𝐋𝐥𝐞𝐯𝐚𝐛𝐚 𝐞𝐥 𝐂𝐚𝐫𝐢𝐛𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐫𝐨 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐠𝐚𝐫𝐠𝐚𝐧𝐭𝐚. 𝐄𝐧 𝐞𝐥𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐯𝐢́𝐚𝐧 𝐞𝐥 𝐫𝐢́𝐨 𝐲 𝐞𝐥 𝐦𝐚𝐫, 𝐥𝐚 𝐡𝐚𝐦𝐚𝐜𝐚 𝐲 𝐥𝐚 𝐟𝐢𝐞𝐬𝐭𝐚 𝐩𝐚𝐭𝐫𝐨𝐧𝐚𝐥, 𝐞𝐥 𝐟𝐨𝐠𝐨́𝐧 𝐲 𝐥𝐚 𝐟𝐚𝐞𝐧𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐞𝐬𝐜𝐚𝐝𝐨𝐫. 𝐂𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐚𝐛𝐫𝐢́𝐚 𝐥𝐚 𝐛𝐨𝐜𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐜𝐚𝐧𝐭𝐚𝐫, 𝐮𝐧𝐨 𝐬𝐞𝐧𝐭𝐢́𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐚𝐛𝐥𝐚𝐛𝐚𝐧 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐚𝐬 𝐠𝐞𝐧𝐞𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐚𝐥 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Totó la Mompoxina fue una mujer nacida para honrar la tierra que la vio crecer. Desde que apareció en las tarimas con sus polleras agitadas por el viento del Caribe y la voz bañada de tambor y arena caliente, supo que lo suyo no era la vanidad del aplauso fácil sino la defensa amorosa de una memoria milenaria que venía rodando desde los pueblos de barro, desde los patios donde las abuelas cantaban para espantar las tristezas y celebrar la vida.
Totó llevaba el Caribe entero en la garganta. En ella convivían el río y el mar, la hamaca y la fiesta patronal, el fogón y la faena del pescador. Cuando abría la boca para cantar, uno sentía que hablaban muchas generaciones al mismo tiempo, generaciones que jamás conocieron los grandes escenarios del mundo, pero que encontraron en ella una hija capaz de cargar sus cantos hasta países lejanos.
La vi por primera vez en el auditorio Getsemaní, del Centro de Convenciones Cartagena de Indias. Esa tarde no apareció una estrella inaccesible. Lo que subió a la tarima fue una mujer orgullosa de sus raíces, una mujer feliz de compartir el escenario con otras voces nacidas de la entraña popular. Su gesto de presentar a las cantadoras Etelvina Maldonado y a Martina Camargo tuvo la nobleza de quien entiende que la música no se engrandece apagando a nadie sino abriendo espacio para que todos florezcan bajo la misma luna de tambor.
Muchas figuras famosas regresan de los viajes mirando a los demás con aire distante, envueltas en ceremonias de superioridad que terminan borrándoles el olor de la tierra natal. Pero Totó conservó intacta la sencillez de las mujeres que conversan en las puertas de las casas al caer la tarde. La fama jamás le endureció el rostro ni le secó la alegría. Seguía siendo una hija del pueblo, una mujer capaz de bailar con la misma emoción ante un público de campesinos o frente a los teatros más prestigiosos de Europa.
Había algo profundamente conmovedor en su manera de moverse. Sus brazos parecían contar historias ancestrales mientras los tambores levantaban el fervor del público. No bailaba para exhibirse. Bailaba porque el cuerpo le pedía celebrar el milagro de existir, y esa alegría terminaba contagiando a cualquiera que la contemplara. Muchos artistas cantan, pero Totó convocaba una ceremonia donde el Caribe entero inhalaba al mismo compás.
Su presencia al lado de Gabriel García Márquez durante la entrega del Nobel en Estocolmo tuvo un valor emblemático inmenso. Allí estaba ella, llevando en sus polleras y en su canto la esencia de una Colombia profunda que pocas veces ocupa los salones elegantes del mundo. Mientras el escritor recibía el reconocimiento universal por sus palabras, Totó aportaba la música ancestral de un país que también sabe narrarse a través del tambor y la danza.
Resulta doloroso aceptar que Colombia tardó demasiado en comprender la grandeza que tenía frente a sus ojos. Hubo que esperar el aplauso extranjero para que muchos voltearan a mirarla con atención. Esa costumbre de valorar lo nuestro solamente cuando llega bendecido desde afuera ha sido una vieja herida nacional. Totó ya llevaba años sembrando la música tradicional en pueblos y ciudades cuando finalmente la descubrieron quienes jamás habían prestado oído al eco de las gaitas y los bullerengues.
Pero ella nunca mostró resentimiento por esa indiferencia inicial. Continuó cantando con la misma entrega de siempre, llevando el nombre de Colombia a festivales internacionales y defendiendo con orgullo las expresiones populares de la costa Caribe. Su misión parecía guiada por una convicción íntima: demostrar que la música nacida en los rincones humildes también posee una belleza digna de los escenarios más importantes del planeta.
