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Los cien años de Tite Curet

Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com

Tuve el gusto de conocer al compositor puertorriqueño Catalino Tite Curet Alonso en marzo de 1996, durante la jornada académica del XV Festival de Música del Caribe, que se realizó en la Casa del Marqués de Valdehoyos, Centro Histórico.

Pero, a pesar de que la nómina de compositores era bastante interesante, Tite Curet fue el más asediado por periodistas, investigadores y coleccionistas de discos de salsa. El primer día, después de terminada su intervención, concedió una entrevista al entonces estudiante de Periodismo, Nicolás Contreras Hernández, a la cual nos pegamos los demás, de manera que el autor de “Anacaona” quedó casi que ahogado por un ramillete de brazos sosteniendo grabadoras y disparando preguntas desde todas partes.

Sin embargo, se le notaba tranquilo, sereno e imperturbable respondiendo inmediatamente cada interrogante, como si adivinara lo que le iban a preguntar, como si estuviera acostumbrado a escuchar las mismas inquietudes en todas partes. Después, se levantó lentamente, se puso su sombre, se agarró del brazo de su esposa y se esfumó por el pasillo principal de la casona.

La leyenda de la desaparición de Tite en Cartagena tiene dos vertientes a saber: según la primera, el poeta Heriberto Martínez Britton se lo llevó para la Plaza de la Trinidad, a beber ron tres esquinas escuchando samba y bossa nova; mientras que la segunda asegura que se le apareció el espíritu de su amigo Ismael Rivera, quien se lo llevó para Chambacú a tomarse unas cervezas con tortuga guisada y el picó de Juancho Cuadro, sólo para que ratificara que el Caribe es un solo barrio que arranca desde Nueva York y termina en Brasil.

Ahora me tomó por sorpresa saber que en este 2026 está cumpliendo cien años de nacido. Por lo tanto, quiero rendirle un merecido e insuficiente homenaje a su trabajo lírico y musical, aportes que lo erigen como uno de los artistas más grandes que dio Latinoamérica en el siglo XX.

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Tite Curet Alonso nació con una sensibilidad que parecía escuchar el latido profundo del Caribe antes de convertirlo en canción. Su obra se alzó desde la vida diaria, desde el lenguaje del barrio y la memoria colectiva, y encontró una forma única de unir poesía y ritmo sin separar jamás lo popular de lo refinado.

Desde muy temprano comprendió que la música caribeña era un territorio inmenso donde cabían la historia, el amor, la identidad y la reflexión social. Su escritura no pretendía adornar la salsa. Mucho mejor: la alimentaba desde adentro, convirtiéndola en una expresión más rica y compleja sin alejarla de la pista de baile.

Quien recorre su repertorio descubre que cada canción es un fragmento de humanidad, pues Tite miraba a las personas con atención contemplativa y las convertía en versos que parecían hablados por todos. Esa capacidad de transformar experiencias comunes en arte perdurable lo convirtió en figura central del cancionero latinoamericano.

Su catálogo supera las dos mil composiciones, una cifra que habla no sólo de productividad sino también de una curiosidad permanente por explorar sonidos y emociones. No repetía fórmulas, porque buscaba nuevas formas de decir y sentir dentro de estructuras que el público ya adoraba.

Amaba toda clase de música y escuchaba con devoción distintos géneros del continente, pero sentía una afinidad especial por la música brasileña. De allí absorbió matices armónicos, sensibilidad melódica y una relación fluida entre ritmo y poesía que enriqueció su estilo sin borrar sus raíces caribeñas.

La riqueza melódico-rítmica de su obra nace precisamente de ese diálogo musical amplio. Tite entendía que la tradición no es un espacio cerrado sino un río que se nutre de muchas corrientes. Su oído estaba abierto a la diversidad sonora, y eso se percibe en la variedad emocional de sus canciones.

“Las caras lindas” permanece como una celebración del rostro afrocaribeño y de la dignidad cultural. Es una pieza donde la belleza se convierte en afirmación colectiva, cantada con una ternura que atraviesa generaciones y continúa emocionando.

“Periódico de ayer” revela su talento para construir metáforas memorables. El amor tratado como noticia vieja adquiere una fuerza poética que logra describir el desgaste sentimental sin recurrir a clichés.

“Guguancó del adiós” muestra su conexión con la tradición afroantillana y con la cadencia del cuerpo que baila mientras recuerda. Allí se siente la unión entre raíz folclórica y sensibilidad contemporánea.

“La cura” presenta el juego entre ironía y reflexión, una mezcla que caracteriza buena parte de su obra. Tite sabía que la música popular también puede contener humor y profundidad al mismo tiempo.

“La bomba de la Verdegué” retrata uno de sus recuerdos de infancia, cuando las buenas familias temían que sus hijos participaran en las parrandas de una plantación de caña, donde se rumoraba que había licor, mujeres de perdición y tambores, pero también folclor naciente y vibrante. “Mi mamá no quiere que yo vaya a la Verdegué”, tarareaba Rafael Cepeda retratando las frustraciones hormonales de los adolescentes de esos tiempos.

“Plantación adentro” se alza como una mirada hacia la memoria histórica afrocaribeña, pero especialmente el sufrimiento del indígena frente al látigo del explotador. Evoca la experiencia de la plantación con fuerza emocional, conectando pasado y presente a través de imágenes potentes.

“Juanito Alimaña” presenta un personaje complejo que refleja la vida callejera sin idealizarla. Tite no impone juicios, pero deja que la canción exponga las contradicciones humanas con naturalidad.

“Los entierros”, una crónica social donde Tite derrocha su observación de periodista y concluye que los velorios de los pobres puede que tengan ornamentos artificiales, pero las lágrimas y el sentimiento son verdaderos.

“Pa’ que afinquen” es la respuesta que Tite redactó para que su amigo Cheo Feliciano, después de escapar del infierno, les planteara a quienes afirmaban que ya estaba acabado e inutilizado para la música.

“Isadora”, “Concepción” y “Salomé” honran, respectivamente, a una bailarina de talla universal, a una madre que levanta la vista al cielo diciendo que hay niños que mantener y a una fémina que tanto amó, pero que ahora vieron por ahí, pobrecita, llorando como sombra de una vida.

“Anacaona” y “Caonabo” rescatan figuras históricas indígenas, integrando la herencia antillana en el repertorio salsero. Tite miraba la historia como parte viva del presente cultural. Eso le permitía, de vez en cuando, lucirse como cantante respaldado por arreglos orquestales de máxima calidad.

“Armonioso cantar” y “Agüita de ajonjolí” revelan su conexión con la tradición musical afrocaribeña, demostrando cómo podía combinar referencias antiguas con arreglos contemporáneos que mantenían la frescura.

“De todas maneras rosas” y “La tirana” muestran otra faceta: la capacidad de expresar relaciones intensas desde una perspectiva madura, donde el amor aparece lleno de contradicciones y verdades difíciles para quien escucha con atención.

El secreto de su estilo radica en la naturalidad con que las palabras se deslizan sobre la música. Sus letras parecen simples a primera vista, pero al escucharlas varias veces revelan profundidad emocional y precisión expresiva.

Tite convirtió la salsa en un espacio donde la poesía se vuelve accesible. Sus canciones invitan a cantar y a pensar al mismo tiempo, creando una experiencia que conecta el cuerpo con la sensibilidad interior.

A cien años de su nacimiento, su obra sigue creciendo en cada interpretación y en cada oyente que descubre nuevas resonancias. Su legado permanece vivo, porque habla desde la esencia humana, desde el Caribe real que late entre tambores, voces y recuerdos compartidos.

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