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Un aplauso para Getsemaní

Hay noticias que merecen celebrarse porque representan mucho más que una decisión administrativa. La declaratoria de la vida de barrio de Getsemaní como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Nación es una de ellas. No se trata únicamente de un reconocimiento cultural sino también de la confirmación de que una comunidad decidió defender su forma de vivir y consiguió que el Estado la escuchara.

La alegría que me produce esta noticia también tiene una explicación personal. Parte de mi infancia transcurrió en Getsemaní. Sus calles, sus esquinas, la Plaza de la Trinidad y la manera en que sus vecinos compartían el espacio público forman parte de mis recuerdos más persistentes. Años después seguí frecuentándolo porque estudié primaria y bachillerato en el Colegio La Santísima Trinidad. Fui parte de esa población flotante que entraba cada mañana y salía al terminar las clases, pero que nunca dejó de sentir que aquel barrio tenía un alma distinta.

Getsemaní siempre fue mucho más que un conjunto de casas antiguas. Era una comunidad donde los vecinos se conocían por sus nombres y apodos, donde las puertas permanecían abiertas y donde la vida cotidiana se desarrollaba en la calle. Esa forma de convivir no aparece en los planos de los arquitectos, pero constituye el patrimonio más valioso que puede conservar una ciudad.

Durante muchos años observé con preocupación cómo el turismo y el negocio inmobiliario avanzaban sobre el barrio. Cada casa vendida significaba una familia menos. Cada vivienda convertida en hotel representaba un pedazo de memoria que desaparecía. Hubo momentos en que parecía inevitable que Getsemaní terminara convertido en otro escenario para visitantes.

Por fortuna ocurrió algo diferente. Sus habitantes entendieron que no bastaba con lamentarse. Por eso se organizaron, defendieron su identidad y lograron construir un proceso que hoy recibe un reconocimiento nacional. Ese merito pertenece, antes que a las instituciones, a la comunidad que nunca dejó de creer que valía la pena permanecer allí.

La verdadera importancia de esta declaratoria radica en que pone a las personas en el centro del patrimonio, ya que  durante mucho tiempo pensamos que proteger una ciudad histórica consistía solamente en conservar fachadas, balcones y calles empedradas. Pero Getsemaní demuestra que las edificaciones carecen de sentido cuando desaparecen quienes les dieron vida durante generaciones.

Ojalá esta experiencia sirva para que otras comunidades comprendan que todavía es posible actuar antes de que sea demasiado tarde, dado que, cuando el mercado inmobiliario descubre el valor económico de un barrio, la transformación suele avanzar con rapidez y pocas veces se detiene por voluntad propia.

Pienso inevitablemente en el barrio San Diego, donde también viví y guardo un profundo afecto por ese conglomerado. Sin embargo, su historia tomó otro rumbo. Hoy cuesta encontrar las familias tradicionales que durante décadas hicieron de ese lugar una comunidad viva. Permanecen las casonas, las plazas y las iglesias, pero la vida cotidiana que distinguía al barrio se fue desvaneciendo.

Lamento que San Diego no hubiera contado con un movimiento comunitario semejante al de Getsemaní. Tal vez las circunstancias fueron distintas. Tal vez el proceso avanzó demasiado rápido. Sea cual fuere la explicación, el resultado salta a la vista: un barrio hermoso desde el punto de vista arquitectónico, pero con muy pocos de sus habitantes de siempre.

Para empezar a actuar, Cartagena no debería esperar a que otros sectores recorran el mismo camino, pues las señales aparecen mucho antes de que el problema se vuelva irreversible.

Basta mirar los barrios ubicados en las faldas y pies de La Popa. Allí se observa una transformación que merece toda la atención de las autoridades y de la ciudadanía. La compra constante de viviendas y la aparición de edificios modifican poco a poco el paisaje urbano y la composición de sus habitantes.

Torices representa uno de los casos más evidentes. Quien recorra sus calles advertirá que el interés de los inversionistas aumenta cada año. Eso no constituye un problema por sí mismo, pero lo preocupante sería que el desarrollo terminara expulsando a quienes han construido la identidad del barrio durante décadas.

Sería lamentable que dentro de unos años alguien escribiera sobre Torices con la misma nostalgia con la que hoy muchos hablamos de San Diego. La historia ofrece suficientes lecciones para no repetir los mismos errores.

La Boquilla también merece una mirada cuidadosa. Su riqueza no reside únicamente en la playa ni en el atractivo turístico de su entorno. Allí existe una comunidad con una tradición pesquera, afrodescendiente y cultural que forma parte del patrimonio de Cartagena.

Algo semejante sucede en Barú. Sus poblaciones conservan formas de vida que no pueden medirse únicamente en términos de rentabilidad económica. El desarrollo turístico puede generar oportunidades, pero pierde buena parte de su sentido cuando obliga a marcharse a quienes siempre han habitado ese territorio.

No estoy diciendo que hay que oponerse al turismo o a la inversión privada, puesto que Cartagena necesita crecer y generar empleo. Lo que debe evitarse es que ese crecimiento termine sustituyendo a las comunidades por hoteles, edificios y viviendas destinadas exclusivamente al visitante ocasional.

La decisión tomada con Getsemaní demuestra que existen caminos distintos. Es posible reconocer que una comunidad constituye un patrimonio y que merece políticas públicas orientadas a garantizar su permanencia.

Celebro esta noticia porque confirma que la historia de un barrio también puede escribirse desde la voluntad de sus habitantes. Getsemaní estuvo muy cerca de perder aquello que lo hacía único y, sin embargo, encontró la manera de defenderlo.

Quisiera que dentro de algunos años pudiéramos celebrar decisiones semejantes para Torices, para los barrios de las faldas de La Popa, para La Boquilla y para Barú. Sería una buena señal de que Cartagena aprendió a valorar a su gente con la misma convicción con la que protege sus murallas y sus monumentos.

Mientras tanto, el ejemplo de Getsemaní merece un aplauso sincero. No porque haya ganado una batalla definitiva, sino porque le recordó a Cartagena que el mayor patrimonio de una ciudad nunca son sus piedras. Siempre serán las personas que han hecho de cada barrio un lugar digno de ser llamado hogar.

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