Ese mito romanticón según el cual “el escritor es el ser más solitario del mundo”, suena bonito, pero no es del todo cierto. Una serie de voces, antiguas y nuevas, acompañan cada creación, aunque no se vean a simple vista.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Con todo el respeto que se merece el escritor español Jordi Sierra i Fabra, quiero mostrarme en desacuerdo con lo que dijo durante una entrevista para la televisión internacional: “La literatura es un trabajo absolutamente solitario”.
La frase me devolvió a una idea que me ronda desde hace pocos años, porque desde entonces he escuchado variaciones de la misma sentencia: el escritor frente a la hoja en blanco, encerrado con sus fantasmas, condenado a resolver por sí mismo el misterio de las palabras.
Esa, siempre me ha parecido una imagen demasiado romántica para ser completamente cierta. Bonita, sí es. Literaria, también. Pero cuando uno lleva varios años tratando de escribir (y, además, ha trabajado como periodista) termina descubriendo que la realidad monda y lironda es bastante distinta.
Es cierto que cuando un escritor se sienta a escribir, nadie puede sentarse por él. Nadie puede encontrarle la palabra que está buscando, decidir qué personaje debe desaparecer, escoger el adjetivo que sobra o descubrir la frase que le falta a un párrafo. Eso significa que, al final, el texto tiene que salir de sus manos y él tendrá que responder por lo que puso allí. Si bastara con leer muchos libros, conversar con mucha gente y recoger información para ser escritor, las bibliotecas estarían llenas de escritores y las redacciones de los periódicos producirían literatura en serie.
Pero antes de sentarse frente al computador, ese escritor ya viene acompañado por medio mundo. Ha leído periódicos, libros y revistas. Ha visto televisión. Ha escuchado una conversación en un bus, en una tienda o en la puerta de una casa. Ha hablado con amigos que saben mucho y con amigos que saben poco, pero que a veces dicen una frase que le prende una bombilla en la cabeza. Ha preguntado, ha dudado, ha recordado. Tal vez alguien le contó una historia hace veinte años y él no sabía que aquella historia iba a terminar convertida en un párrafo.
Por su parte, si algo aprende un periodista es que para escribir sobre algo hay que salir a buscarlo, pero también que hay que dejarse encontrar por las cosas. Un redactor de opinión puede pasar buena parte de la mañana leyendo periódicos, viendo las noticias y conversando con sus amigos. Uno le cuenta algo que ocurrió en el barrio. Otro le contradice. Un tercero le dice una barbaridad que le sirve para entender mejor el asunto; y después viene el balance: aquello que leyó, aquello que escuchó, aquello que recuerda y aquello que piensa. Entonces se sienta a escribir.
¿Estaba solo? Físicamente, sí. Intelectualmente, ni de vainas; y eso ha sido así desde mucho antes de que se descubriera el internet. Los escritores de otras épocas no tenían Google ni redes sociales, pero tenían libros, enciclopedias, periódicos, cartas, tertulias y una fuente de información que ningún buscador ha podido reemplazar: la gente. La oralidad callejera ha sido una biblioteca ambulante desde que el mundo es mundo.
Por eso me causa cierta gracia la imagen del escritor encerrado ante la hoja en blanco, enfrentándose él solito al universo. Esa escena puede servir para una película sobre escritores atormentados, pero sospecho que muchos libros nacieron más cerca de una conversación que de una iluminación divina; y lo cierto es que la compañía no termina cuando el escritor pone el punto final.
Aquí comienza otra etapa sumamente necesaria: buscar a alguien que lea lo escrito; y digo “necesaria”, porque, hasta el momento, no he conocido a ningún escritor serio que pueda confiar ciegamente en su propio manuscrito. Debe buscar un editor, un colega, un amigo lector o alguien que sencillamente tenga buen criterio. A veces conviene que lo lea un especialista. Otras veces resulta más útil el lector común, ese que no sabe explicar qué es una estructura narrativa, pero te dice: “Aquí me aburrí” o “No entendí por qué este personaje hizo eso”. Esa observación puede valer más que un tratado de teoría literaria.
El escritor conoce demasiado bien lo que quiso decir. El lector conoce únicamente lo que consiguió entender; y ahí pueden empezar los dolores de cabeza. Uno publica un texto creyendo que ha revisado todo, que ha consultado lo necesario, que ha dejado cada dato en su sitio, pero pasa el tiempo y un buen día llega alguien y dice: “Te equivocaste en tal parte. El dato correcto es este. Yo tengo el libro donde aparece. O lo recuerdo porque lo viví. Me hubieras preguntado antes de publicar”.
Eso arde. Y arde más cuando uno descubre que tenía al alcance de la mano a la persona que podía haberle evitado el error, y ya no hay borrador que corregir ni párrafo que mover. La equivocación quedó impresa y salió a caminar por el mundo con el nombre de uno encima; y esa es una de las cosas que cada vez me convencen menos de la idea del escritor completamente solo.
Franz Kafka tenía a una de sus amantes y a su amigo y editor Max Brod. Gabriel García Márquez varias veces contó que periódicamente se reunía con su familia para revisar historias o confirmar datos que podrían servir para un nuevo libro. Los dos constituyen apenas un par de ejemplos, pero ha habido más escritores que han tenido lectores cercanos, amigos, editores, confidentes, maestros y personas capaces de decirles: “Por ahí no es…”.
Después de todo, el escritor no inventó el idioma en el que escribe. Tampoco inventó las historias que escuchó de niño, ni las ciudades que recorrió, ni los libros que leyó, ni las conversaciones que se le quedaron pegadas a la memoria. Hasta sus obsesiones tienen antecedentes. Luego viene su trabajo, que no es pequeño: ordenar todo aquello, descartar, imaginar, relacionar, verificar y convertirlo en un texto que tenga una voz propia. Ahí sí tiene que arreglárselas con sus palabras.
Pero cuando se sienta frente al computador, no está realmente solo. Tiene detrás a todos los que le enseñaron algo, a los que le contaron una historia, a los que lo contradijeron, a los que le prestaron un libro, a los que le hicieron una pregunta y a los que alguna vez le dijeron una frase que no olvidó; y delante tiene al lector.
Después de todo, a lo mejor la literatura comienza mucho antes de que el escritor se siente a escribir y termina bastante después de que entrega el manuscrito. La hoja puede estar en blanco; pero el autor, nunca.