La reciente adaptación cinematográfica francesa, disponible en Prime Video, demuestra que es posible llevar al cine una novela monumental sin perder su esencia.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Hay libros que uno conoce de nombre durante muchos años. Los ve en las bibliotecas, en las vitrinas de las librerías o los escucha mencionar como grandes clásicos de la literatura, pero no siempre nace la curiosidad de leerlos. Eso me pasó durante mucho tiempo con “El conde de Montecristo”, la famosa novela de Alejandro Dumas.
La curiosidad por esta historia apareció cuando leí en la revista Cambio una sección en la que Gabriel García Márquez respondía preguntas de sus lectores sobre su obra y sobre su vida como literato. Allí recordó su experiencia con El conde de Montecristo cuando era un joven con deseos de convertirse en escritor. Comentaba que lo había impresionado la manera como Dumas logró transformar a un simple marinero en un hombre culto e inteligente.
La idea que más me llamó la atención fue esa transformación de Edmond Dantés. Un joven dedicado al mar, sin grandes conocimientos más allá de su oficio, termina convertido en un hombre capaz de moverse entre personas poderosas, hablar varios idiomas, conocer de historia, arte, matemáticas y geografía. Pero para lograrlo tuvo que pasar por una tragedia: ser encerrado injustamente en el castillo de If.
Allí conoce al abad Faria, un prisionero culto que se convierte en su maestro. Faria no solo le enseña conocimientos que cambiarán su vida, sino que también le revela la existencia de un enorme tesoro escondido en la isla de Montecristo. Cuando el maestro muere, Dantés aprovecha la oportunidad para escapar, toma la identidad del abad y comienza una nueva vida.
Después de encontrar el tesoro, Edmond Dantés regresa al mundo convertido en el misterioso conde de Montecristo. Ya no es el joven marinero que todos conocían. Ahora es un hombre rico, educado y poderoso que vuelve para enfrentarse a quienes lo traicionaron y le arrebataron los mejores años de su vida.
Con esa historia en mente llegué a la película francesa de 2024 (que hace parte del catálogo de Prime Video) dirigida por Matthieu Delaporte y Alexandre de La Patellière, una adaptación que tenía una tarea difícil: llevar al cine una novela enorme, llena de personajes, secretos y situaciones que en el libro ocupan cientos de páginas.
El actor Pierre Niney interpreta a Edmond Dantés y logra mostrar las dos caras del personaje. Por un lado, está el joven ingenuo que confía en quienes lo rodean; por otro, el hombre frío y calculador que vuelve después de años de sufrimiento convertido en el conde de Montecristo.
El resto del elenco también aporta fuerza a la historia. Bastien Bouillon interpreta a Fernand, Laurent Lafitte a Villefort y Anaïs Demoustier a Mercédès. Cada personaje representa una parte del pasado de Dantés: la traición, la ambición, el amor perdido y las consecuencias de las decisiones tomadas muchos años atrás.
Uno de los grandes aciertos de la película es que entiende que la historia no trata solamente de una venganza. Antes de encontrar el tesoro, Dantés encuentra algo más importante: el conocimiento. El abad Faria es quien realmente cambia su destino, porque le entrega las herramientas para convertirse en otra persona.
Por supuesto, una película no puede incluir todo lo que aparece en una novela tan extensa. Muchos personajes secundarios desaparecen, algunas historias se reducen y ciertos acontecimientos son modificados. Pero eso hace parte del reto de adaptar una obra literaria al cine.
El guion toma libertades con respecto al libro original. Hay situaciones inventadas o reorganizadas y algunos personajes tienen funciones diferentes a las que cumplen en la novela. Sin embargo, la película conserva la esencia de la historia: un hombre injustamente castigado que vuelve del pasado para enfrentar a quienes destruyeron su vida.
Uno de los elementos más interesantes es la manera como Dantés utiliza diferentes identidades para acercarse a sus enemigos. En la novela esto está desarrollado con mucho más detalle, pero la película logra transmitir la idea de que Edmond Dantés ya no existe para quienes lo conocieron. Él vuelve convertido en alguien que nadie puede reconocer.
El personaje de Halifax cumple precisamente esa función. No es una persona independiente, sino otra de las máscaras que utiliza Dantés para moverse en un mundo de nobles, políticos y hombres poderosos. Cada identidad le permite acercarse un poco más a quienes quiere enfrentar.
También resulta interesante la figura de Villefort, el hombre que en el pasado utilizó su posición para enviar a Dantés a prisión, pero que ahora se encuentra perseguido por sus propios secretos. La película muestra muy bien esa ironía: quien manejó la justicia para destruir a otro termina temiendo que esa misma justicia se vuelva contra él.
La relación con Mercédès conserva uno de los aspectos más dolorosos de la historia. Ella representa la vida que Dantés perdió. Aunque el conde consiga riqueza y poder, hay cosas que ni todo el oro del mundo puede devolverle.
La película también modifica algunas tramas del libro, como sucede con Haydée y los secretos familiares de Villefort. Algunos lectores pueden extrañar ciertos pasajes, pero esas decisiones ayudan a que la historia avance con mayor rapidez para el espectador.
Visualmente, la película consigue crear una atmósfera atractiva. Los paisajes, los vestuarios y los escenarios ayudan a mostrar el contraste entre la oscuridad de la prisión y el lujo del mundo al que Dantés regresa convertido en un hombre poderoso.
Desde luego, una buena adaptación no tiene que copiar cada página de un libro, pues está más que claro que su misión es conservar el espíritu de la obra y encontrar una nueva forma de contarla. En ese sentido, esta versión de El conde de Montecristo logra acercar nuevamente al público una historia que sigue teniendo fuerza después de casi dos siglos.
Ver la película después de conocer la novela permite disfrutar mejor sus aciertos y entender también sus limitaciones. El libro tiene más espacio para explicar los pensamientos de los personajes y desarrollar sus secretos, mientras el cine apuesta por las imágenes, las emociones y los momentos más importantes.
Al final, lo que permanece de El conde de Montecristo no es solamente la historia de una venganza. Es la historia de un hombre que pierde todo, aprende, cambia y debe preguntarse si el deseo de hacer justicia no terminó convirtiéndose también en una carga. En esta parte se me ocurrió que a lo mejor García Márquez tomó ese mensaje y lo trasladó a su novela “Cien años de soledad”, exactamente en el pasaje donde Úrsula le dice al coronel Aureliano Buendía: “(…) odias tanto a los conservadores que te estás volviendo como ellos (…)”. La película El conde de Montecristo, de 2024, con sus diferencias frente a la novela de Alejandro Dumas, consigue algo importante: despertar nuevamente el interés por una obra extraordinaria; y quizá ese sea su mayor logro, recordarnos que detrás del conde de Montecristo no hay solamente un hombre rico que busca castigar a sus enemigos, sino un ser humano que tuvo que pasar por el dolor para descubrir en qué persona quería convertirse.