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Educar para la autoestima

El caso de Yulixa Toloza dejó al descubierto mucho más que una tragedia asociada a una cirugía estética clandestina. Detrás de esa muerte aparecen varias fracturas sociales que Colombia lleva años arrastrando y que rara vez se discuten con sinceridad. Una de ellas comienza en el hogar, allí donde se forma la percepción que una persona tendrá de sí misma durante toda la vida.

Durante mucho tiempo se creyó que la autoestima era un asunto secundario, una especie de tema decorativo frente a las verdaderas urgencias de la crianza. En virtud de eso, muchos padres concentraron sus esfuerzos en alimentar, vestir, educar y corregir, pero dejaron de lado algo esencial: enseñarles a sus hijos que su valor no depende de la aprobación ajena ni del parecido con un modelo físico impuesto desde afuera.

Hoy las redes sociales han convertido la apariencia en una mercancía permanente, lo que ha erigido una industria multimillonaria que vive de producir inseguridad, mediante rostros retocados, cuerpos editados y vidas maquilladas que circulan a toda hora frente a adolescentes que todavía no terminan de construir su identidad. El resultado es una sensación continua de insuficiencia.

Muchos jóvenes crecen pensando que siempre les falta algo para merecer aceptación, como una nariz distinta, unos labios más gruesos, menos grasa, más músculo, otra piel y otra figura. Es decir, la comparación dejó de ser ocasional y pasó a convertirse en compañía diaria.

Frente a eso, la familia perdió terreno, porque antes los padres influían más en la forma en que sus hijos se percibían a sí mismos. Pero hoy compiten contra influencers, celebridades digitales y algoritmos diseñados para fabricar ansiedad estética. Muchos hogares ni siquiera han comprendido la magnitud de esa disputa.

No se trata de enseñar conformismo ni de condenar el deseo de verse bien. El cuidado personal es natural y legítimo. El problema aparece cuando una persona empieza a creer que su cuerpo es un error que debe corregirse para sentirse digna de amor, admiración o respeto.

Ahí es donde la formación emocional adquiere importancia. Un niño que crece sintiéndose escuchado, valorado y querido desarrolla herramientas para soportar mejor la presión social; y puede admirar la belleza sin convertirla en una obsesión ni en una medida absoluta de su valor.

En cambio, quien crece buscando aprobación desesperadamente queda más expuesto a cualquier promesa de transformación rápida; y en medio de esa necesidad aparecen quienes convierten la inseguridad ajena en negocio.

El caso de Yulixa también retrata otra enfermedad social: la cultura del dinero fácil. Hay personas dispuestas a lucrarse de cualquier manera, aun poniendo vidas ajenas en peligro. No importa si carecen de formación médica o si operan en lugares improvisados. Lo importante es aprovechar una demanda creciente.

Por eso proliferan clínicas clandestinas disfrazadas de centros especializados. Funcionan en barrios populares, anuncian servicios con absoluta tranquilidad y atraen clientes mediante precios bajos y testimonios en redes sociales. Muchas veces no parecen negocios ocultos sino establecimientos normales integrados al paisaje urbano.

Eso lleva inevitablemente a otra pregunta necesaria: ¿dónde están las autoridades? Resulta difícil entender cómo un lugar dedicado a procedimientos invasivos puede operar durante tanto tiempo sin controles efectivos. La falta de vigilancia termina convirtiéndose en terreno fértil para la negligencia y el engaño.

Sin embargo, el problema no se reduce a la ilegalidad, pues también existen profesionales titulados que actúan irresponsablemente. El dinero mueve una industria gigantesca donde la ética muchas veces empieza a deteriorarse.

La cirugía estética dejó de presentarse como un procedimiento médico delicado y comenzó a venderse como un servicio cotidiano. Muchas personas hablan de lipólisis, implantes o lipoesculturas con la misma naturalidad con que hablan de ir a la peluquería.

Pero el cuerpo humano no es un objeto decorativo. Toda intervención implica riesgos reales. Anestesias, trombos, infecciones, embolias y hemorragias forman parte de un terreno donde cualquier error puede tener consecuencias irreversibles.

Lo más doloroso es que muchas víctimas llegan confiadas. Ven publicidad, recomendaciones y casos exitosos. Creen estar entrando a un lugar seguro, porque otras personas ya estuvieron allí. La validación social termina reemplazando el criterio médico.

También existe un componente cultural difícil de ignorar. En sociedades tan obsesionadas con la apariencia, el cuerpo funciona muchas veces como símbolo de ascenso social. Verse atractivo parece abrir puertas laborales, sentimentales y económicas. Esa presión termina empujando decisiones peligrosas.

Por eso insisto en que la discusión no debería quedarse solamente en capturar responsables o cerrar clínicas ilegales. El problema comienza mucho antes, cuando una sociedad entera educa a sus hijos para buscar aceptación en el espejo y en la mirada ajena.

Tal vez uno de los actos más importantes de la crianza contemporánea sea enseñarle a un niño que no necesita parecerse a nadie para tener valor. Que puede cuidar su imagen sin convertirla en el centro de su existencia. Que una fotografía en redes sociales jamás definirá su dignidad.

Eso exige presencia familiar, conversación y atención emocional. Exige padres capaces de detectar inseguridades antes de que el mercado las convierta en oportunidad de negocio.

La muerte de Yulixa Toloza deja dolor, rabia y muchas preguntas abiertas. Pero también obliga a mirar hacia adentro y reconocer que detrás de estas tragedias hay una sociedad que lleva demasiado tiempo confundiendo autoestima con apariencia y éxito con exhibición.

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