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Bernardo Romero: “Si una costumbre molesta a revisarla”

Este fragmento hace parte de una de tantas charlas que el promotor comunitario Bernardo Romero Parra ha compartido con estudiantes y dirigentes comunales de diversas zonas de Cartagena. Pero también con empresarios, la fuerza pública, líderes de grupos económicos y altos funcionarios del Estado.

Pese a los más de 30 años de labores que lleva a cuestas, dice no considerarse aún el más versado de los trabajadores comunales que ha dado la ciudad, pero lo innegable es que es, tal vez, el más visible, precisamente por su metodología: charlas que organiza en los sitios y públicos más heterogéneos, pero siempre poniendo el énfasis en lo que él llama “la reingeniería de Cartagena”.

Nadie podría imaginarse la figura de boxeador peso pesado que se erige detrás de la voz de locutor clásico que maneja Romero Parra.   Sin embargo, el sonido pausado de sus palabras y la gravedad con que reviste sus gestos faciales, le dan cierto aire catedrático que obliga a escuchar con atención sus concepciones sobre el devenir de la capital de Bolívar.

“El que los cartageneros no seamos buenos ciudadanos —afirma—, es un mal que en realidad surge de tres: la resistencia al cambio, el individualismo y la falta de autoridad. El primero se fundamenta en la reiteración de comportamientos que violan hasta los más sencillos dictámenes del sentido común. Puede que algo ya no funcione como funcionaba hace 30 o más años, pero el mal ciudadano se resiste a cambiarlo por comodidad o por mezquindad. Y de aquí surge el segundo aspecto: con ciudadanos individualistas, de esos que sólo piensan en sus intereses personales o de grupo, es muy improbable que una ciudad pueda transformarse en un buen vividero. Para el ciudadano individualista cualquier obra, por absurda que sea, debe ponerse en marcha siempre y cuando lo beneficie, aunque perjudique al grueso de sus coterráneos. Ese mismo ciudadano podría volverse una seria talanquera para las obras que la comunidad requiere, simplemente porque a él no le reportarán ningún beneficio. Algo hicimos mal durante el crecimiento de Cartagena, que se perdió el ejercicio de la autoridad. Desde el corazón de los hogares hasta la más sencilla de las organizaciones, se dejó al garete el estricto cumplimiento de las normas”.

Nacido hace más de 60 años en Santa María, uno de los barrios más pobres de la Cartagena de mediados del siglo XX, Romero Parra usa como material de sus disertaciones el paisaje de sus propios recuerdos: una casa con piso de tierra, donde la lluvia hacía presencia en la sala y los cuartos. Pero esa misma intromisión del agua había que almacenarla en tanques y poncheras, porque el servicio de acueducto era casi nulo. En verano había que arrear el líquido en las mismas latas que desechaban los tenderos cuando se les acababa la manteca. El estudiar en colegios oficiales y privados fue un componente de esfuerzo férreo, que, a su vez, condujo a la ganancia de becas, que ayudaron al desmedrado presupuesto familiar.

“Ni la pobreza ni la riqueza son excusas para no ser buen ciudadano —sentencia en sus charlas con los pandilleros de la Vía Perimetral —, y sobre eso creo que tengo suficiente autoridad para hablar. Lo que sucede es que nada que valga la pena es fácil. Mis hermanos y yo hubiésemos podido dedicarnos a la delincuencia barrial, tras la excusa de que supuestamente no teníamos más opciones. Pero por supuesto que las había: la primera, aprovechar el esfuerzo que hacían nuestros padres por mandarnos a la escuela; la segunda, construir sueños; y la tercera, voluntad de hierro para materializarlos. Ustedes pueden hacer lo mismo, y mucho más ahora cuando en Cartagena se están abriendo buenas posibilidades de expansión para los menos favorecidos. Pero debemos sacarnos del subconsciente la idea equivocada de que la única manera de salir adelante es haciendo daño a los demás”.

No obstante la popularidad evidente que Romero Parra ha cultivado en casi todas las comunidades de Cartagena, estima que no ha sido tan fácil adentrarse en ellas; y más que eso, hacer que interioricen las propuestas que podrían encauzar a un real cambio de comportamiento.

“La indiferencia y la falta de sentido de pertenencia son pilares de radical importancia, pues sobre ellas se sostiene parte del caos que  padece la ciudad. Y esas dos patologías no tienen estrato, dado que desde el ciudadano más pobre hasta el más rico; y desde el más ignorante hasta el más ilustrado,  están convencidos de que la idea es sobrevivir como sea. La indiferencia lleva al irrespeto mutuo; y la falta de pertenencia, induce a  permitir que cualquiera haga lo que le dé la gana con la ciudad. Por eso, el busetero no tiene inconvenientes en detenerse a conversar con alguien en medio de la vía o para responder su teléfono celular. Por eso, el dueño del hotel, o del restaurante, ocupa el espacio público con sus avisos y mesas, como si no fuera suficiente con el espacio de su propio local. Ese poderoso y ese busetero tienen algo en común: les importa poco el derecho ajeno. Para ellos, Cartagena no es un conglomerado de seres humanos sino el lugar donde se rebuscan o incrementan su fortuna. Ambos creen que la inseguridad de las zonas pobres nos les concierne, hasta que se ven afectados por ella”.

Romero Parra reconoce no ser el único que cree, defiende y predica la reingeniería de Cartagena. Otros líderes, desde mediados del siglo pasado, empezaron la gestión que las nuevas generaciones han venido desarrollando con todas las dificultades que tal cometido implica, “porque lo común, en una sociedad como la nuestra, es que un ciudadano correcto se convierta en una persona incómoda para el resto”, señala y remata:

“Pretender que Cartagena se transforme en una ciudad verdaderamente moderna como Medellín, por ejemplo, donde no todos los problemas están resueltos, pero se goza de un mejor nivel de vida, es una misión en la que deben involucrarse líderes comunales, iglesias de todos los credos, planteles educativos, gremios económicos, grupos culturales y medios de comunicación. Porque el objetivo es reeducar al cartagenero y, por ende, lograr que surja una mayor participación ciudadana que nos enseñe a escoger mejor a nuestros dirigentes. Y esos dirigentes que escojamos, deben comprometerse, con todas sus fibras, a recuperar el ejercicio de la autoridad. Ya está bueno de estar creyendo que el que debe cambiar el es otro. Todos debemos asumir ese compromiso”.

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