𝐄𝐫𝐚 𝐞𝐥 𝐩𝐨𝐥𝐞𝐦𝐢𝐬𝐭𝐚 𝐭𝐞𝐦𝐢𝐛𝐥𝐞, 𝐞𝐥 𝐞𝐬𝐭𝐢𝐥𝐢𝐬𝐭𝐚 𝐝𝐞𝐥 𝐚𝐠𝐫𝐚𝐯𝐢𝐨 𝐞𝐥𝐞𝐠𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐲 𝐞𝐥 𝐚𝐮𝐭𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐫𝐭𝐢𝐨́ 𝐥𝐚 𝐢𝐧𝐬𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐞𝐧 𝐡𝐞𝐫𝐫𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚 𝐥𝐢𝐭𝐞𝐫𝐚𝐫𝐢𝐚. 𝐍𝐨 𝐬𝐞 𝐭𝐫𝐚𝐭𝐚 𝐬𝐨́𝐥𝐨 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐫𝐝𝐚𝐫 𝐚𝐥 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐣𝐞 𝐞𝐬𝐜𝐚𝐧𝐝𝐚𝐥𝐨𝐬𝐨, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐝𝐞 𝐯𝐨𝐥𝐯𝐞𝐫 𝐚 𝐮𝐧 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐚𝐫𝐜𝐨́ 𝐚 𝐠𝐞𝐧𝐞𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐫𝐚𝐬.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Volví a encontrar a José María Vargas Vila en una librería de viejos, entre anaqueles polvorientos y ediciones desahuciadas por lectores distraídos. No fue un hallazgo cualquiera: era el mismo tomo que admiré en la adolescencia y que presté con generosidad imprudente hasta perderlo. Recuperarlo tuvo algo de ajuste de cuentas con mi propia memoria.
A mediados de los años ochenta, el Círculo de Lectores ofrecía dos colecciones que parecían destinadas a formar carácter: “Joyas de la música colombiana” y “Joyas de la literatura colombiana”. Entre aquellos volúmenes, uno estaba dedicado al escritor bogotano José María Vargas Vila. Era un homenaje editorial que hoy resultaría improbable.
El tomo reunía cuatro títulos que, al menos para mí, justificaban la empresa: “Aura o las violetas”, “Emma”, “Lo irreparable” y “Flor de fango”. No todos los libros de Vargas Vila resisten el paso del tiempo, pero esos cuatro conservan un vigor particular, una mezcla de sentimentalismo y ataque frontal que todavía sorprende.
“Flor de fango” la conocí primero en la televisión. Recuerdo a los actores Judy Henríquez y a Luis Fernando Ardila en una producción de la programadora R.T.I., que para la época parecía ambiciosa; y de verdad que lo era. Aquella versión me dejó la curiosidad encendida. El libro vino después a completar la experiencia.
Antes de leerlo, yo ya sabía de Vargas Vila por las anécdotas. No por los textos sino por el retrato de un hombre insolente, feroz con sus adversarios y decidido a escandalizar. Las historias circulaban con el tono de leyenda urbana, mitad admiración y mitad condena.
He aquí algunas de las anécdotas que se le atribuyen, pero que, al parecer, nadie puede confirmar con precisión:
Primera: Cuentan que su madre había quedado viuda y jurado que nunca más tendría relaciones amorosas con ningún hombre. Vargas Vila se disfrazó, la enamoró y, cuando estuvo a punto de llevarla a la cama, se quitó el disfraz. La madre gritó: “¡Hijo!. Y el respondió: “¡Puta!”.
Segunda: un amigo le comunicó que el papa lo había excomulgado, a lo que Vargas Vila recogió una piedra, la lanzó lo más lejos que pudo y le preguntó al amigo: “¿Esa piedra llegó a Roma?”. El amigo respondió: “No”. Y dijo Vargas Vila: “Esa excomunión no ha llegado a mí”.
Tercera: Vargas Vila, radicado en Londres, puso, en la puerta de la casa donde vivía, este aviso: “Se enseña a hablar inglés puro”.
Cuarta: Vargas Vila no se gustaba con un intelectual de la época, al que cualquier día encontró en la calle, exactamente en una acera estrecha. El enemigo, para no cederle el paso dijo: “Yo no cedo el paso a imbéciles”. Y Vargas Vila respondió: “Yo sí”. Y se apartó dejando al adversario burlado ante todos.
Estas presuntas fábulas crueles hacen pensar si en realidad fueron fabricadas para reforzar la imagen provocadora del autor, su actitud frente al poder eclesiástico, su burla dirigida tanto a los británicos como a los criollos acomplejados, que veneraban todo acento extranjero; o las réplicas ingeniosas y quirúrgicas que usaba para interpelar a sus contrincantes.
Cuando por fin lo leí, descubrí algo distinto a las anécdotas: un estilo que convertía el insulto en pieza literaria. No era el agravio tosco sino una construcción elegante que elevaba la descalificación a categoría estética.
