A finales de la década de los 60. Piero irrumpió con fuerza en la escena musical de Cartagena, donde se vivía una intensa agitación cultural y los estudiantes abrazaban los movimientos de contracultura, tejiendo un vínculo crítico entre la situación política colombiana y una nueva conciencia social.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
La noticia de la muerte de Piero me devolvió a 1969, cuando yo tenía cuatro años y mi papá me llevaba al Jardín Infantil Nacional, detrás de la Universidad de Cartagena, en el segundo piso de la esquina donde se encuentran las calles Estanco del tabaco y La estrella. Salíamos de la casa de mi abuelo, en la calle del Camposanto, barrio San Diego. Bajábamos por la calle Santo Toribio, tomábamos la calle del Sargento Mayor y, al pasar por una tienda de la esquina, nos encontrábamos con la voz de Piero. Después, seguíamos por la calle del Cuartel y doblábamos hasta encontrar el preescolar.
Recuerdo las canciones envueltas en una voz melancólica: “Y todos los días”, “Llegando, llegaste”, “Mi viejo” y “Los americanos”, pero nunca supe por qué ponían tanto a Piero en aquella tienda. Tal vez el dueño era su admirador, tal vez las canciones estaban de moda o quizá los estudiantes de la Universidad de Cartagena, que por entonces tenían una presencia notable en las calles del Centro Histórico, ayudaban a mantenerlas en circulación. Aquella era una Cartagena de muchachos universitarios, de quienes oí decir que protagonizaban travesuras “revolucionarias”, armaban alborotos y convertían el cordón amurallado en escenario de discusiones políticas.
No se me olvida que en casa de mi abuelo había un disco de 45 revoluciones por minuto con dos canciones de Piero: “Mi viejo” y “Si vos te vas”; y en cuyo marbete el crédito decía, entre paréntesis, “Piero-José”, por lo cual mi hermana creía que el cantante se llamaba Piero José. Mucho después supe que el tal “José” era José Tcherkaski, el poeta y periodista argentino con quien Piero formó una sociedad artística.
Mi papá, sin embargo, tenía sus reservas con las baladas. En aquella época se decía que era música para mujeres y para maricas; y que los cantantes baladistas eran homosexuales, prejuicios que mi papá compartía, aunque le gustaba la música de Piero. Supongo que, a lo mejor, le atraían las letras, porque, entre otras cosas, siempre fue un crítico acérrimo de la política cartagenera y colombiana en general, actitud que, tarde que temprano, lo condujo al sindicalismo. Por mi parte, y a pesar de mi corta edad, intuía que la música de Piero era distinta, sobre todo cuando usaba términos que no eran comunes en el imaginario musical de ese tiempo. Por ejemplo: “…los diarios publicaban porquerías todos los días…”
Cuando crecí, el repertorio de Piero fue cediendo espacio a otros géneros que surgían en Cartagena o llegaban de afuera. Las baladas de los años sesenta quedaron asociadas a una época que también recuerdo por las canciones que escuchaba en La Voz de las Antillas, de Todelar. Pero en los años ochenta volví a encontrarme con Piero en las reuniones de la Juventud Comunista (JUCO). Allí su música se mezclaba con la de Pablo Milanés, Silvio Rodríguez, Alberto Cortés, Mercedes Sosa y, muy de vez en cuando, Máximo Jiménez, todos clasificados como “música rebelde”; y, muy despectivamente, como “música de guerrilleros”, tal vez porque se insistía mucho en “Los americanos” y en “Las cosas que pasan”, temas que encajaban muy bien en las conversaciones políticas de aquellos jóvenes que decían querer cambiar el país y el mundo.
En contraposición, mis padres andaban preocupados por mis amistades, porque Colombia vivía una época de persecución y exterminio contra sectores de izquierda, y ellos temían que mi cercanía con la gente de la JUCO terminara costándome la vida. Pero no sospechaban que mis incursiones con esa colectividad obedecían más a la recocha, a mi gusto por la música, la cerveza, la charla intelectualoide y el infaltable sancocho para cerrar la tarde. En fin, tal como ahora, en ese entonces no tenía ni idea de lo que era la política; y mucho menos el izquierdismo.
