𝐇𝐮𝐛𝐨 𝐮𝐧 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨 𝐞𝐧 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐭𝐢𝐧𝐨 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐟𝐚𝐦𝐢𝐥𝐢𝐚 𝐜𝐚𝐛𝐢́𝐚 𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐮𝐧 𝐦𝐢𝐬𝐦𝐨 𝐭𝐞𝐜𝐡𝐨 𝐲 𝐭𝐞𝐧𝐢́𝐚 𝐯𝐨𝐳 𝐝𝐞 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫. 𝐄𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐠𝐫𝐚𝐧𝐝𝐞𝐬 𝐜𝐚𝐬𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐂𝐚𝐫𝐢𝐛𝐞, 𝐥𝐚 𝐦𝐚𝐭𝐫𝐨𝐧𝐚 𝐧𝐨 𝐬𝐨́𝐥𝐨 𝐚𝐝𝐦𝐢𝐧𝐢𝐬𝐭𝐫𝐚𝐛𝐚 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐬𝐚: 𝐨𝐫𝐠𝐚𝐧𝐢𝐳𝐚𝐛𝐚 𝐚𝐟𝐞𝐜𝐭𝐨𝐬, 𝐢𝐦𝐩𝐨𝐧𝐢́𝐚 𝐥𝐢́𝐦𝐢𝐭𝐞𝐬 𝐲 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐝𝐢́𝐚 𝐞𝐥 𝐫𝐮𝐦𝐛𝐨 𝐝𝐞 𝐯𝐚𝐫𝐢𝐚𝐬 𝐠𝐞𝐧𝐞𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Yo presencié de cerca el auge de las matronas. No hablo de personajes de ficción sino de mujeres concretas que daban forma al mundo doméstico con una mezcla de firmeza y previsión. Por ejemplo: en la casa de mi abuelo paterno, la mayor de sus hermanas era el centro de la gran casona. Mi abuelo y ella eran hermanos, pero actuaban como un matrimonio tácito: él consultaba y ella decidía. Nada importante se resolvía sin su concepto. Aunque todos trabajaban y llevaban dinero al hogar, la última palabra la tenía ella. No necesitaba imponerse. Bastaba su dictamen para que el asunto quedara zanjado.
Aquella casa era amplia, ventilada y llena de voces que se cruzaban en el patio y en el comedor. Pero la circulación de todas esas voces terminaba en un mismo punto. La tía matrona conocía las cuentas, los secretos, las rivalidades y los afectos; y su voz se imponía por todos los rincones desde que amanecía hasta que anochecía. Sabía quién podía ceder y quién debía ser contenido. Su autoridad no estaba escrita en ningún reglamento, pero era asumida por todos. Se le respetaba y también se le temía.
Mucho después entendí que esa figura no era excepcional. La literatura del Caribe y de América Latina la había retratado con precisión:
En “Cien años de soledad”, de Gabriel García Márquez, Úrsula Iguarán mantiene en pie la estirpe mientras los hombres se dispersan entre guerras y delirios.
En “La mala hierba”, de Juan Gossaín, Genoveva de Miranda gobierna una casa levantada sobre la bonanza marimbera.
En “Como agua para chocolate”, de Laura Esquivel, Mamá Elena sostiene la tradición a fuerza de mandato.
En “Celia se pudre”, de Héctor Rojas Herazo, la matrona y la casa se deterioran juntas, como si el cuerpo fuera el último muro que queda en pie.
En “La casa grande”, de Álvaro Cepeda Samudio, la autoridad doméstica intenta sostener un orden que la historia empuja hacia la fractura.
Y en “Pedro Páramo”, de Juan Rulfo, Damiana Cisneros custodia la memoria cuando todo lo demás se ha desvanecido.
Mi mamá fue otra matrona, pero distinta y expansiva. No se conformaba con ordenar la vida de sus hijos sino que también extendía su influencia hacia hermanos, sobrinos y hasta vecinos. Su idea de solidaridad consistía en hacerse cargo de lo que otros no podían o no sabían hacer. Por eso, nuestra casa siempre estuvo llena de parientes en tránsito, de muchachos a los que quería orientar y de familiares que encontraban techo y dirección bajo su supervisión. Ayudar, para ella, era asumir la conducción.
