𝐏𝐨𝐫 𝐞𝐬𝐭𝐨𝐬 𝐝𝐢́𝐚𝐬, 𝐥𝐚 𝐩𝐞𝐥𝐢́𝐜𝐮𝐥𝐚 ❞𝐋𝐚 𝐆𝐨𝐫𝐫𝐚❞ 𝐜𝐮𝐦𝐩𝐥𝐞 𝟏𝟖 𝐚𝐧̃𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐡𝐚𝐛𝐞𝐫𝐬𝐞 𝐟𝐢𝐥𝐦𝐚𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐧 𝐚𝐜𝐭𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐲 𝐩𝐨𝐜𝐨 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐮𝐩𝐮𝐞𝐬𝐭𝐨, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐫𝐭𝐢𝐨́ 𝐞𝐧 𝐮𝐧 𝐟𝐞𝐧𝐨́𝐦𝐞𝐧𝐨 𝐩𝐨𝐩𝐮𝐥𝐚𝐫 𝐲 𝐜𝐮𝐥𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥, 𝐚𝐥𝐠𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐨 𝐜𝐮𝐚𝐥 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞𝐧 𝐝𝐚𝐫 𝐟𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐚𝐫𝐭𝐢́𝐟𝐢𝐜𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐦𝐞𝐫𝐜𝐚𝐝𝐨 𝐩𝐢𝐫𝐚𝐭𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐫𝐚𝐥𝐢𝐳𝐨́ 𝐩𝐨𝐫 𝐭𝐨𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐢́𝐬.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Hablar de Andrés Lozano Pineda es referirse a una forma de entender el cine y el audiovisual que se construyen desde el oficio, la paciencia y la gente.
Realizador de fotografía, cine y televisión, cartagenero de raíz y de mirada, Lozano ha hecho del trabajo audiovisual no un trampolín de vanidades sino un territorio de encuentro, aprendizaje y creación compartida.
Su nombre está ligado a experiencias que trascienden la pantalla, como “La Gorra”, una película que se volvió referencia no por el respaldo de grandes circuitos sino por su conexión directa con la realidad social y con un público que se reconoció en ella.
Fue realizada íntegramente con actores naturales, una decisión estética y ética que le dio una fuerza particular al relato. Su impacto fue tal que la película se convirtió en un fenómeno de circulación popular, alcanzando cifras de difusión impensables para una producción independiente, al punto de convertirse en una de las obras más vendidas y vistas en los circuitos informales de la piratería.
Lejos de diluir su valor, esa circulación la llevó a públicos que el cine tradicional raras veces alcanza. Hoy, a 18 años de su realización, “La Gorra” acumula millones de vistas en redes sociales, se mantiene viva en la memoria colectiva y tuvo una continuación concebida bajo el título “La Gorra 2”.
Ese impacto no fue sólo mediático. La película funcionó como un detonante para que otros realizadores comprendieran que, desde el cine de bajo presupuesto, también era posible generar procesos de cambio y reflexión, especialmente en comunidades vulnerables, donde el audiovisual podía operar como herramienta de expresión, conciencia y transformación humana.
La trayectoria de Lozano Pineda incluye también la producción de videoclips para cantantes y agrupaciones musicales, un espacio donde ha sabido articular lenguaje visual, identidad sonora y narración, así como su participación como uno de los productores de la serie “Tres golpes”, transmitida por Telecaribe, reafirmando su compromiso con historias cercanas al contexto caribeño y a sus realidades sociales.
Más allá del profesional solvente (con amplio dominio de cámara, edición, sonido, adaptación, musicalización, guion y narración) hay en Andrés Lozano una vocación humana poco frecuente. Su trato sencillo, su disposición a colaborar y su sensibilidad frente a las historias y a las personas lo han convertido en una figura muy estimada dentro del gremio cultural y audiovisual de Cartagena y del departamento de Bolívar. No ocupa el lugar del experto distante, dado que lo suyo es acompañar, escuchar, compartir saberes y construir procesos.
Esa misma ética atraviesa su labor docente. Quienes han sido sus estudiantes destacan no sólo lo que enseña sino también la manera como lo hace: con rigor, cercanía y respeto. Para Lozano, formar no consiste en imponer miradas sino también en ayudar a que cada quien descubra la suya.
