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“Un poeta” o el fracaso como oficio

No comprendo por qué la película “Un poeta”, del realizador colombiano Simón Meza Soto, fue clasificada como comedia, si en realidad —al menos para mí— es un drama doloroso y contado en tono tan realista que, entre veces, raya con lo cruel y lo burlesco.

Intuyo que es posible que la hayan catalogado como comedia, porque, durante algunos pasajes, el protagonista reacciona de maneras que podrían mover a risa, pero —repito— hasta esos episodios dejan un sabor agridulce que produce compasión y lástima para con ese pobre diablo citadino.

“Un poeta” narra las afugias de Óscar Restrepo, un poeta venido a menos, envejecido, pobre y alcoholizado, quien en su juventud logró publicar dos poemarios y hasta se ganó algún premio en ese ramo, pero ya superado por el avance del tiempo pretende vivir de sus viejas glorias, rebelde ante el sistema que le exige someterse a las nuevas reglas sociales, políticas y hasta culturales.

Restrepo ve pasar las horas de su vida sin conseguir un empleo de valía, sin pareja y lidiando una pésima relación con una hija que prefiere vivir con su madre y tener pocos acercamientos hacia el progenitor.

Su madre —como casi siempre ocurre— es la única que lo anima a seguir luchando por la vida, mientras sus hermanos, de vez en cuando, le colaboran con sus gastos personales, pero al mismo tiempo le reprochan su alcoholismo, su pusilanimidad y sus ínfulas de intelectual sin fundamento creíble.

Es admirador y profundamente conocedor del poeta bogotano José Asunción Silva, a quien considera el mejor bardo que dio la literatura colombiana en todos los tiempos. Tiene un retrato de Silva pegado en la pared que hace frente con su cama, lo cual hace que todas las mañanas, recién despierto, sea esa la primera imagen que contemplen sus ojos, para animarse el inicio de día, aunque al mismo tiempo se pregunta por qué, cuando estaba joven, no se suicidó tal como lo hizo su amado ídolo literario.

El protagonista se mueve entre su casa, su relación maternal y fraterna, las súplicas de amor hacia su hija, las cantinas y los intercambios verbales con un grupo de poetas que han creado una casa cultural y un festival de hacedores del verso, instancia que cuidan como a una tacita de plata, ya que los caminos para adquirirla fueron espinosos y llenos de trámites agotadores.

Ellos reciben a Retrepo siempre que se les presenta con su estampa agotada por el vicio y la frustración, escuchan sus disertaciones y lo animan a seguir escribiendo, pero en el fondo tienen la certidumbre de que nunca pasó de ser un principiante en la escritura de poemas, que se quedó estancado en los dos únicos libros que logró publicar y que no tiene nada nuevo que decirle al mundo de las letras.

Al mismo tiempo, Restrepo suele alternar en los estancos con algunos borrachines más o menos conocedores de la literatura quienes, a veces, se fastidian de sus constantes alusiones al poeta Silva, por lo cual le aconsejan que explore autores como García Márquez, pero el vate dice que ese premio Nobel “no era más que un sediento de reconocimiento”.

Dentro de la misma discusión alcohólica, otro borracho le aconseja que deje de estar imitando a Silva y se dedique a escribir sobre “narcos, terroristas, prepagos, brujas y maricas, que es lo que los europeos quieren ver de nosotros”. Pero Restrepo, entre más ingiere trago, más grita que el magisterio de Silva es lo único rescatable que ha dado la literatura colombiana y que todo el que de verdad ame las letras debería estudiarlo a conciencia.

Durante un nuevo día de resacas e incertidumbres, la vida de Restrepo da un vuelco interesante cuando su hermana le avisa que le ha conseguido un trabajo como profesor de Filosofía en una escuela de un barrio pobre, pero el poeta —miedoso como siempre— dura varias horas pensando en si aceptar o no, pero finalmente se acoge a la propuesta y emprende otra faceta en su existencia.

El hombre aprovecha las clases para hablar de poesía hasta que descubre, entre los estudiantes, a Yurladi, una adolescente que escribe poemas, pero cuya mayor aspiración es ser estilista y manicurista. Aún así, Restrepo, después de impresionarse con el talento que se percibe en los poemas de la chica, pone toda su energía en convencerla de que se dedique a la literatura, porque es ahí donde está el futuro.

