𝐒𝐞 𝐥𝐥𝐚𝐦𝐚𝐛𝐚 𝐀𝐧𝐧𝐚 𝐉𝐚𝐫𝐯𝐢𝐬 𝐲 𝐬𝐮 𝐜𝐫𝐞𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐟𝐮𝐞 𝐨𝐫𝐢𝐠𝐢𝐧𝐚𝐥𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐮𝐧 𝐡𝐨𝐦𝐞𝐧𝐚𝐣𝐞 𝐚 𝐬𝐮 𝐩𝐫𝐨𝐩𝐢𝐚 𝐦𝐚𝐝𝐫𝐞, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐥𝐚 𝐦𝐚𝐪𝐮𝐢𝐧𝐚𝐫𝐢𝐚 𝐜𝐚𝐩𝐢𝐭𝐚𝐥𝐢𝐬𝐭𝐚 𝐥𝐚 𝐯𝐨𝐥𝐯𝐢𝐨́ 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐥𝐨𝐚𝐜𝐚 𝐝𝐞 𝐩𝐮𝐫𝐨 𝐟𝐚𝐧𝐠𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐞𝐫𝐜𝐢𝐚𝐥.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Por allá por 1984 me encontré con un artículo pequeño en la Revista del Jueves, del diario El Espectador, donde se hablaba de Anna Jarvis, la mujer que, en Estados Unidos, creó “El día de la madre”. El texto, a pesar de su brevedad, me pareció conmovedor e indignante, sobre todo cuando leí la última parte donde la señora dijo: “¡Dios mío, cuánto me arrepiento de haber inventado el Día de la madre!”
Esa última frase me estremeció hasta las lágrimas, porque coincidió fuertemente con unas ideas propias que, en ese momento, no sabía cómo expresar, por temor a la recriminación familiar y vecinal. Pero lo cierto es que días como el de la madre, el del amor y la amistad y el de San Valentín siempre me han producido un asco terrible, por lo mucho de circo, de farsa, de hipocresía y de vanidad comercial que cargan en sus entrañas.
Por todo eso, en estos días traje a mi memoria el artículo de la Revista del Jueves y pensé que debía averiguar más sobre la señora Anna Jarvis, con el único propósito de visibilizarla un poco y de que a mí mismo no se me olvide lo doloroso de su gesta, ya que su historia parece una de esas tragedias silenciosas que el tiempo va volviendo más amargas.
Ella dedicó su vida a crear una fecha nacida del amor por su madre y terminó contemplando, casi con desesperación, cómo esa misma celebración se convertía en una gigantesca industria de consumo.
Nació en Virginia Occidental en 1864, en un país todavía marcado por las heridas de la guerra civil estadounidense. Desde muy joven admiró profundamente a su madre, Ann Reeves Jarvis, una mujer dedicada a labores comunitarias y sanitarias en medio de tiempos duros. Organizaba grupos de apoyo para cuidar enfermos, mejorar condiciones de higiene y ayudar familias golpeadas por la pobreza y la violencia. Para Anna, su madre no era solamente una figura familiar sino también era una referencia moral.
Cuando Ann Reeves Jarvis murió en 1905, su hija Anna quedó devastada. El duelo no se le transformó en resignación sino en una especie de misión personal. Sentía que las madres merecían una fecha especial donde fueran recordadas desde la gratitud auténtica y no desde el protocolo social. Es decir, quería una conmemoración íntima, solemne y profundamente humana.
La primera ceremonia oficial dedicada a las madres fue organizada por ella en 1908, en una iglesia metodista de Grafton. Allí repartieron claveles blancos, símbolo de pureza y amor maternal. Anna imaginaba hijos escribiendo cartas sinceras, visitando a sus madres y agradeciendo los sacrificios que muchas veces pasan desapercibidos mientras ocurren. Su idea tenía algo casi espiritual, aunque no perteneciera estrictamente a una festividad religiosa.
Con una energía obstinada, comenzó a escribir cartas a políticos, empresarios y líderes sociales para impulsar la celebración a nivel nacional. Lo que empezó como un homenaje íntimo fue creciendo rápidamente, porque Anna recorría ciudades, pronunciaba discursos y defendía la importancia de honrar a las madres con gestos personales y no con formalidades vacías.
En 1914, el presidente Woodrow Wilson oficializó el “Día de la Madre” en Estados Unidos. Aquello parecía el triunfo definitivo de Anna Jarvis, pues había logrado que una idea nacida del amor por su madre se convirtiera en una fecha reconocida por todo el país, pero justamente allí comenzó también su desencanto.
Las floristerías, las empresas de tarjetas y los grandes comercios comprendieron enseguida el potencial económico de la celebración. Muy pronto aparecieron campañas publicitarias, promociones especiales y mensajes estandarizados para vender regalos. Más claro: el Día de la Madre empezó a crecer como negocio a una velocidad que Anna jamás imaginó.