Había valentía en su repertorio. No se limitó a interpretar cantos festivos o melodías de celebración. También alzó la voz frente a las injusticias y se solidarizó con quienes sufrían el peso de la violencia y la exclusión. Algunos sectores reaccionaron con furia ante sus canciones rebeldes, obligándola a marcharse de Colombia durante una temporada amarga. Pero aun lejos de su tierra, no renunció jamás a sus convicciones ni dejó de cantar aquello que consideraba necesario.
El exilio suele marchitar a muchas personas, pero en Totó pareció fortalecer todavía más su amor por las raíces. Desde afuera seguía evocando los tambores de San Basilio, las ruedas de bullerengue, los patios encendidos por las fiestas populares y las voces de las mujeres mayores que le enseñaron los secretos del canto tradicional. Su memoria era un territorio invencible donde nadie podía arrebatarle el Caribe.
Cada colaboración suya tenía el sabor de un encuentro auténtico. No se acercaba a otros artistas para aprovechar modas ni estrategias comerciales. Lo hacía desde el respeto profundo por la música y por quienes deseaban aprender de ella. Cuando apareció junto a Carlos Vives interpretando “La tierra del olvido”, ocurrió algo difícil de explicar con palabras: aquella canción volvió a nacer bajo la fuerza de su presencia.
Verla bailar allí producía un estremecimiento hermoso. Era una mujer madura, cargada de experiencia, moviéndose con una vitalidad que desarmaba cualquier prejuicio sobre la edad y el arte popular. Su voz llegaba cargada de sal marina, de humo de leña y de tambor primigenio. Parecía decirle al país que la tradición no pertenece al pasado sino a la vida diaria de quienes todavía aman esta tierra.
Pocos recuerdan el disco donde rindió homenaje al son cubano, y sin embargo aquella aventura reveló otra dimensión de su talento. Totó comprendía los puentes invisibles que unen al Caribe entero a través de la música. Entre Colombia y Cuba existe una conversación longeva hecha de percusión, melancolía y fiesta, y ella supo recorrer ese puente con elegancia y respeto.
Su rostro poseía la serenidad de quienes han encontrado un propósito verdadero. Mientras la multitud intentaba acercarse para saludarla en Cartagena, ella permanecía rodeada de afecto popular, recibiendo abrazos, sonrisas y palabras emocionadas. Había en su mirada una gratitud sincera hacia la gente que la admiraba. No parecía una artista distante sino una madre caribeña feliz de compartir la alegría que llevaba dentro.
Muchos músicos alcanzan fama mundial, pero pocos logran representar el alma de un territorio entero. Totó pertenecía a esa categoría rara de artistas cuya sola presencia despierta orgullo colectivo. Al verla, uno recordaba que Colombia también es tambor, danza, patio de tierra, río ancho, pescadores madrugando y mujeres cantando mientras cocinan para la familia.
Las nuevas generaciones encontraron en ella una puerta abierta hacia tradiciones que durante años fueron despreciadas por las élites culturales. Gracias a su trabajo, miles de jóvenes descubrieron la riqueza del bullerengue, la cumbia, el chandé, el mapalé y la gaita. Totó tomó músicas que muchos consideraban marginales y las llevó hasta auditorios internacionales sin quitarles autenticidad ni adornarlas para agradar a públicos extranjeros.
Su canto jamás perdió el olor de la tierra húmeda después de la lluvia, ni el sabor del Caribe popular. Conservó intacta la verdad de los pueblos donde nació esa música. Cada presentación suya parecía un regreso a las raíces, un reencuentro con las abuelas cantadoras y con los tambores que acompañaron las celebraciones comunitarias durante generaciones enteras.
En tiempos donde tantos artistas persiguen únicamente el éxito inmediato, Totó defendió algo mucho más valioso: la permanencia de la memoria cultural. Comprendió que una canción tradicional contiene la historia emocional de un pueblo. Por eso cantaba con tanta entrega, porque sabía que detrás de cada ritmo viajaban la dignidad y la identidad de miles de personas olvidadas por el poder central.
Hay mujeres cuya existencia deja una huella artística. Totó dejó una huella espiritual sobre la cultura colombiana. Transformó la manera en que el país mira su propia herencia afrocaribeña y convirtió los tambores ancestrales en motivo de orgullo nacional. Allí radica buena parte de su grandeza.
Quienes tuvieron la fortuna de verla sobre una tarima, difícilmente podrán olvidarla. Permanecerá en la memoria colectiva con sus polleras agitándose al compás de la percusión, con los brazos abiertos celebrando la vida y con esa sonrisa donde cabían el río Magdalena, las fiestas de pueblo, los manglares, las gaitas y el mar Caribe entero.
Vale por ella un bullerengue amanecido junto al fuego, una chalupa navegando despacio por el río, una cumbia bajo las estrellas, un chandé encendido de tambor, un porro que haga bailar a los viejos y a los niños, una gaita que llore de alegría y un mapalé lleno de tierra caliente. Vale por ella el orgullo de saber que Colombia parió una mujer capaz de convertir la raíz popular en un canto universal. Vale un grito de monte por esa mujer que, una tarde en Cartagena, puso de pie al auditorio Getsemaní.