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¿Y el venezolano de a píe?

Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com

Este texto no nace de un mapa ni de un tablero. Nace de una pregunta sencilla: ¿Qué siente el venezolano común cuando abre los ojos cada mañana y su primera preocupación no es la ideología sino la resolución de sus necesidades?

Ese venezolano no suele tener micrófono. No aparece en las cumbres ni en los comunicados. Vive en la escala menor de la historia, donde lo urgente manda y el futuro se mide en días.

En su memoria hay otros años. Años en los que Venezuela era sinónimo de trabajo, de oportunidades y de una prosperidad que parecía natural, como si siempre fuera a estar ahí.

En esos años llegaron muchos extranjeros, pero más que todo colombianos. Llegaron buscando lo mismo que hoy buscan tantos venezolanos: un lugar donde ganarse la vida con decencia; y fueron recibidos con puertas abiertas y regresaban en diciembre con maletas llenas, historias felices y agradecimiento.

Venezuela era entonces un país que acogía. Un país donde el esfuerzo rendía frutos y donde el mañana no se vivía como una amenaza constante.

Ese recuerdo no es nostalgia fabricada. Es memoria doméstica, conversación de mesa y relato heredado. Es algo que se vivió sin pensar que un día haría falta recordarlo.

Hoy, muchos venezolanos habitan geografías que no soñaron. No se fueron por curiosidad ni por aventura. Se fueron empujados por la urgencia de sostener la vida.

Aprendieron nuevas rutinas, nuevos acentos y nuevas formas de sobrevivir. Trabajan, cumplen y agradecen, pero cargan la sensación persistente de estar siempre de paso.

Lo que más pesa no es la distancia física. Es la manera en que su país se volvió un tema ajeno, un ruido constante dicho por otros.

Escuchan palabras grandes, discusiones interminables, amenazas y promesas que no logran traducirse en algo concreto. Nada de eso les dice cuándo podrán volver ni cómo será la vida cuando regresen.

Ese ruido no alivia. No orienta. Sólo confirma que el tiempo sigue detenido para quienes dejaron todo atrás.

El venezolano de a pie no sueña con epopeyas. No imagina refundaciones ni victorias simbólicas. Sueña con lo elemental.

Sueña con volver a trabajar en lo que sabe hacer, con que el salario alcance, con caminar sin miedo y dormir sin sobresaltos.

Sueña con su música sonando sin tristeza, con su comida sin sabor a despedida, con hablar como siempre habló, sin corregirse ni explicarse.

Sueña con su barrio, con sus celebraciones, con su fe, con los gestos pequeños que dan forma a la pertenencia.

Sueña con los paisajes que aprendió a querer sin darse cuenta: calles, montañas, costas, ciudades vivas y reconocibles.

No pide discursos ni explicaciones interminables. Pide continuidad. Que la vida deje de sentirse provisional.

A menudo se le exige tomar partido, entenderlo todo, opinar de lo que no domina, pero su urgencia está en otro lugar.

Lo que pide no es heroico ni grandilocuente. Es profundamente humano: volver, trabajar y vivir en paz.

Tal vez el error ha sido mirar a Venezuela sólo como un problema político, porque para millones de personas sigue siendo su casa; y no hay anhelo más simple ni más hondo que poder habitar la propia casa con dignidad, sin miedo y sin tener que justificarse.

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