Por esos mismos años vi por televisión el regreso de Mercedes Sosa a Argentina, después de su exilio. En uno de aquellos conciertos, mientras cantaba “Soy pan, soy paz, soy más”, Piero subió al escenario y tomó el micrófono para cantar: “Hay que sacarlo todo fuera, como dice la Negra”. Fue entonces cuando alguien me explicó que la canción era de Piero, y que a Mercedes, en Argentina, la apodaban “La Negra”. ¿La Negra? —me dije—. Acá en Cartagena le hubieran puesto “La India”.
Pero cierto es que “Soy pan, soy paz, soy más” ya me gustaba en la voz de Mercedes, aunque saber que la había compuesto Piero me produjo una alegría particular. La canción reunía dos voces que yo admiraba y que, por caminos distintos, habían terminado formando parte de mi nostalgia musical.
A mediados de los 80 a casa de mi abuelo alguien llevó el long play “El regalao”, publicado en 1985 por CBS, del cual me gustó mucho la canción “Milonga de lo peor”. Y, a finales de los años noventa, cuando ya trabajaba como periodista de farándula, me llamaron para que entrevistara a Piero en el Hotel Caribe. Llegamos y nos hicieron esperar en una cabaña de la parte de atrás del hotel. Yo estaba nervioso. Me imaginaba que el artista podría presentarse rodeado de escoltas y acompañantes, pero de pronto lo vi venir solo, con unos tenis blancos, un jean y un suéter corriente. No había séquito ni ceremonia. Allí estaba, como cualquier hijo de vecino, el cantautor que yo había escuchado desde los cuatro años.
Finalizada la entrevista, le conté que había descubierto su música en casa de mi abuelo, que recordaba aquel disco de 45 revoluciones por minuto y que lo escuchaba camino al jardín infantil en una tienda de San Diego. Le dije que todo aquello había ocurrido en 1969, cuando yo tenía cuatro años. Él, a su vez, me contó que por esa época andaba escondiéndose en distintos lugares de Argentina, porque ya había advertido que su música no le caía muy bien a cierta gente. También hablamos de su idea de hacer “música de propuesta” en vez de “música de protesta”. No recuerdo todos los detalles de aquella explicación, pero la expresión se me quedó grabada, pues en lugar de limitarse a denunciar lo que estaba mal, el artista quería que sus canciones plantearan ideas y posibilidades para la vida colectiva.
En esa ocasión el trovador contó, muerto de la risa, cómo nació “Mi viejo”. Según su relato, cuando su padre terminó de escuchar la canción, aún inédita, le soltó la siguiente respuesta: “La que camina lento es la puta que te parió”. Todavía me río al recordar la anécdota, porque uno piensa en la solemnidad con que se recibe una canción dedicada a los padres y resulta que el primer comentario del viejo de Piero fue una carajada de campeonato. Es decir, la historia familiar de una canción puede ser bastante menos sentimental que la canción misma.
La noticia de su muerte me impactó muchísimo, tanto como si se me hubiera muerto un primo o un amigazo de esos irrepetibles, porque no solo he pensado en el cantante que grabó “Mi viejo”, “Los americanos”, “Llegando, llegaste”, “Tomamos un café”, “Si vos te vas”, “Tengo la piel cansada de la tarde”, “De vez en cuando viene bien dormir”, “Pedro Nadie”, “Fumamos un cigarrillo”, “Juan Boliche” y “Las cosas que pasan”, entre otras. También he vuelto a ver a mi papá llevándome al jardín infantil, he recordado la tienda de la calle del Sargento Mayor, los discos de CBS de mi abuelo, las reuniones de la JUCO y aquella tarde en que conocí a una de las voces más entrañables de la Latinoamérica profunda.
Pero —¡qué vaina!— se me olvidó preguntarle por “Milonga de lo peor”.