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Para conocer de verdad a Feliza

Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com

La lectura de “Los nombres de Feliza” me produjo una doble revelación. Por un lado, la confirmación de que Feliza Bursztyn fue una de las artistas más audaces y singulares que dio Colombia en el siglo XX. Por otro, el descubrimiento de una escritura que no conocía de primera mano: la de Juan Gabriel Vásquez, a quien hasta ahora sólo había oído mencionar de manera insistente.

En los corrillos literarios se dice que este libro es una biografía novelada. Yo prefiero pensar que se trata de otra cosa: un reportaje literario de largo aliento, profundamente humano, construido con rigor, paciencia y una notable contención emocional. No hay aquí afán de deslumbrar ni de imponer una tesis sino un deseo genuino de entender una vida.

Hasta donde sé, este es el primer libro que se ocupa de Feliza con la amplitud que merece. Su nombre aparece con frecuencia en textos breves, catálogos, semblanzas o recuerdos dispersos, casi siempre asociados a episodios puntuales de su vida social o artística, y muy especialmente a su muerte en París en 1982.

Ese final, ocurrido mientras almorzaba con su esposo y varios amigos (entre ellos Gabriel García Márquez y Mercedes Barcha), ha terminado por convertirse en una escena que eclipsa el resto de su trayectoria. El libro de Vásquez, en cambio, se empeña en devolverle a Feliza el espesor de una vida completa.

Lo que más me llamó la atención es la manera como el autor se aproxima a su personaje. No la idealiza ni la reduce a un emblema. La muestra contradictoria, vital, apasionada, capaz de la ternura y del arrebato, del afecto profundo y de la confrontación directa.

Feliza aparece aquí como una mujer de espíritu libre, poco dispuesta a aceptar moldes y profundamente comprometida con su trabajo. Su entrega al arte no fue decorativa ni ocasional; fue una decisión que atravesó toda su existencia y que tuvo consecuencias personales, familiares y políticas.

El libro confirma algo que ya se intuía: su primer matrimonio fue un choque frontal entre dos visiones del mundo. De un lado, las expectativas de una vida doméstica y ordenada; del otro, una vocación artística que no admitía postergaciones. La ruptura fue dolorosa, pero también determinante.

La maternidad no es presentada como una nota al margen. Vásquez la integra con cuidado, mostrando a una Feliza que amó a sus hijas y que, al mismo tiempo, se negó a desaparecer detrás de ese rol. Esa tensión recorre silenciosamente muchas de las páginas más logradas del libro.

La relación con Jorge Gaitán Durán ocupa un lugar central, no sólo por el vínculo amoroso sino también por la complicidad intelectual. A su alrededor se movía una generación que pensaba el arte y la cultura como espacios de riesgo, discusión y libertad.

Tras la muerte de Gaitán Durán, la vida de Feliza entra en una etapa distinta. El matrimonio con Pablo Leyva aparece como una alianza basada en el respeto, el apoyo y el interés compartido por la creación. No como tutela sino como acompañamiento.

Uno de los grandes aciertos del libro es la lectura que hace de su obra escultórica. Las piezas de hierro, los materiales industriales, el ruido, el movimiento, no son descritos como excentricidades sino como decisiones estéticas conscientes, cargadas de sentido y de desafío.

Feliza entendió muy pronto que el arte no tenía por qué ser amable ni silencioso. Sus esculturas interpelan al espectador desde lo físico, desde lo desafiante, desde lo que no se puede ignorar. El libro ayuda a mirar esas obras con mayor atención y menos prejuicio.

El entorno cultural que la rodeó también está muy bien retratado. Aparecen Santiago García, Marta Traba, Alejandro Obregón, Álvaro Cepeda y Fanny Mickey, no como nombres ilustres sino como parte de una red afectiva e intelectual que sostuvo muchos de sus proyectos.

Me resultó especialmente revelador el episodio del accidente en Cali, donde estuvo a punto de perder la vida. No es un simple dato biográfico sino otro recordatorio de la intensidad con la que Feliza vivía y se exponía al mundo.

El exilio forzado marca uno de los momentos más duros del relato. La Colombia del Estatuto de Seguridad aparece como un país que no supo —o no quiso— proteger a muchos de sus creadores. Feliza fue una de las víctimas de ese clima de sospecha y persecución.

París no se presenta como una postal resplandeciente. Es un espacio complejo, ambivalente, donde conviven el reconocimiento y la nostalgia, la libertad y el desarraigo. Esa ambigüedad atraviesa las páginas finales del libro con una tristeza contenida.

La muerte de Feliza es narrada sin énfasis innecesario. Vásquez evita el golpe fácil y prefiere integrarla a un proceso vital más amplio, marcado por el cansancio, la distancia y una melancolía que nunca se vuelve retórica.

En cuanto a Juan Gabriel Vásquez, debo decir que esta es la primera vez que lo leo, y la experiencia ha sido reveladora. Su prosa es clara, precisa, sobria y muy bien trabajada. No necesita comparaciones ni genealogías forzadas para sostenerse por sí misma.

Este libro demuestra que se puede escribir con profundidad sin grandilocuencia, y que la investigación rigurosa no está reñida con la emoción. Hay oficio, pero también una evidente implicación personal del autor.

“Los nombres de Feliza” invita a volver sobre su obra, a recorrer Bogotá con otros ojos, a detenerse frente a esas esculturas que siguen ahí, dialogando con la ciudad y con el tiempo.

Cerrar el libro deja una sensación doble: la tristeza por una vida interrumpida demasiado pronto y la gratitud por haber conocido, al fin, a una artista cuya historia merecía ser contada con esta atención y este cuidado.

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