝐭𝐢𝐜𝐚𝐬 𝐨𝐛𝐥𝐢𝐠𝐚 𝐚 𝐫𝐞𝐯𝐢𝐬𝐚𝐫 𝐪𝐮𝐞́ 𝐪𝐮𝐞𝐝𝐨́ 𝐝𝐞𝐥 𝐝𝐢𝐬𝐜𝐮𝐫𝐬𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐥𝐞𝐯𝐨́ 𝐚 𝐅𝐫𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐌𝐚́𝐫𝐪𝐮𝐞𝐳 𝐚 𝐥𝐚 𝐕𝐢𝐜𝐞𝐩𝐫𝐞𝐬𝐢𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Defendí a Francia Márquez durante la campaña presidencial de Gustavo Petro. Lo hice sin ambigüedades y con convicción, pues me parecía que frente a los ataques racistas que recibió, no cabía la neutralidad, dado que aquello no era crítica política sino prejuicio explícito.
También la defendí porque muchas de las verdades que decía conectaban con una Colombia históricamente marginada. Su historia personal no era una pose construida en un escritorio sino un relato reconocible para millones. Por eso, confieso que me resulta muy difícil escribir estas líneas hoy. No desde el desencanto fácil sino desde la obligación cívica de evaluar a quien ya no es candidata sino alta funcionaria del Estado.
La reciente denuncia de Yenny Hurtado, presidenta del Sindicato de Trabajadoras Domésticas de Colombia, difundida por Blu Radio, no puede pasarse por alto. Sus palabras fueron claras y duras: “La vicepresidenta nos usó y nunca nos recibió”.
Hurtado afirmó que, pese a múltiples solicitudes de audiencia, jamás lograron un encuentro con Francia Márquez ni con su equipo. Dijo, además, que las problemáticas de las trabajadoras domésticas fueron útiles en campaña, pero desaparecieron después cuando ya la admirada líder negra era vicepresidenta de la República.

No se trata de una pelea menor ni de un comentario aislado. Se trata de un sector históricamente precarizado que creyó ver en esa historia personal un canal de interlocución real, debido a que Francia Márquez dijo haber sido trabajadora doméstica, afirmación que generó identificación, respaldo y expectativa. Pero cuando quienes representan a ese gremio dicen que no fueron escuchadas, hay una grieta que merece explicación.
Pero también conviene ser justos: gobernar no es sencillo y la Vicepresidencia tiene límites formales. Pero escuchar, recibir y responder no requiere reformas constitucionales ni le quita brillo a ningún alto funcionario estatal. El problema comienza cuando la biografía reemplaza al balance de gestión y cuando el origen humilde se convierte en argumento recurrente ante la falta de acciones visibles.
Este fenómeno no es nuevo, pues en Cartagena lo conocemos muy bien, a través de ciertos politiqueros que, cada cuatro años, evocan su infancia en barrios pobres, pero, en cuanto llegan al poder, gobiernan como los de siempre: con arrogancia y mediocridad. Es que el relato de la pobreza, usado sin responsabilidad, termina vaciándose de sentido, deja de ser memoria y se vuelve recurso electoral.
Haber crecido en la escasez no garantiza ética pública ni buena administración, empezando porque el poder no discrimina, más bien transforma o revela. Por eso la decepción es mayor cuando alguien llega cargado de simbolismo, porque el electorado no sólo esperaba gestión sino también coherencia.
Criticar esto no es ceder al racismo ni desconocer lo que representó la llegada de Francia Márquez al poder. Al contrario: es tomarse en serio la representación y exigirle altura. Defenderla de ataques racistas fue correcto. Evaluarla hoy como vicepresidenta, también lo es. Ambas cosas pueden coexistir sin contradicción.
Hay, además, un riesgo que no puede ignorarse. Sectores abiertamente racistas ya están pensando —y diciendo— que la Vicepresidencia “no debería volver a ser ocupada por negros”, una generalización que resulta injusta y peligrosa, porque el mal desempeño, cuando lo hay, es individual, no racial. Pero así no funciona siempre la memoria política en Colombia. Por eso el daño no recae sólo en una figura sino también en futuros liderazgos afro mucho más preparados, que cargarán con un prejuicio que no les pertenece.

El reclamo de la sindicalista Yenny Hurtado no debería ser minimizado ni descalificado. Merece una respuesta pública, directa y responsable, ya que Colombia necesita liderazgos que honren su historia no repitiéndola en discursos sino traduciéndola en decisiones concretas.
Yo defendí a Francia Márquez cuando era necesario hacerlo. Hoy la evalúo, porque también es necesario. Eso no me convierte en adversario; me mantiene como ciudadano.