En ambas casas —la de mi abuelo y la mía— el respeto estaba concentrado, pero también el temor. El miedo, como una sombra subrepticia, reinaba inexorable. Pero no era un miedo escandaloso, era la conciencia de que había consecuencias. Desobedecer implicaba perder respaldo, confianza o cercanía. Es decir, el orden tenía guardianas.
Ese mundo se sostuvo mientras existieron las condiciones que lo hacían posible: familias numerosas, casas espaciosas, economías que permitían reunir bajo un mismo techo a varias generaciones. La casona no era sólo arquitectura, también era un sistema. El comedor funcionaba como sala de deliberación y el patio como territorio compartido.
Pero los ciclos económicos cambiaron. Las bonanzas se agotaron. El suelo urbano se encareció. Las viviendas se redujeron a apartamentos donde apenas caben padres e hijos. Las parejas comenzaron a separarse con mayor frecuencia y los descendientes a tener menos hijos. El clan dejó de ser proyecto viable. Al respecto, alguna vez el filósofo cartagenero Enrique Muñoz Vélez me dijo que los apartamentos pequeños se estaban construyendo para que no cupieran los abuelos.
De pronto exageraba, pero su apreciación tenía cierto sentido: al reducirse su radio acción, los abuelos se constituían en una especie de escuela primigenia en la que los nietos recibían las primeras instrucciones sobre la vida, la historia familiar y la historia comunitaria. Luego, equipados con todo ese conocimiento, los descendientes salían a recibir las teorías de la calle, de la academia y las dinámicas prácticas para saber moverse en el mundo. Reducido el espacio de los abuelos —y con ambos padres trabajando— la tecnología, representada en pantallas móviles y fijas, entra a reemplazar la relatoría ancestral.
Con ese giro, la matrona perdió terreno. Ya no hay una sola voz que concentre decisiones ni una casa que absorba a sobrinos y allegados. Cada núcleo organiza su propio espacio, negocia sus acuerdos y vive en metros contados. El respeto circula de manera más horizontal y el miedo dejó de ser herramienta doméstica. Es decir, los jóvenes de ahora escuchan a sus mayores, pero también opinan, contradicen, argumentan, cuestionan, no tragan entero y puede que acojan recomendaciones, pero finalmente toman sus propias decisiones.
La literatura caribeña registró con claridad esa transformación. Muchas de esas casas terminan en ruina o convertidas en recuerdo. No es un capricho estético: responde a una experiencia histórica marcada por auges breves y caídas abruptas. Cuando cambia la base económica, el edificio simbólico también se resiente.
Hoy, en mi familia, ya no existen esas figuras ni esos grandes caserones apretados de gentes. Los matrimonios son más frágiles, los hijos menos numerosos y los apartamentos más estrechos. No hay patio donde se congreguen tres generaciones ni voz única que administre destinos. El clan se disolvió en pequeñas unidades autónomas. Se dejó de creer que el matrimonio debía ser eterno y que la única función femenina era echarse la casa al hombro, mientras los hombres se cagaban en todo.
A veces pienso en aquellas mujeres que gobernaron nuestras casas, y advierto que representaban una forma de organizar el mundo que ya no tiene soporte material. Su extinción no fue repentina, más bien fue el resultado de transformaciones silenciosas en la economía, en la vivienda y en la idea misma de autoridad.
Las casonas quedaron atrás. Las matronas también. Y creo que aquí cabe lo que me hizo ver otro amigo, pero este literato consumado: el ambiente en el que se desarrollan las novelas de grandes casonas y matronas autoritarias es un Caribe que se viene derrumbando y que las mujeres intentan remendar a brazo partido, pero finalmente termina en cenizas. Lo que permanece es la memoria de ese reinado doméstico, de la capacidad que tenían las féminas para mantener unido un universo entero bajo un mismo techo.