La concesión de este galardón a la autora chilena ha generado tanta polémica en las redes sociales que hasta resucitaron a Roberto Bolaño para retomar la mala opinión que tenía sobre su colega y coterránea.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Me llama poderosamente la atención la polémica que se ha armado, en redes sociales, en torno al otorgamiento del Premio Planeta a la escritora chilena Isabel Allende, discusión que hasta ha servido para desempolvar las declaraciones del finado escritor Roberto Bolaño sobre la autora de marras.
El también chileno Bolaño tenía una opinión bastante desfavorable de su colega; y ahora, tantos años después, sus palabras vuelven a circular, convertidas en munición para quienes consideran que Allende no merece el reconocimiento que ha conseguido.
Bolaño, indiscutiblemente, era un escritor formidable, lo cual no significa necesariamente que tuviera la razón en todo lo que decía. Los escritores también se equivocan, tienen prejuicios, antipatías y preferencias que no siempre resisten un examen. Sus opiniones merecen ser consideradas, pero no constituyen sentencias que debamos acatar por el prestigio de quien las pronunció.
De Isabel Allende me gustó “La casa de los espíritus”. También disfruté su novela “Paula”. En cambio, algunos de sus libros de cuentos me han parecido bastante flojos; y no tengo ningún inconveniente en decirlo. Tampoco necesito descalificar toda su obra para explicar por qué ciertos relatos no me convencieron. Cada libro tiene que defenderse por sus propios méritos.
Lo que me llama la atención es el resquemor que despiertan sus ventas, su popularidad y la frecuencia con que publica. Parece que producir muchos libros fuera una sospecha; y venderlos por millones, una circunstancia que agravara el delito.
El escritor norteamericano Stephen King conoce bien esa situación. Ha construido una obra extensa y ha conseguido lectores en numerosos países. Sin embargo, su productividad se utiliza a veces para poner en duda su calidad literaria. Hay quienes parecen pensar que un escritor que publica todos los años obligatoriamente tiene que escribir peor que otro que se toma una década para entregar una novela.
¿De dónde salió esa idea? Tal vez del romanticismo que rodea al oficio de escribir, según el cual una obra importante debe costar años de sufrimiento, dudas y correcciones. Desde esa perspectiva, la demora se convierte en una garantía de excelencia; y la facilidad para escribir, en motivo de desconfianza.
Pero la literatura no funciona con esa precisión. Un escritor mediocre puede pasarse diez años escribiendo una novela mediocre. Otro puede terminar una excelente en doce meses. También hay autores que necesitan mucho tiempo para resolver una historia y otros que trabajan con tanta disciplina que pueden publicar regularmente sin sacrificar la calidad.
El calendario editorial no sirve para calificar una novela. Claro está, la abundancia puede traer sus riesgos: un escritor que publica mucho puede repetirse, descuidar algunos libros o confiar demasiado en fórmulas que ya le dieron resultado. Stephen King e Isabel Allende, como cualquier autor de una obra extensa, tienen libros que interesan más que otros. Pero esa circunstancia debe establecerse leyendo, no contando títulos ni examinando las cifras de ventas.
Detrás de ciertas descalificaciones sospecho que puede haber envidia. No me atrevo a afirmar que sea la explicación de todas las críticas, porque también existen lectores y críticos que tienen reparos legítimos frente a la escritura de Allende o King. No obstante, cuesta ignorar que el éxito ajeno puede despertar resquemores, especialmente en un oficio donde tantos aspiran al reconocimiento y tan pocos consiguen llegar a millones de personas.
Tampoco creo que la explicación principal, en el caso de Allende, sea su condición de mujer. Si así fuera, habría que examinar por qué otras escritoras no reciben el mismo tratamiento. Pienso, por ejemplo, en la barranquillera Marvel Moreno, cuya trayectoria y circunstancias editoriales fueron muy diferentes. Su caso no permite descartar el sexismo en el mundo literario, pero sí invita a buscar otras explicaciones para las reacciones que despierta Allende.
También se reprocha a la escritora chilena que su literatura sea comercial; y aquí me pregunto: ¿qué cosa no es comercial hoy? Las editoriales publican libros para venderlos, los libreros necesitan compradores y los escritores desean encontrar lectores. Hasta las obras más experimentales participan en un mercado, aunque su público sea reducido.
Desde luego, hay autores que escriben atendiendo principalmente a las expectativas de los compradores. Otros desarrollan una obra personal que termina encontrando un público enorme. Entre ambos extremos hay muchas posibilidades. Pero las ventas no permiten saber, por sí solas, qué clase de escritor tenemos delante.
Vender millones de ejemplares no convierte automáticamente una novela en una obra maestra. Pero tampoco la convierte en una porquería. La popularidad habla de la capacidad de una obra para interesar a un público numeroso; sus cualidades literarias exigen otra clase de examen.
El Premio Planeta, por su parte, puede ser objeto de discusión por sus criterios, sus intereses editoriales y su relación con el negocio del libro. Para eso están los argumentos y el análisis de las obras. La concesión de un premio no obliga a nadie a admirar a su ganador, pero tampoco justifica que se descalifique de antemano todo lo que ha escrito.
A mí no me interesa defender a Isabel Allende a toda costa. Ya dije que hay libros suyos que me gustan y otros que no. Lo que me parece discutible es que su éxito se utilice para sospechar de su talento, que su productividad se convierta en una prueba contra ella y que las palabras de Bolaño se invoquen para cerrar una discusión que debería empezar por la lectura. Porque si algo he aprendido leyendo es que los escritores no tienen la obligación de gustarnos siempre. Ni siquiera los que admiramos; y tampoco necesitamos que un escritor consagrado nos diga qué debemos pensar de otro.
Isabel Allende tiene millones de lectores. Algunos la consideran una gran escritora; otros encuentran su literatura elemental, repetitiva o excesivamente sentimental. Cada cual tendrá sus razones. Yo puedo leer “La casa de los espíritus”, disfrutarla, leer después un libro de cuentos suyo y preguntarme qué le encontré de bueno a aquello. No hay ninguna contradicción.
Lo que no entiendo es esa necesidad de convertir el éxito de un escritor en una acusación. Si vende mucho, sospechamos. Si publica mucho, desconfiamos. Si recibe un premio, buscamos declaraciones antiguas que nos permitan recordar que alguien importante tampoco lo consideraba digno de reconocimiento.
Al final, el libro sigue ahí, esperando al lector; y a mí me sigue pareciendo que la mejor manera de saber qué tan bueno es, consiste en abrirlo y leerlo.