Subscríbete a nuestro canal de Whatsapp

El valor inmerso de la sabiduría ancestral

Juan Carlos Urango, jurangos68@gmail.com

A raíz de la designación de Aida Quilcué como fórmula vicepresidencial de Iván Cepeda Castro, se alborotó el clasismo, la aporofobia y el racismo de mucha gente en las redes sociales. Guerrillera, terrorista, vividores del Estado, son algunos de los calificativos que le endilgan. Pero, en los últimos días, se alude reiteradamente a su formación académica incompleta, en comparación con la formación doctoral de otros candidatos. Algunos amigos, cuyas carencias cognitivas conozco, y de cuyo origen afro o indígena estoy enterado, son los más virulentos. Aquí mi explicación.

La sabiduría no siempre se mide en diplomas colgados en una pared. Hay conocimientos que nacen de la tierra, de la memoria colectiva y de la experiencia vivida durante generaciones. Cuando una mujer indígena que ha dedicado su vida a la defensa de su pueblo es llamada “ignorante” por no haber pasado por la educación formal, se revela más bien una profunda incomprensión de lo que significan los saberes. La vida misma ha sido su escuela; y su comunidad, su libro abierto.

Durante siglos, los pueblos indígenas han conservado saberes que no caben fácilmente en los moldes de la academia. Saben leer la naturaleza, interpretar el equilibrio entre el ser humano y su entorno, comprender la justicia como armonía comunitaria y no solo como norma escrita. Esa sabiduría, transmitida por la palabra y el ejemplo, ha permitido que culturas enteras sobrevivan a la conquista, al desplazamiento y al olvido. Allí hay un conocimiento profundo que ninguna ausencia de título puede borrar.

La educación académica puede ser valiosa, pero no garantiza ni la sensibilidad social ni la ética pública. La historia latinoamericana (y en Colombia esto está ampliamente ilustrado) está llena de dirigentes con múltiples títulos que gobernaron con indiferencia o corrupción. En cambio, muchas de las voces más dignas de nuestros pueblos han surgido de líderes comunitarios y sociales, de campesinos y campesinas cuya autoridad nace del servicio, del respeto de su gente y de una vida coherente con lo que defienden.

Reconocer la sabiduría ancestral es también reconocer que existen múltiples caminos para comprender el mundo y ejercer liderazgo. La política necesita escuchar más a quienes conocen el dolor de su pueblo desde dentro, a quienes han caminado veredas, mingas y resistencias, y no solo a quienes han pasado por aulas universitarias. La legitimidad moral no se gradúa, sIno que se construye con años de compromiso y de lucha.

Por eso, cuando una mujer indígena, como Aída, llega a los espacios más altos de la política, no debería verse como una carencia académica, sino como una ampliación de la democracia. Es la voz de memorias largas y urgida de voces, de conocimientos que nacen de la tierra y de una dignidad que no depende de diplomas. En un país diverso, la verdadera inteligencia colectiva consiste precisamente en reconocer que la sabiduría tiene muchos rostros y formas de manifestarse.

Subscríbete a nuestro canal de Telegram

Deja un comentario

Aquí resolvemos sus inquietudes
Scroll to Top

Iniciar sesión