Su irreverencia respondía a un entorno preciso. En la Colombia de finales del siglo XIX y comienzos del XX, el dominio clerical, el fanatismo partidista y la veneración por los apellidos de abolengo imponían un clima de sumisión, ante lo cual Vargas Vila eligió la confrontación.
Se declaraba ateo, misógino y panfletario. A los curas los llamaba mercaderes de la fe y no dudaba en señalar sus vicios más oscuros; a los políticos solemnes los desnudaba en sus discursos ampulosos; y a la élite social la ridiculizaba con frases punzantes y corrosivas.
Paradójicamente, esa postura atrajo sobre todo a los jóvenes. Muchos encontraron en sus libros una invitación a cuestionar el orden establecido. Su prosa no era discreta ni mesurada sino que buscaba provocar, y vaya que lo conseguía.
Sin embargo, no todo lo que escribió alcanzó la misma altura. La rapidez con que producía, alentado por editoriales que pagaban por adelantado, dejó obras desiguales. Fue, según se afirma, el autor colombiano más leído de su tiempo. Es decir: un “fenómeno editorial”, un “best seller” antes de que esas expresiones existieran.
Entre los libros que exploré entonces apareció “La voz de las horas”, un compendio de aforismos donde concentró su mirada sobre el arte, la política, la genialidad y la mediocridad. Allí se encuentran frases que hoy suscitan debate y rechazo, sobre todo las dedicadas a las mujeres.
Recuerdo estas:
Primera: “Cuando leemos un buen libro escrito por una mujer, pensamos que es demasiado para ser de ella, pero que es poca cosa para ser de un hombre. Es que la mujer más inteligente es apenas un hombre con sentido común”.
Segunda: “Es posible que un hombre de genio diga alguna trivialidad, pero es muy difícil que un hombre trivial diga alguna genialidad. Y eso se explica: el cóndor, acostumbrado a las altas cumbres, puede que alguna vez baje a la pampa y dé algunos saltitos. Pero el pato, acostumbrado a medio andar, a medio caminar y a medio volar es imposible que alcance las alturas del primero”.
Tercera: “Lo único peor que un ser analfabeto es un espíritu analfabeto, porque el primero podrá no saber leer, pero el segundo no entiende lo que lee. ¿Cuál de estas dos ignorancias es más triste?”.
Cuarta: “Esos escritores que escriben como la gente quiere, encuentran las puertas abiertas en todas partes. Pero, ¿cómo no, si en los porteros tienen a sus más acérrimos lectores?”.
Quinta: “La vida suele ser caprichosa: se empeña en poner en un trono a imbéciles que nacieron sólo para cuidar un establo”.
Sexta: “Los hombres que saben vivir en la esclavitud, no perdonan nunca al hombre que sabe morir fuera de ella”.
Séptima: “No poder decir su propia idea sino a través de las ideas de los otros, es la desgracia de los escritores gregarios agrupados en cenáculos y en escuelas. La promiscuidad destruye la originalidad”.
Su misoginia no necesitaba atenuantes. Varias de sus sentencias resultan ofensivas y revelan los prejuicios de su época, amplificados por su propio temperamento. No obstante, junto a esas afirmaciones aparecen observaciones agudas sobre la ignorancia y la vanidad intelectual.
En cuanto a su ateísmo, leerlo detenidamente me llevó a concluir que en realidad no era ateo, pues más que negar toda trascendencia, proclamaba una veneración por la naturaleza y sostenía que la muerte, en vez de ser el fin de todo, como suele creerse, es transformación. Su ruptura parecía dirigida contra la institución eclesiástica antes que contra cualquier idea de lo absoluto.
Hoy, al releer aquellas páginas, percibo que ciertos recursos románticos han perdido frescura. El tono exaltado y el molde europeo pueden sentirse lejanos. Sin embargo, su crítica a la hipocresía social y al servilismo político siguen vigentes. Actualmente, su irreverencia no escandalizaría a nadie, pero en el momento se necesitaba para dinamitar el teocentrismo terrorífico que se entrometía en todo; y la lambonería socio política que no dejaba pensar libremente a la comunidad.
A comienzos de los noventa se publicó su diario personal con algunos apuntes que cargaban el mismo tono de “La voz de las horas”, pero lo que más me llamó la atención fue la portada del libro: un dibujo de Vargas Vila con cuernos, trinche y rabo terminado en flecha. Es que fue esa la fama que sus contrarios le regaron: era un demonio al que no había que leer, porque supuestamente estaba corrompiendo a los jóvenes. Y esto explicaría por qué algunos de sus libros fueron prohibidos en Colombia.
A veces pienso que algunas manifestaciones irreverentes de ahora no tienen gracia ni son necesarias, puesto que Vargas Vila las agotó con antelación, cuando en verdad eran imprescindibles para que Colombia saliera de su estancamiento cultural.
Me alegra haber recuperado el libro. No para canonizar a Vargas Vila ni para repetir sus excesos sino para reencontrar una prosa que sabía atacar con elegancia. Hay autores que acompañan etapas de la vida. Volver a ellos es volver, en parte, a uno mismo.