𝐋𝐚 𝐫𝐞𝐧𝐨𝐯𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐥 𝐫𝐞𝐥𝐨𝐣 𝐟𝐥𝐨𝐫𝐚𝐥 𝐞𝐧 𝐏𝐢𝐞 𝐝𝐞𝐥 𝐂𝐞𝐫𝐫𝐨 𝐝𝐞𝐯𝐮𝐞𝐥𝐯𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐢𝐦𝐚𝐠𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐜𝐫𝐞𝐢́𝐚𝐧 𝐩𝐞𝐫𝐝𝐢𝐝𝐚: 𝐥𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚𝐠𝐞𝐧𝐚 𝐜𝐚𝐩𝐚𝐳 𝐝𝐞 𝐞𝐦𝐛𝐞𝐥𝐥𝐞𝐜𝐞𝐫𝐬𝐞 𝐲 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐧𝐜𝐢𝐥𝐢𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐬𝐮𝐬 𝐞𝐬𝐩𝐚𝐜𝐢𝐨𝐬 𝐩𝐮́𝐛𝐥𝐢𝐜𝐨𝐬. 𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐬𝐮𝐫𝐠𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐩𝐫𝐞𝐠𝐮𝐧𝐭𝐚: ¿𝐪𝐮𝐢𝐞́𝐧 𝐜𝐮𝐢𝐝𝐚𝐫𝐚́ 𝐞𝐬𝐚 𝐛𝐞𝐥𝐥𝐞𝐳𝐚 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐩𝐚𝐬𝐞 𝐥𝐚 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐢𝐧𝐚𝐮𝐠𝐮𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
La belleza recién restaurada del Reloj Floral, en el barrio Pie del Cerro, despierta una emoción inmediata: orgullo urbano, sorpresa estética y la sensación de que la ciudad todavía puede cuidarse a sí misma. La intervención demuestra que, cuando hay voluntad institucional, los espacios públicos pueden recuperar dignidad y presencia.
Sin embargo, junto a la admiración aparece una pregunta inevitable: ¿qué ocurrirá dentro de seis meses, dentro de un año, dentro de una década? Pregunto, porque Cartagena tiene una larga historia de obras que brillan al inaugurarse y luego empiezan a apagarse sin que nadie note el momento exacto en que comenzó el desgaste.
No se trata de cuestionar la construcción de nuevos proyectos, pues las ciudades necesitan renovación constante, inversión y espacios que reactiven la vida comunitaria. El problema surge cuando el impulso por inaugurar no viene acompañado de una estrategia clara para sostener lo que ya existe.
El mantenimiento suele parecer un asunto menor frente al entusiasmo de las obras nuevas, pero en realidad es el verdadero termómetro de la visión urbana. Construir es un acto visible; y cuidar es una tarea sostenida que exige disciplina administrativa y compromiso social.
En Cartagena, el deterioro de parques, plazas, monumentos y escenarios deportivos no es un accidente aislado. Responde a una práctica arraigada: la planificación se concentra en el momento inaugural y rara vez se proyecta hacia el largo plazo con la misma energía.
Cada administración llega con la tentación de marcar distancia frente a lo que encontró. Y, al respecto, recuerdo que una vez escuché a un alcalde diciendo que no continuaría una obra que había dejado el mandatario anterior, “porque después van a decir que soy segundón y que no tengo nada propio que mostrar”. El resultado de ese ego mal manejado y revuelto con ignorancia, es una ciudad fragmentada en etapas que no dialogan entre sí y donde los proyectos parecen tener fecha de caducidad implícita.
Esa falta de continuidad no sólo afecta la estética urbana, también erosiona la confianza ciudadana. Cuando las personas perciben que las obras se abandonan con facilidad, disminuye el sentido de pertenencia, a la vez que la idea de cuidar lo público pierde fuerza.
El Reloj Floral renovado simboliza algo más que un embellecimiento puntual. Representa la posibilidad de recuperar espacios que conectan memoria y presente, y que ofrecen a los habitantes una referencia emocional dentro del paisaje urbano.
No obstante, la historia reciente enseña que la belleza sin seguimiento se convierte en recuerdo fugaz. El paso del tiempo, el clima, el uso cotidiano y la presión social exigen intervenciones periódicas que no pueden improvisarse.
Una política de mantenimiento implica presupuesto asignado desde el inicio, cronogramas definidos y responsabilidades claras entre dependencias. No basta con restaurar, hay que garantizar que la restauración sea sostenible.
Las zonas populares han vivido con mayor intensidad las consecuencias del abandono progresivo. Allí, el deterioro temprano transmite la sensación de que las mejoras llegan tarde y se van rápido, reforzando brechas urbanas que ya existen.
El cuidado comunitario también juega un papel esencial. No como sustituto del Estado sino como complemento activo que fortalece la vigilancia social y el sentido colectivo de pertenencia.
Cuando un grupo de vecinos se apropia amorosamente de un parque o de un monumento, cambia la relación con el espacio. Deja de ser un objeto distante para convertirse en parte del tejido cotidiano.
Aun así, la organización comunitaria no surge por decreto. Necesita estímulos, canales de participación y señales claras de que el esfuerzo ciudadano tendrá continuidad institucional.
El mantenimiento no suele ofrecer fotografías llamativas ni discursos celebratorios. Su valor reside en la constancia, en la repetición de pequeñas acciones que evitan el deterioro acumulado.
La ciudad que se cuida a sí misma no es la que inaugura más obras sino la que logra que esas obras sigan vivas años después. Esa diferencia marca la distancia entre una gestión episódica y una visión urbana madura.
El Reloj Floral puede convertirse en un símbolo de otra manera de gobernar el espacio público: una en la que cada intervención sea parte de una cadena que atraviese administraciones y generaciones.
Pensar en mantenimiento es pensar en continuidad. Es aceptar que la ciudad no pertenece a un periodo de gobierno sino a una historia compartida que avanza sin pausas.
También implica reconocer que el desgaste no es enemigo inevitable. Muchas veces es el resultado de decisiones administrativas que priorizan lo inmediato sobre lo duradero.
Tal vez el mayor desafío para Cartagena no sea construir más sino aprender a cuidar mejor. Allí, en esa tarea silenciosa y persistente, se define la verdadera relación entre la ciudad, sus gobernantes y quienes la habitan cada día.