Se llama Merlin Holland, tiene 81 años y ha dedicado gran parte de su vida a exaltar la obra de su abuelo. Pero, sobre todo, a limpiar un nombre que durante mucho tiempo sufrió el repudio de la sociedad europea.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Hace poco estuve viendo en YouTube tres películas dramáticas sobre el escritor irlandés Oscar Wilde: “Los procesos de Oscar Wilde” (1960), “Wilde” (1997) y “La importancia de llamarse Oscar Wilde” (2018).
Una recrea los años de gloria del escritor en Londres, otra se concentra en el proceso judicial que lo llevó a la cárcel y una tercera explora sus últimos días en el exilio. Cuando terminaron los créditos de la última, me quedó una pregunta rondando la cabeza: ¿qué había sido de la familia de Wilde? ¿Tuvo descendientes? ¿Existe alguien que todavía lleve adelante su legado?
Buscando respuestas me encontré con una figura ineludible: Merlin Holland, el nieto de Oscar Wilde. Aunque nació cuarenta y cinco años después de la muerte de su abuelo, Holland ha dedicado buena parte de su vida a reconstruir su historia, desmontar viejos prejuicios y reivindicar el nombre de uno de los escritores más brillantes y perseguidos de la literatura universal.
Se sabe que la historia de Oscar Wilde no terminó con su muerte en París, en noviembre de 1900. Tampoco terminó cuando la sociedad victoriana lo condenó a dos años de trabajos forzados por su homosexualidad. En cierto sentido, su historia siguió escribiéndose a través de sus descendientes, especialmente gracias a su nieto, Merlin Holland, el hombre que ha dedicado buena parte de su vida a rescatar la memoria familiar y a limpiar el nombre del autor de “El retrato de Dorian Gray” y “La importancia de llamarse Ernesto”.
Cuando Wilde fue condenado en 1895 por el delito de “grave indecencia”, la sociedad británica lo convirtió en un paria. Había alcanzado la cima de la fama con novelas, cuentos y obras de teatro brillantes, pero cayó de manera estrepitosa tras una serie de juicios relacionados con su relación sentimental con Lord Alfred Douglas, conocido como “Bosie”.
La tragedia tuvo mucho de conflicto personal y mucho de intolerancia social. El padre de Bosie, el marqués de Queensberry, emprendió una campaña pública contra Wilde. El escritor respondió demandándolo por difamación, convencido de que la justicia le daría la razón, pero ocurrió exactamente lo contrario: la defensa reunió testimonios comprometedores, la demanda se derrumbó y el Estado inició un proceso penal contra Wilde.
El escritor fue condenado a dos años de trabajos forzados, una pena devastadora para alguien acostumbrado a los círculos intelectuales y artísticos de Londres. La prisión deterioró gravemente su salud física y emocional. Tras recuperar la libertad vivió exiliado en Francia, arruinado y alejado de su familia.
Murió a los 46 años, víctima de una meningitis relacionada con una infección crónica de oído. Durante décadas, la sombra del escándalo pesó tanto sobre su nombre que alcanzó también a sus seres más cercanos.
Su esposa, Constance Lloyd, comprendió rápidamente que sus hijos cargarían con un estigma que no habían provocado. Para protegerlos, decidió abandonar Inglaterra y adoptar para la familia el apellido Holland. No se trató de un nombre escogido al azar. Holland era un apellido presente en ramas de la familia de Constance y permitía construir una nueva identidad lejos de la persecución social asociada al apellido Wilde.
Los dos hijos del escritor crecieron entonces como Holland. El mayor, Cyril Holland, llevó una vida relativamente discreta hasta que estalló la Primera Guerra Mundial. Sirvió como oficial del ejército británico y murió en combate en Francia en 1915, a los 29 años y no dejó descendencia.
El menor, Vyvyan Holland, tuvo una vida más larga y compleja. Había sido apenas un niño cuando su padre fue encarcelado y nunca pudo reconstruir plenamente aquella relación rota por la tragedia. Sin embargo, con el paso de los años desarrolló una mirada más comprensiva hacia Oscar Wilde y se convirtió en uno de los primeros miembros de la familia en reivindicar su memoria.
