Una tarde de los días finales de diciembre de 2025 me tope en el centro comercial Mall Plaza, de Cartagena, a tres adultos mayores sentados en una jardinera del lugar, quienes sostenían una reflexiva conversación.
Interesado por el diálogo de los veteranos, me senté muy cerca de ellos, con el fin de oír su conversada. Hablaban de las nuevas formas de comunicación de los seres humanos, las comparaban con algo salvaje y sin humanidad. Las calificaban de irreverentes y bajo el reino de la mentira.
Luego recorrieron las problemáticas del mundo, el país y la ciudad con un juicio de gente que sabe de lo que habla. De pronto, uno de ellos dijo: “vamos a entrar a tomar algo”. Se fueron por los pasillos. Esta vez se mamaban gallo sobre el tema de la jubilación. Los tres, pese a ser jubilados, no se resignaban a esa condición, que les parecía un proceso de muerte lenta…
Los seguí a una distancia prudencial. Los vi sentarse en una de las cafeterías del centro comercial. Pidieron jugos naturales. Como todo un detective privado, me senté en una mesa contigua, luego de comprar una botella de agua.
Nuevamente, los viejos retomaron su sabía conversación. Controvertían, pero al final llegaban a consenso, cosa que me pareció de gran valía, porque, normalmente, uno ve en los debates que cada uno defiende su postura y cree que la suya es la verdad absoluta.
Ver a esos veteranos en un diálogo respetuoso es inusual. Quizás por eso escuché sus conjeturas con mi máxima atención. Por último, uno de ellos dijo: “Tenemos que hacer algo…”. Se levantaron de sus sillas y caminaron sin pronunciar palabra alguna. Otro de ellos dijo, en la puerta del centro comercial, a los dos restantes antes de despedirse: “Mañana nos volvemos a encontrar. Cada uno debe traer su propuesta”. Pero nunca señalaron cuál sería el sitio de esa nueva cita…