Sus ideas sobre el rodaje audiovisual apuestan por caminos creativos y poco convencionales. Conoce bien las dificultades del medio, las limitaciones técnicas, los presupuestos estrechos y la fragilidad de los apoyos. Aun así, decide enfrentar cada proyecto como una aventura posible, sin dejar que el peso de esos factores anule el impulso creador.
No persigue fama ni acumulación, ni se asume como una estrella detrás de las cámaras. Su trabajo nace de la convicción de que el audiovisual sigue siendo una herramienta poderosa para contar, comprender y transformar realidades.
Con esta entrevista, www.rinconguapo.com se acerca a un realizador que ha hecho del saber un acto compartido y del cine un ejercicio honesto. Un creador que, sin estridencias, ha dejado huella en quienes trabajan con él, aprenden de él y miran el mundo a través de sus imágenes.

𝐄𝐦𝐩𝐞𝐳𝐨́ 𝐜𝐨𝐧 𝐮𝐧 𝐫𝐨𝐛𝐨
—¿𝐂𝐮𝐚́𝐥 𝐞𝐬 𝐥𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 ❞𝐋𝐚 𝐆𝐨𝐫𝐫𝐚❞?
—Esa película nació a finales de 2007 como resultado de un taller de realización audiovisual (más específicamente cortometrajes) que hicimos con población vulnerable en el municipio de Dosquebradas (Risaralda), con el apoyo de la Fundación Charlot. Durante ese periplo me contactó una líder comunal llamada Lupe Ocampo, quien me contó una historia muy atractiva sobre dos barrios populares que se enemistaron violentamente como consecuencia del robo de una gorra. Esta historia me llamó mucho la atención, pero resulta que Lupe quería que hiciéramos un cortometraje con los chicos que estaban asistiendo a los talleres de la fundación. Como respuesta, le propuse que mejor lo hiciéramos con los muchachos del barrio que habían vivido de cerca ese conflicto. Entonces le presentamos el proyecto a la Alcaldía, y esta nos ayudó con unos recursos mínimos que nos sirvieron para refrigerios y transporte hasta el barrio donde rodaríamos el corto.
—𝐂𝐮𝐞́𝐧𝐭𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐥𝐚 𝐭𝐫𝐚𝐦𝐚…
—Es la historia de Maicol, un muchacho, quien, desde pequeño, fue muy apegado con Johan, su hermano. Un día presenció cómo unos pandilleros de un barrio contiguo asesinan al hermano para quitarle una gorra. Pasa el tiempo, Maicol se vuelve un adolescente y decide que tomará venganza, convirtiéndose en el capo de la pandilla de su barrio, en aras de guerrear con la pandilla que mató a su hermano. Pero al mismo tiempo termina envuelto en una serie de actividades ilícitas que fueron más allá de la idea inicial de la venganza.
—¿𝐂𝐨́𝐦𝐨 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐞𝐫𝐨𝐧 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐜𝐢𝐩𝐚𝐫𝐚𝐧?
—Con la ayuda de Lupe los fuimos reuniendo y tomando en cuenta que cada uno tenía historias delincuenciales como ser miembros de alguna pandilla, aplicar la “vacuna” para las busetas del barrio, venta de narcóticos y demás actividades ilegales. Pero, bueno, logramos reunirlos para informarles que queríamos hacer un taller de realización audiovisual, para que ellos mismos protagonizaran el cortometraje que teníamos en mente. Lo siguiente fue enseñarles manejo de cámaras, manejo de sonido, escala de planos, lenguaje audiovisual y el arte de escribir historias para que ellos mismos hicieran el guion, basándose en el caso del conflicto por la gorra, que fue algo así como un “florero de Llorente”, que detonó antiguas desavenencias. Una vez terminado el taller nos dedicamos a hacer el cortometraje y lo presentamos en el auditorio de la Cámara de Comercio de Dosquebradas. A esa primera función asistieron los chicos protagonistas con sus padres, vecinos y representantes de la Alcaldía. Al final de la proyección hubo un gran aplauso y felicitaciones para los muchachos.
—¿𝐂𝐨́𝐦𝐨 𝐟𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐛𝐚𝐣𝐚𝐫 𝐜𝐨𝐧 𝐚𝐜𝐭𝐨𝐫𝐞𝐬 𝐧𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚𝐥𝐞𝐬?