Y no sólo eso: convence a los directivos de la casa de poesía de que la incluyan en la nómina de poetas que se presentarán en la gala de inauguración, pero antes les muestra los poemas que resultan tan buenos que los poetas imaginan que de pronto los copió de algún poeta ya experimentado, pero al mismo tiempo admiran la profunda sencillez de la autora hablando de cosas cotidianas, de su afugias hogareñas, de sus deseos y de sus inquietudes de adolescente.

Los poetas aceptan la participación de la joven, pero haciéndole prometer a Restrepo que (tomando en cuenta que se trata de una menor de edad) deberá encargarse de ella todo el tiempo. La chica lee sus poemas en la gala, donde recoge fuertes y sinceros aplausos, lo que fue suficiente para que se motivara a tomar alcohol sin restricciones hasta que termina derrumbada en un baño,  en medio de vómitos y en la espesa oscuridad de la inconciencia.

Con miles de dificultades (sobre todo, de fuerza) Restrepo la carga, la monta en su carro y la lleva al segundo piso donde vive, pero su delgadez y borrachera no le permiten seguir cargando ese cuerpo joven y robusto; y la deja tirada en el balcón, para que los familiares la recojan en la mañana.

De ahí en adelante se desata un enredo de marca mayor en el que los parientes de Yurladi acusan al poeta de haberla violado, basándose únicamente en las magulladuras que tiene en el cuerpo, señales que la joven no sabe explicar, aunque tampoco le permiten que hable.

En fin, la película es conmovedora, pero con una puesta en escena para nada pretensiosa, sin grandes alardes técnicos y sin deseos de impresionar. Más bien da la sensación de que todo está puesto ahí para que la historia se sienta lo más cercana posible. La iluminación sobre los escenarios de los barrios pobres es dura e intencionalmente miserabilista y hecha de una forma sencilla en apariencia, pero tan bien pensada en el fondo.

Uno de los puntos más claros es el uso de actores naturales, quienes jamás intentan verse como actores “de escuela” sino como lo que son, gente común y corriente. Hablan con dudas, se quedan en silencio, a veces no saben bien qué hacer con el cuerpo, pero justamente por eso resultan creíbles. En lugar de parecer que están interpretando, da la impresión de que uno los está viendo vivir sus propias situaciones.

La cámara también va por ese mismo camino. Casi no se mueve —o lo hace muy poco—, y muchas veces se queda quieta mirando. No busca lucirse ni hacer complicados malabares. Más bien observa, deja que las escenas pasen y que uno como espectador tenga que aguantarse los momentos difíciles sin que nadie venga a “rescatarlo” con un corte rápido.

Los lugares donde ocurre la historia son igual de sencillos: casas normales, calles rutinarias y espacios que no tienen nada de especial a primera vista. No hay intención de mostrar una ciudad bonita sino una ciudad real, de esas que uno reconoce sin esfuerzo. Eso hace que el personaje se sienta todavía más metido en un mundo que no le presta mucha atención.

La luz también ayuda a esa idea. Todo se ve bastante natural y sin efectos llamativos. Incluso, hay escenas medio oscuras o apagadas, como pasa en la vida diaria. No se busca que todo se vea hermoso sino que se vea creíble. Por eso,  el ritmo puede desesperar a más de uno, pues la historia va despacio, se toma su tiempo y deja que las cosas pasen sin apuro. Hay silencios largos, momentos que parecen no avanzar mucho, pero que ayudan a entender mejor al personaje y su situación.

Al final, todo eso (los actores, la cámara, los lugares, la luz y el ritmo) trabaja en la misma dirección, que es mostrar una historia sin adornos. No es una película que quiera deslumbrar sino más bien una que te pone frente a alguien y te deja mirarlo tal como es, con todo lo molestoso que eso puede resultar.

Aparte de su, para mí, inexacta clasificación como comedia, me sorprendió que hubiera durado poco en las salas de cine de Cartagena. ¿Acaso esta ciudad carece del público apropiado para ese tipo de películas? ¿Acaso para los cartageneros lo único que merece verse es todo lo que cargue espectacularidad y gente bonita? ¿Acaso sólo hay aplausos para los directores famosos y los actores taquilleros?

Pero para los que estamos fuera de esa visión, la plataforma HBO Max ya tiene en su catálogo “Un poeta”, donde pude verla y hasta pienso repetirla, porque se me antoja que, de alguna forma, todos somos Óscar Restrepo.  

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