Vyvyan escribió el libro “Hijo de Oscar Wilde”, memorias fundamentales para comprender el drama familiar. En ellas describió el dolor que provocó el escándalo, el exilio y el rechazo social que sufrieron él y su hermano. También mostró a un Wilde mucho más humano que la caricatura construida por sus detractores.
De Vyvyan nació la siguiente generación. Su hijo Merlin Holland llegó al mundo en 1945, cuarenta y cinco años después de la muerte de su célebre abuelo. Nunca lo conoció, pero terminaría dedicando una parte considerable de su vida a estudiarlo.
Durante décadas, Merlin observó cómo la figura de Wilde era celebrada por sus obras literarias, mientras numerosos aspectos de su biografía seguían rodeados de mitos, exageraciones o interpretaciones sesgadas. Decidió entonces asumir una tarea que combinaba investigación histórica y compromiso familiar.
Su trabajo fue mucho más allá de la simple admiración, porque revisó archivos, cartas, documentos judiciales y testimonios de época. Gracias a esa labor, numerosas afirmaciones erróneas sobre Wilde fueron corregidas y se conocieron detalles que habían permanecido ocultos durante generaciones.
Entre sus publicaciones más conocidas figuran ediciones de la correspondencia de Oscar Wilde y estudios biográficos que hoy son referencia obligada para investigadores y lectores. También participó en proyectos editoriales destinados a presentar una imagen más precisa y completa del escritor.
Merlin ha ofrecido conferencias en universidades, festivales literarios, museos y centros culturales de Europa y América. En muchas de ellas insiste en una idea central: Oscar Wilde no debe ser recordado únicamente como una víctima de la intolerancia sino también como un creador extraordinario cuya obra sigue conservando vigencia intelectual y artística.
Al mismo tiempo, nunca ha evitado hablar de la persecución que sufrió su abuelo. Para Merlin, comprender a Wilde implica comprender también la sociedad que lo condenó. Su trabajo ha ayudado a mostrar cómo los prejuicios legales y culturales de la Inglaterra victoriana destruyeron la vida de miles de personas cuya única falta consistía en amar de manera diferente.
La transformación de la imagen pública de Oscar Wilde ha sido impresionante. En vida fue encarcelado, ridiculizado y expulsado de los círculos respetables. Hoy es considerado uno de los grandes autores de lengua inglesa y una figura esencial de la cultura europea.
En Inglaterra abundan las placas conmemorativas, las estatuas, las reediciones de sus obras y los estudios académicos dedicados a su legado. Sus frases son citadas constantemente y sus piezas teatrales continúan representándose con éxito más de un siglo después de haber sido escritas.
El reconocimiento se extiende a toda Europa, pues, gracias al trabajo de Holland, Wilde es visto no sólo como un escritor brillante sino también como un símbolo de la lucha contra la discriminación. Su historia suele recordarse cuando se analizan los efectos de las leyes que castigaban la homosexualidad y otras formas de diversidad afectiva.
Por esa razón, numerosos movimientos contemporáneos en favor de los derechos de las personas LGBT han encontrado en Wilde una figura emblemática. No porque él militara en organizaciones que no existían en su época sino porque su vida ilustra el costo humano de la intolerancia institucionalizada.
Merlin Holland ha contribuido significativamente a esa reinterpretación histórica. Su labor ha permitido que las nuevas generaciones conozcan a Oscar Wilde en toda su complejidad: como escritor, padre, esposo, polemista, víctima de la persecución y figura fundamental de la cultura moderna.
Quizás esa sea la ironía más profunda de toda esta historia. El apellido Wilde desapareció de la línea familiar directa cuando sus descendientes adoptaron el nombre Holland, para protegerse del desprecio social. Pero, más de un siglo después, fue precisamente uno de esos Holland quien ayudó a devolverle al apellido Wilde el prestigio y la dignidad que la intolerancia de su tiempo intentó arrebatarle.