Ella observaba todo aquello con indignación. Sentía que el sentido original de la fecha estaba siendo destruido. Le molestaba profundamente que las personas reemplazaran palabras sinceras por objetos comprados de manera apresurada. Las tarjetas prefabricadas le parecían especialmente ofensivas porque, según decía, evitaban el esfuerzo emocional de escribir algo verdadero.
Mientras el país celebraba la fecha con entusiasmo, Anna comenzaba a sentirse derrotada por su propia creación, por lo cual me resulta triste pensar que cuanto más famoso se volvía el Día de la Madre, mayor era la amargura de la mujer que lo había impulsado. Su victoria pública empezó a convertirse en una derrota íntima.
Entonces inició una batalla desesperada contra la comercialización de la fecha: demandó organizaciones, boicoteó eventos y enfrentó a comerciantes que usaban la celebración para obtener ganancias. Por tal razón, muchas personas empezaron a verla como una figura cansona o excéntrica, incapaces de entender que detrás de su furia había una herida emocional muy profunda.
Hay escenas de sus últimos años que parecen salidas de una novela deprimente. Anna protestaba contra vendedores de flores, irrumpía en reuniones públicas y discutía con organizadores de celebraciones masivas hasta el punto de que en una ocasión terminó arrestada durante una convención de madres de guerra; o sea, la mujer que había creado la festividad acabó convertida casi en una enemiga de esa misma celebración.
Lo más duro es que no luchaba por dinero ni por reconocimiento personal. Lo que defendía era la sinceridad de los afectos. Ella sentía que el mundo estaba convirtiendo el amor hacia las madres en un simple intercambio comercial; y mientras más observaba vitrinas llenas de promociones y campañas publicitarias sentimentales, más sentía que había fracasado. Ante ese panorama, resulta devastador imaginar a alguien arrepentido precisamente de aquello que lo hizo memorable ante la historia, como si el éxito hubiera terminado deformando completamente el sueño original.
Anna insistía además en un detalle que para ella era fundamental: debía decirse “Mother’s Day” y no “Mothers’ Day”. La diferencia parecía pequeña, pero escondía toda su visión de la fecha, pues no quería una celebración colectiva y abstracta sino que cada persona pensara en su propia madre, en su propia historia familiar, en su propia gratitud.
Con el paso de los años, el Día de la Madre se secularizó todavía más con las cenas, los regalos costosos y las campañas publicitarias. Las obligaciones sociales terminaron ocupando el centro de la celebración, con lo que el tono reverente y casi devocional que Anna había imaginado quedó relegado a un rincón cada vez más pequeño.
La ironía resulta inmensa cuando se observan las cifras actuales. Sólo en Estados Unidos, el Día de la Madre mueve decenas de miles de millones de dólares cada año en flores, joyas, restaurantes, ropa, tecnología y tarjetas. Como quien dice, la fecha nacida del duelo personal de una mujer terminó convertida en una gigantesca maquinaria de hacer plata.
En Colombia ocurre algo parecido. El Día de la Madre es una de las temporadas comerciales más fuertes del año. En Cartagena, por ejemplo, los restaurantes suelen llenarse, los centros comerciales viven jornadas intensas y la publicidad transforma la celebración en una exhibición permanente de regalos y consumo. Es decir, las emociones quedan subordinadas a la presión social de regalar, invitar, demostrar y competir entre vecinos para ver quién compró el mejor regalo. ¡Qué porquería!
Quizá por eso la historia de Anna Jarvis sigue produciendo tanta melancolía más de un siglo después. Ella comprendió demasiado temprano algo que hoy parece inevitable: el mercado tiene una enorme capacidad para absorber las emociones humanas y convertirlas en mercancía. Lo que nace desde el amor termina atrapado entre vitrinas, campañas publicitarias y compromisos automáticos.
Anna murió en 1948, prácticamente sola, sin fortuna y recluida en un sanatorio; y miren qué ironía: según varias versiones históricas, parte de los gastos de ese lugar fueron cubiertos discretamente por personas vinculadas a la industria floral contra la que ella luchó durante años. Es como si al final hubiera quedado atrapada dentro del mismo sistema que intentó combatir.
Hoy millones de personas celebran el Día de la Madre sin conocer la historia de la mujer que lo creó. Compran flores, reservan mesas, envían tarjetas y publican mensajes sin saber que detrás de esa fecha existió una dama que soñó algo completamente distinto. Tal vez ahí reside la tristeza más profunda de Anna Jarvis: descubrir que el mundo podía recordar su obra y olvidar por completo el dolor, el amor y la sinceridad que le dieron origen.