—Para mí, no fue complicado, empezando porque la película fue una creación grupal. El otro aspecto es que fue hecha con mucho sentido común y con mucha espontaneidad. A los muchachos únicamente se les explicaba cuál era el diálogo y qué era lo que tenían que hacer, porque ya ellos vivían esa realidad. Era parte de su cotidianidad, porque fue grabada en sus espacios y con su jerga, lo cual hizo posible que marcarles pautas de actuación no fuera tan difícil.
—¿𝐂𝐨́𝐦𝐨 𝐟𝐮𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐜𝐨𝐫𝐭𝐨 𝐜𝐚𝐲𝐨́ 𝐞𝐧 𝐦𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐩𝐢𝐫𝐚𝐭𝐞𝐫𝐢́𝐚?
—Después del estreno de la película, me vine para Cartagena. Eso fue a comienzos de diciembre de ese año. A los pocos días de estar en la ciudad, me enteré de que la película la estaban vendiendo en los puestos piratas del mercado de Bazurto. Enseguida llamé a Lupe para que me explicara lo que estaba pasando y me comentó, también muy sorprendida, que el corto se había convertido en un fenómeno nacional que se vendía en todo el país, pero, lastimosamente, en el mercado de la piratería. También me dijo que, posiblemente, uno de los muchachos que protagonizaron el corto le prestó el CD a un vendedor, a este le gustó y lo reprodujo para distribuirlo por la calle y terminó regándose por todas partes. A raíz de ese éxito los medios de comunicación se interesaron por los protagonistas, a quienes les dedicaron una entrevista en el diario El Otún, mientras que El Tiempo publicó una nota hablando de “los niños sicarios”, lo que generó mucha polémica y también que los chicos se volvieron muy populares. A cada rato los paraban en las esquinas para pedirles autógrafos. A mí, particularmente, el fenómeno me produjo mucha alegría de ver que los jóvenes estaban siendo reconocidos por cosas positivas y no por actos delincuenciales, como sucedía antes del corto. Eso reforzó la autoestima de los chicos y les cambió el chip de la delincuencia por el amor al arte. En ese orden de ideas, creo que ese ha sido el gran logro de “La Gorra”, por encima de las visualizaciones y de las ventas piratas.
—¿𝐏𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞́ 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐫 𝐮𝐧𝐚 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐧𝐝𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐞?
—Precisamente por el éxito que tuvo la primera, pero primordialmente porque los muchachos sintieron que el reconocimiento general que estaban recibiendo debía aprovecharse al máximo, y lo más sensato fue hacer “La Gorra2” en el año 2010. Por supuesto, el trabajo ahora contó con más recursos, con mejores actuaciones, más escenarios fuera de Dosquebradas y unas técnicas más apropiadas, ya que le estábamos apuntando a una distribución nacional en salas de cine. Recordemos que en este tiempo las redes sociales aún eran muy incipientes, por lo que el único sistema de viralización que había era el mercado pirata. Uno de los que más nos apoyaron con recursos fue el cantante llamado “El charrito negro”, quien, además, nos aportó la actuación de su hijo. Pero se nos presentó un problema: la expectativa por esa segunda parte hizo que algunos inescrupulosos se pusieran a filmar videos a la machota de peleas entre pandillas y apariciones de sicarios sin son ni ton; y vendían esos CD como “La Gorra2”. Y no sólo eso: también los montaban en youtube.
—¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐢𝐦𝐩𝐚𝐬𝐬𝐞𝐬 𝐦𝐞𝐦𝐨𝐫𝐚𝐛𝐥𝐞𝐬 𝐬𝐞 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫𝐨𝐧 𝐝𝐮𝐫𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐞𝐥 𝐫𝐨𝐝𝐚𝐣𝐞?
