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El profe Rembe se fue de rumba

Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com

Este 7 de julio de 2026 se fue el profesor Remberto Campo Torres.

La noticia llegó en una tarde que parecía destinada a la alegría, mientras muchos seguían el partido de la selección Colombia frente a Suiza. La felicidad de unos terminó cruzándose con la tristeza de quienes sabíamos que el profe llevaba tiempo librando una batalla difícil. Aunque conocíamos la gravedad de su enfermedad, nunca dejamos de esperar que se levantara para seguir ocupando su silla en las tertulias donde la música era el único tema capaz de derrotar al reloj.

Con la muerte del profe Rembe no desaparece solamente un amigo. También se marcha uno de esos hombres que convierten cualquier casa en un lugar de encuentro y cualquier conversación en una fiesta para la memoria. Hay personas que pasan por el mundo dejando fotografías, pero el profe dejó canciones. ¡Y vaya qué canciones!

Lo conocí en su casa materna, en el barrio La Esperanza, a donde me llevó el poeta Heriberto Martínez, su compañero de largas conversaciones y de incontables parrandas. Bastó aquella primera visita para descubrir que compartíamos una pasión que muy pronto terminó convirtiéndose en amistad: el amor por la música antillana.

Aunque decir que sólo le gustaba la música afroantillana sería quedarse muy corto. El profe era un enamorado de todas las expresiones musicales. Escuchaba salsa con el mismo entusiasmo con que disfrutaba un bolero, una ranchera, un merengue dominicano, un son cubano, un disco de jazz o una vieja grabación de música jibara. Para él no existían fronteras cuando una melodía tenía belleza.

Tampoco podía pasar frente a un libro de música sin detenerse. Los discos compactos parecían llamarlo desde los estantes. Los videos de conciertos terminaban tarde o temprano formando parte de su colección. No resistía el impulso de comprarlos. Vivía rodeado de esas pequeñas conquistas que iba reuniendo con paciencia y con una felicidad casi infantil.

Su casa terminó siendo un universo construido entre estanterías, equipos de sonido, libros y montañas de discos. Faltaban paredes para guardar tantas cosas, pero jamás faltó espacio para recibir a los amigos. Sus puertas permanecían abiertas para quien llegara con ganas de conversar, cocinar un sancocho, destapar unas cervezas, compartir un buen whisky o ponerse latoso sin contención.

Allí las horas dejaban de tener importancia. Bastaba poner el primer disco para que aparecieran las historias sobre un cantante, un arreglista, un percusionista o una grabación realizada décadas atrás. El profe poseía una memoria admirable y la compartía con una generosidad que nunca buscaba exhibirse, porque le brotaba naturalmente, como la lluvia de la Popa o la brisa de la Ciénaga de la Virgen.

Tenía, además, un viejo computador que parecía haber sido construido para desafiar el paso del tiempo. “¡Este es un mulo!”, decía risueño, pues en aquel aparato guardaba miles de canciones cuidadosamente clasificadas por géneros, autores e intérpretes. Era un inmenso archivo musical levantado con paciencia de coleccionista y con el cariño de quien sabe que el conocimiento crece cuando se comparte.

Uno podía pedirle un disco de cualquier género, y la respuesta siempre era la misma: una sonrisa seguida por la promesa de tenerlo listo muy pronto. Días después aparecía un CD perfectamente grabado, con carátula a todo color, lista de canciones, nombres de los compositores y un estuche impecable. Aquello era mucho más que una copia. Era un regalo hecho con dedicación.

Guardo de manera especial el recuerdo de unas vacaciones en las que reuní más de ciento veinte salsas románticas en una memoria USB. Fui a visitarlo y durante varios días vivimos rodeados de whisky, conversaciones interminables y canciones que parecían conocernos desde hacía muchos años.

Cada tema despertaba una anécdota, porque el profe recordaba fechas, músicos, estudios de grabación, cambios de orquesta, historias de giras y encuentros memorables. Después soltaba una carcajada contagiosa que terminaba celebrándolo todo. Era imposible aburrirse a su lado. Nunca lo vi rabioso ni hablando mal de nadie.

Lo acompañé en sus distintas residencias: Escallón Villa, Blas de Lezo, El Campestre y Los Caracoles. No importaba la dirección. Todas terminaban convirtiéndose en el mismo refugio donde la amistad encontraba siempre una mesa disponible y un equipo de sonido instalado para comenzar otra jornada imborrable.

A veces escogía cuidadosamente la programación. Otras veces nos entregaba el mando y nos permitía convertirnos durante un rato en disc jockey (¿o picoteros?) improvisados, mientras él disfrutaba viendo la felicidad de quienes descubrían una versión desconocida o volvían a escuchar una vieja favorita.

No faltaba a los encuentros de coleccionistas (dentro o fuera de Cartagena), donde participaba como concursante, jurado o simple asistente, siempre dispuesto a aprender algo nuevo y a compartir lo que sabía. Tampoco dejaba pasar una conferencia dedicada a la música o a la literatura, porque esas reuniones alimentaban su curiosidad permanente.

Muchas veces organizó encuentros culturales que reunían a investigadores, escritores y melómanos. En algunas ocasiones me invitó a compartir una charla; en otras, simplemente quería que estuviera allí para disfrutar juntos de una buena conversación. Ese gesto de convocar amigos hacía parte natural de su manera de vivir.

Resulta difícil encontrar un recuerdo suyo que no esté acompañado por una sonrisa, puesto que era inteligente, hospitalario, desprendido y profundamente leal. Su amistad nunca conoció el arribismo, el oportunismo, ni las conveniencias. Quería a la gente con una sencillez que hoy parece cada vez más escasa.

Me duele pensar que no alcanzó a cumplir uno de sus mayores anhelos: pensionarse para dedicarse enteramente a escuchar música, leer sin afanes, ver películas y compartir mucho más tiempo con quienes tanto apreciaba. Había hablado de ese futuro con la ilusión de un muchacho que todavía soñaba con descubrir nuevos discos y nuevos libros. Por eso queríamos que Dios le diera una nueva oportunidad, que lo levantara de esa cama de enfermo y le permitiera continuar regalando su risa contenida, pero sincera a quienes lo rodeamos en medio de tanto guaguancó y tanto timbal encendido. 

Ahora Heriberto, Eliécer, Rodrigo y yo sentimos que nos hemos quedado sin una de nuestras casas. Perdimos ese rincón donde las tardes terminaban convertidas en homenajes  a Tito Rodríguez, Pacheco, Eddie Palmieri, Benny Moré, Pio Leyva, Ismael Rivera, Cheo Feliciano, Rubén Blades, Louie Ramírez, Son Primero, Son 14 y tantos otros artistas cuyas vidas el profe conocía con una precisión admirable.

Cada canción que vuelva a sonar traerá su presencia. Bastará con escuchar una introducción de piano, un tumbao de bajo o un coro inolvidable para imaginarlo sonriendo, corrigiendo algún dato, recomendando otra versión o levantando un vaso para brindar por la música y por la amistad.

Hasta pronto, profe Rembe. Gracias por abrirnos siempre las puertas de su casa y las puertas de su generosidad. Gracias por enseñarnos que un buen disco sabe mejor cuando se comparte entre amigos. Que tenga un viaje sereno y que ojalá que la belleza que encuentre en el cielo, no le haga olvidar la belleza que dejó en la tierra, en forma de una montaña tapizada de esos árboles fuertes y copiosos que representan la verdadera amistad.

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