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Me contaron entre los muertos…

Rodrigo Ramírez Pérez, rorro@rinconguapo.com

A mediados de los años 90, en el corregimiento de Flamenco, jurisdicción del municipio de María La Baja, norte del departamento de Bolívar, Colombia, un avión de la empresa aérea Intercontinental cayó en la ciénaga de Flamenco con el lamentable saldo de 52 muertos y una niña de nueve años como la única sobreviviente.

El siniestro se presentó la noche del 11 de enero de 1995. Las fallas del aeroplano, a muy pocos kilómetros de su destino final, quizás, motivaron a los pilotos a hacer una maniobra de aterrizar emergentemente en el cuerpo cenagoso, sin contar con los terraplenes que rodeaban la ciénaga, lo que les impidió una verdadera hazaña aeronáutica de salvamento, porque, lamentablemente, el plan heroico terminó en tragedia.

Un terraplén impactado por el avión lo partió en dos, generándose uno de los hechos trágicos de mayor relevancia en Flamenco. Por muchos días, esa población de pescadores y agricultores de arroz era la tendencia noticiosa en Colombia y parte del mundo. La tragedia escribió páginas para la historia.

Para la época, yo era corresponsal en Cartagena y Bolívar del diario capitalino El Espectador. También me desempeñaba como reportero televisivo del noticiero AMPM, de orden nacional, por el Canal A.

Esa noche del 11 de enero de 1995, al llegar a casa, mi compañera, y madre de mis hijos mayores, me servía la cena. Mientras la televisión transmitía un partido de fútbol —del que ahora no preciso cuáles equipos contendían—, de repente, la emisión en vivo fue interrumpida con un boletín extra de última hora del noticiero televisivo CM&. El corresponsal en Cartagena, Germán Danilo Hernández, apareció en pantalla: “Mucha atención, hace pocos minutos un avión procedente de Bogotá, con destino Cartagena, se accidentó en el corregimiento de Flamenco, jurisdicción del municipio de Marialabaja… Seguiremos ampliando este lamentable hecho en nuestra emisión principal de la nueve y treinta de la noche”.

Miré la cara de mi compañera y le dije, “esta noche no duermo aquí”. Como en efecto fue. A los pocos minutos salí de casa rumbo al lugar del siniestro. En el camino nos topamos con la ambulancia que transportaba a la niña sobreviviente, Erica Delgado, quien hoy debe ser una mujer de 39 años. El pasado 11 de enero, el siniestro aéreo cumplió 30 años.

El reportero gráfico que me acompañaba, Libardo Cano, alcanzó a tomar fotos del vehículo de emergencia que transportaba a la niña a Cartagena. Ese registro gráfico al final no sirvió de nada para las notas periodísticas que escribí del lamentable suceso. En otros relatos quedo comprometido a contar más historias de esta tragedia, que quizás hoy tengan elementos narrativos más allá del registro de un hecho.

Llegamos al sitio hasta donde podían arribar automotores. Dos o tres kilómetros nos tocó caminarlos entre los terraplenes sobre la ciénaga de Flamenco, gracias a la luz de bengala que helicópteros de la Armada habían lanzado en la zona, para que los equipos de rescates y todas las personas que transitaban al lugar pudieran desplazarse seguros por el cuerpo de agua donde se había presentado el siniestro aéreo.

Al llegar al lugar preciso del accidente, había una zona acordonada a la que solo podían acceder el equipo de rescates y miembros de la fuerza pública. En otro punto estábamos los primeros periodistas que habíamos llegado y muchos curiosos nativos de Flamenco, quienes nos advertían que estuviéramos pendientes de las serpientes, pues en el sitio se contaban a millares.

Sobre un terraplén se podían apreciar unas 15 víctimas ya embaladas en bolsas negras. Un poco más adelante se veían los restos del avión partido en dos partes: la delantera y la trasera con una distancia de 20 metros aproximadamente.

Los colegas, todos con nuestros equipos de fotógrafos, camarógrafos y auxiliares de sonido para las cadenas de radio, estábamos reunidos en un punto donde compartíamos información y charlábamos. Podían ser las tres de la madrugada, y sólo nos quedaba esperar el amanecer para ejercer, con la luz del día, nuestro trabajo informativo.

De pronto, el cansancio del día me atrapó y le perdí el miedo a las serpientes. Por ello coloqué mi morral de almohada y pude dormir una o dos horas. Al despertar, ya se veía la aurora y pude observar una bolsa negra que estaba a mi derecha. Me asusté. Luego volteé la cara a la izquierda y había otra bolsa negra con los restos mortales de víctimas del siniestro.

Al levantarme despavorido, mis colegas y demás se rieron hasta más no poder. Esa vez estuve en el inventario de muertos, con la diferencia de que aún no me habían embalado.

Del pavor pasé a las risotadas que, desde hacía mucho rato, me tenían como motivo humorístico de mis colegas, quienes tomaron fotos que nunca conocí, pues creo que jamás pensaron en revelarlas. Por suerte, para la época no existía la fotografía digital ni nada de estas redes sociales que todo lo ridiculizan viral y tendenciosamente. Claro, con tremenda tragedia, no hubo espacio para mamar gallo. 

La cara de terror de Fernando…

Una tarde cualquiera, en los bajos de la Palacio de la Aduana, conversaba con un grupo de amigos. De pronto vi que Fernando venía, con cara de terror, hacia donde yo estaba. Le solté una sonrisa y le estiré la mano para saludarlo, pero él no se atrevió a darme su mano. Estaba pálido. Y le pregunté:

—¿Qué tienes, Fernando?—

No podía hablar. Por un momento, pensé que iba a desmayar. Cuando se animó, con palabras entrecortadas,  me preguntó:

—¿Tú eres Ramiro?

—No —le respondí—.  Ramiro murió hace casi un año.

—Es que tu mamá me dijo que tú te habías muerto —me informó—

—No —corregí—. Quien murió fue Ramiro. Yo soy Rodrigo.

Fernando tragó saliva por unos 45 segundos sin decir nada, y fue cuando me extendió la mano para saludarme. Poco a poco salió de su asombro y nos quedamos en una plácida conversación del muerto vivo que le salió en la Plaza de la Aduana, a plena luz de las tres de la tarde, en medio de un calor insoportable que pudimos paliar con un par de raspados (bebida saborizada de hielo molido) y reímos hasta ver rodar lagrimas por nuestras mejillas.

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