—Recuerdo dos. Una vez estábamos grabando en uno de esos barrios con problemas de orden público, pero acompañados de gente que conocía la zona y que resguardarían nuestra seguridad. La escena tenía que ver con un chico que le disparaba a otro que estaba en el suelo lleno de sangre. De pronto se nos aparecen varios policías en motos, sacando armas, identificándose a gritos y ordenando que todo el mundo se tirara al suelo. Tuvimos que salir con las cámaras y también gritar que se trataba de una película y que todo era mentira, pues parece que algún vecino llamó a los agentes creyendo que se trataba de un atraco real. Pero estuvimos a punto de presenciar una tragedia. En otra ocasión teníamos dispuestos 15 días para grabar con toda la calma del mundo, pero resulta que por esos días una Bacrim se estaba apoderando de todos los expendios de drogas del Eje Cafetero; y justo llegaron a Dosquebradas cuando estábamos en plena grabación. Entonces me dijo uno de los muchachos: “Profe, si usted quiere que todos salgamos con vida de aquí, terminemos esa película rápido”. Al principio no le di crédito a la recomendación, pero cuando vi en el periódico los asesinatos que se ya estaban iniciando, fue cuando aceleré el paso y grabé todas las escenas en siete días sin repetir ni corregir; y hasta quedaron dos escenas sin grabar.
—¿𝐘 𝐜𝐨́𝐦𝐨 𝐞𝐧𝐟𝐫𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫𝐨𝐧 𝐞𝐬𝐚 𝐧𝐮𝐞𝐯𝐚 𝐚𝐫𝐫𝐞𝐦𝐞𝐭𝐢𝐝𝐚 𝐩𝐢𝐫𝐚𝐭𝐚?
—Cuando terminamos la grabación, me traje el material para Cartagena, para efectos de la edición. Mientras estaba en esa tarea, los patrocinadores me llamaban desesperados porque les parecía que me estaba demorando y que los piratas estaban haciendo su agosto con la película. Es decir, seguramente llegaron a imaginar que yo había vendido el material para que lo piratearan y me dieran dinero. Por eso tuve que armar una edición preliminar, le monté la musicalización de Kike Serrano y Alex Corrales, regresé a Dosquebradas, reuní a los patrocinadores y les exhibí el material, para que vieran que no tenía nada que ver con los CD que andaban vendiendo por la calle. Afortunadamente, todos quedaron contentos y regresé a Cartagena a continuar con la edición. Pero como a los ocho días me llama un amigo y me dice que había visto que en el Centro estaban vendiendo la película pirateada. Pensé que se había confundido con la historia falsa de los pirateros, pero me la describió, mencionó mi nombre y me leyó la sinopsis y los nombres de los protagonistas. ¡La habían pirateado y estaba rodando en toda Colombia! Al parecer, un espía copió el archivo del computador donde se la exhibimos a los patrocinadores. Eso nos frustró grandemente, porque dos productoras caleñas se habían interesado en la película, para llevarla a festivales importantes. Pero, al ver que ya estaba pirateada por todas partes, desistieron.
—𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐥𝐞 𝐡𝐚 𝐢𝐝𝐨 𝐦𝐮𝐲 𝐛𝐢𝐞𝐧 𝐞𝐧 𝐫𝐞𝐝𝐞𝐬…
—En estos momentos, ambas películas suman más 60 millones de reproducciones, debido a que en dos ocasiones nos tocó bajarla. La primera, por el uso de una música de la cual, desde el comienzo, teníamos el permiso del autor. Pero luego ese permiso se perdió y nos tocó bajarla, aunque antes de eso ya habíamos logrado 17 millones de reproducciones, que lastimosamente también se perdieron. Nos tocó empezar de cero y llegamos a 11 millones de reproducciones. Pero nuevamente nos impusieron que excluyéramos unas escenas que eran muy fuertes, y nos tocó hacerlo. Ahora la subimos nuevamente y ya tenemos más de 27 millones de reproducciones.
—¿𝐐𝐮𝐞́ 𝐩𝐨𝐬𝐢𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝𝐞𝐬 𝐡𝐚𝐲 𝐝𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐬𝐚 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐬𝐞 𝐚𝐩𝐥𝐢𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞́𝐧 𝐞𝐧 𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚𝐠𝐞𝐧𝐚?
—En Cartagena venimos haciendo talleres con niños y jóvenes desde hace cierto tiempo, pero ahora queremos dirigir ese conocimiento a comunidades en situación de vulnerabilidad y con chicos en riesgo. Ya tenemos visualizados a los jóvenes del barrio Bicentenario, a quienes les estamos enseñando con el objeto de obtener un producto audiovisual.