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No es el flaustista, es la frustración

Ayer estuve escuchando el pódcast del ensayista español Manuel Ballester sobre el antiguo cuento “El flautista de Hamelín”, y se me ocurrió que hay ideas que permanecen mucho tiempo ocultas dentro de los cuentos.

Parecen simples relatos populares hasta que alguien encuentra en ellas una llave para comprender la realidad. En ese sentido, la lectura de Ballester se aparta de la interpretación habitual y dirige la atención hacia un lugar mucho más espinoso y revelador: no hacia quien toca la flauta sino hacia quienes deciden seguir la música.

La mayoría de las versiones presentan al flautista como el gran protagonista. Ballester, en cambio, plantea una pregunta distinta:

¿Qué ocurría dentro de las ratas para que abandonaran la ciudad siguiendo una melodía? ¿Qué ocurría dentro de los niños para que caminaran detrás del músico hasta desaparecer?

La respuesta que propone es sencilla: el flautista no crea el deseo. El deseo ya existe. La música solamente le da una dirección.

Esa observación parece literaria, pero tiene una enorme fuerza cuando se traslada al terreno político. Con frecuencia analizamos a los líderes, estudiamos sus discursos y examinamos sus estrategias. Sin embargo, dedicamos mucho menos tiempo a entender qué estaba sintiendo la sociedad antes de que aparecieran. Es una omisión importante porque ningún personaje logra movilizar multitudes si no encuentra emociones esperando ser interpretadas.

La historia ofrece numerosos ejemplos. El caso de Adolfo Hitler suele estudiarse como la irrupción de un individuo extraordinariamente hábil para manipular masas. Sin embargo, muchos historiadores coinciden en que el antisemitismo, el nacionalismo exacerbado y el resentimiento social ya existían mucho antes de su llegada al poder. Hitler no inventó esas emociones. Las identificó, las alimentó y les dio una expresión política.

Algo parecido puede decirse de Pablo Escobar, aunque en un contexto completamente distinto. Su capacidad de influencia no surgió únicamente del dinero o del miedo. También encontró comunidades donde el abandono estatal era evidente, donde la pobreza era profunda y donde muchas personas estaban dispuestas a admirar a quien les ofreciera soluciones inmediatas, prestigio o protección.

En ambos casos, más allá de las enormes diferencias entre uno y otro personaje, aparece una misma enseñanza. Ningún fenómeno colectivo de gran escala puede explicarse exclusivamente por la habilidad de quien lo lidera. También debe explicarse por las necesidades, frustraciones y expectativas de quienes lo siguen.

La reflexión de Manuel Ballester adquiere una relevancia especial cuando se observa la Colombia actual. Durante años se han acumulado sentimientos de inconformidad en amplios sectores de la población. Son emociones que no nacieron durante una campaña electoral ni aparecieron por obra de una consigna afortunada. Se fueron formando lentamente a partir de experiencias concretas.

Muchos ciudadanos sienten que la inseguridad ha deteriorado su calidad de vida. No se trata solamente de estadísticas o informes oficiales. Se trata de personas que han modificado rutinas, que miran con desconfianza determinadas calles, que perciben una amenaza permanente en espacios donde antes se sentían tranquilas.

A esa preocupación se suma la persistencia de grupos armados ilegales que continúan ejerciendo influencia en distintas regiones. Para quienes viven cerca de esos territorios, la discusión no es académica sino que forma parte de su realidad diaria. Son comunidades que llevan décadas escuchando promesas de solución sin observar cambios proporcionales a la magnitud del problema.

También existe una extendida percepción de impunidad. Muchas personas sienten que las instituciones reaccionan con lentitud o que las consecuencias para quienes infringen la ley resultan insuficientes. Esa percepción puede ser discutida, matizada o cuestionada, pero ignorarla sería un error porque forma parte del estado de ánimo de una parte importante del país.

Otro elemento es el desgaste frente a sectores de la clase política tradicional. Durante años, numerosos dirigentes han prometido transformaciones profundas que no siempre se traducen en resultados visibles para la ciudadanía. Esa distancia entre las expectativas y la realidad termina generando desconfianza.

La incertidumbre económica completa el cuadro. Familias que observan con preocupación el costo de vida, trabajadores que temen por la estabilidad de sus ingresos y pequeños empresarios que sienten dificultades crecientes para sostener sus actividades contribuyen a crear un ambiente de ansiedad colectiva.

Existe además una sensación, ampliamente compartida, de que el Estado no responde con la eficacia esperada a problemas que afectan directamente la vida de las personas. No importa si esa percepción es totalmente exacta o parcialmente equivocada. Lo importante es que influye en la manera como muchos ciudadanos interpretan la realidad política.

Es precisamente en ese contexto donde la reflexión de Ballester resulta tan esclarecedora. Cuando una sociedad acumula frustraciones durante largo tiempo, aparece un espacio para quienes saben expresar esas emociones con frases simples, directas y fácilmente reconocibles: “voy a imponer mano de hierro contra los violentos”.

La fuerza de esos mensajes no proviene necesariamente de la discutible solidez de un programa de gobierno ni de la profundidad de sus propuestas. Su principal atractivo radica en que logran transmitir la sensación de que alguien finalmente está diciendo en público lo que muchas personas llevan años comentando en privado.

Por eso, ciertos movimientos políticos suelen ser malinterpretados cuando se analizan únicamente desde la figura de un candidato. El verdadero fenómeno se encuentra muchas veces en la situación emocional de la sociedad. La música tiene importancia, pero la disposición a escucharla suele ser todavía más decisiva.

Ballester nos invita a observar aquello que ocurre antes de que aparezca el flautista. Nos invita a estudiar las preocupaciones acumuladas, los desencantos persistentes y las expectativas insatisfechas. Allí es donde comienzan a gestarse los grandes movimientos colectivos.

Tal vez por eso su reflexión resulta tan valiosa para entender el presente colombiano. Nos recuerda que las sociedades rara vez son arrastradas hacia una dirección que les resulte completamente ajena. Con frecuencia avanzan siguiendo caminos que ya estaban trazados por sus propios temores, deseos y esperanzas.

Lo admirable de esta interpretación es que evita las explicaciones fáciles. No convierte a los líderes en magos capaces de hipnotizar pueblos enteros ni presenta a los ciudadanos como espectadores pasivos. Reconoce que existe una relación compleja entre quien habla y quien escucha.

Al final, la gran aportación de Ballester consiste en recordarnos que la música más influyente no siempre nace en la flauta. A veces nace mucho antes, en el interior de una sociedad que lleva años esperando a alguien capaz de convertir sus emociones dispersas en una sola melodía, aunque ese alguien no sea necesariamente el más sabio, el más preparado o el más capaz.

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