𝐋𝐚 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐞𝐧𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐫𝐨 𝐞𝐧 𝐂𝐚𝐫𝐭𝐚𝐠𝐞𝐧𝐚 𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐞𝐫𝐭𝐞 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐩𝐮𝐞𝐫𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐝𝐚 𝐚 𝐥𝐚 𝐭𝐫𝐚𝐲𝐞𝐜𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐡𝐨𝐦𝐛𝐫𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐚𝐦𝐢𝐧𝐨́ 𝐣𝐮𝐧𝐭𝐨 𝐚 𝐥𝐨𝐬 𝐠𝐫𝐚𝐧𝐝𝐞𝐬 𝐥𝐢́𝐝𝐞𝐫𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐦𝐨𝐯𝐢𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐩𝐨𝐫 𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐫𝐞𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐜𝐢𝐯𝐢𝐥𝐞𝐬 𝐲 𝐥𝐮𝐞𝐠𝐨 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐧𝐭𝐨́ 𝐭𝐫𝐚𝐧𝐬𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐩𝐨𝐥𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐚 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐚𝐝𝐞𝐧𝐭𝐫𝐨.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Lo vi en Cartagena, sentado en una mesa larga del Centro de Convenciones, rodeado de líderes afrodescendientes de varios países. Hablaba en inglés y un traductor seguía cada frase mientras el público escuchaba con atención. No era una aparición distante, pues cuando terminó el panel caminó entre la gente con naturalidad, estrechó manos, escuchó historias y más tarde lo llevaron al Castillo San Felipe, donde se dejó fotografiar como un visitante más.
Su presencia tenía algo ceremonial y algo cotidiano a la vez. Vestía como un pastor acostumbrado a los micrófonos, pero miraba como quien todavía busca el pulso real de las comunidades. No parecía una leyenda intocable sino un viajero que llevaba consigo décadas de experiencias y batallas públicas.
Cartagena le ofrecía un escenario cargado de memoria afrocaribeña. Las murallas, las plazas y las voces del encuentro latinoamericano creaban un diálogo entre la historia colonial y las discusiones contemporáneas sobre identidad y participación política. Allí, entre discursos formales y conversaciones espontáneas, su figura funcionaba como puente entre generaciones.
Antes de esos viajes y foros internacionales había sido un joven predicador que caminaba al lado del pastor Martin Luther King Jr., aprendiendo a convertir la fe en acción social. En las marchas por los derechos civiles adquirió un estilo que mezclaba oratoria religiosa y estrategia política.
Dentro de la Southern Christian Leadership Conference se formó como organizador, negociador y vocero. No era sólo un acompañante sino que también se convirtió en uno de los rostros visibles de una lucha que buscaba transformar leyes y mentalidades en un país marcado por la segregación racial.
La muerte de King en 1968 dejó a muchos líderes frente a un vacío enorme. Jackson decidió continuar el trabajo desde su propia visión, ampliando el alcance hacia temas económicos y electorales. Su voz se volvió más fuerte en escenarios nacionales donde reclamaba igualdad de oportunidades.
Durante los años siguientes fundó organizaciones que buscaban integrar comunidades diversas bajo una idea amplia de justicia social. La Rainbow PUSH Coalition se convirtió en su plataforma para articular demandas laborales, educativas y políticas.
También asumió roles inesperados como mediador internacional, viajando a países en conflicto y dialogando con gobiernos y movimientos sociales. Esa faceta lo presentó como un líder capaz de cruzar fronteras y construir conversaciones donde otros veían callejones sin salida.
En 1984 decidió aspirar a la presidencia de Estados Unidos dentro del Partido Demócrata. Para muchos fue una apuesta audaz que rompía barreras simbólicas. Su campaña reunió a sectores marginados y puso temas raciales en el centro del debate político.
Cuatro años después regresó con una candidatura más sólida. Logró victorias importantes en varios estados y demostró que un candidato afroamericano podía competir seriamente en la arena nacional. No ganó la nominación, pero dejó una huella que transformó el panorama político.
Sus campañas recibieron críticas por su tono combativo y por la complejidad de sus alianzas. Algunos lo veían como un idealista; otros como un estratega que entendía las reglas del poder. Esa mezcla alimentó su reputación de figura polémica y necesaria.
Con el paso del tiempo se convirtió en un referente para nuevas generaciones que crecieron con otra visión de la política racial. El país había cambiado y surgían líderes que buscaban ampliar el discurso hacia una narrativa más inclusiva.
En ese contexto apareció Barack Obama, un senador joven que hablaba de unidad nacional y que evitaba definirse únicamente desde la identidad racial. Su estilo contrastaba con el de quienes habían protagonizado las marchas de los años sesenta.
Las diferencias entre ambos no tardaron en hacerse visibles. Jackson consideraba que algunos discursos de Obama eran demasiado moderados frente a las desigualdades persistentes. Obama, por su parte, buscaba conectar con votantes de todos los sectores sin quedar encasillado.
Hubo un momento apretado cuando un comentario crítico de Jackson fue captado por un micrófono abierto y se volvió noticia. Aquello reveló tensiones reales entre dos formas distintas de entender la lucha política afroamericana.
La noche de las elecciones de 2008 reunió esas historias en un solo escenario. En Chicago, miles de personas esperaban el discurso de victoria mientras las cámaras recorrían rostros emocionados entre la multitud.
En medio de la transmisión apareció Jackson con el rostro lleno de lágrimas. No estaba solo en esa emoción. Otros ancianos afroamericanos lloraban también, como si cada lágrima trajera el recuerdo de líderes que habían marchado, resistido y luchado sin alcanzar a ver aquel día. Era un llanto compartido que parecía convocar la memoria de ausentes.
Muchos observadores sintieron que allí estaban presentes las sombras de quienes abrieron caminos y quedaron en el trayecto. La emoción no pertenecía únicamente al presente; era un diálogo silencioso con el pasado.
Yo también me estremecí ante ese llanto colectivo. Había algo profundo en la manera en que esas lágrimas transformaban una victoria electoral en una experiencia cargada de historia y memoria viva.
Durante la visita de Jackson a Cartagena, el entonces director de la Escuela de Gobierno del Distrito, Bernardo Romero Parra, allá en el Castillo San Felipe se emocionó al tener de cerca al reverendo, no sólo por lo que significaba como personaje de talla mundial sino también porque se le pareció a cualquiera de los señores veteranos de barrios como Santa María, 7 de Agosto o San Francisco. Aunque no
Cuando recuerdo esta anécdota, entiendo mejor aquella la imagen televisiva de Jackson llorando. El líder que saludaba sin prisa era el mismo que cargaba una historia colectiva demasiado grande para expresarla con palabras.
Tal vez por eso la escena quedó grabada en mi memoria y en la de tantos. No fue sólo la victoria de un candidato ni la emoción de un momento político, fue el gesto de un testigo del tiempo, un pastor convertido en figura pública que, por un instante, dejó que la emoción hablara por él.
Vaya con Dios, reverendo.