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¡Ya no eres negro!

Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com

En Cartagena, y en buena parte del Caribe colombiano, circula una frase que suele decirse como halago, pero que cumple otra función: “¡Ya tú no eres negro!”. Este enunciado no describe un cambio físico ni una transformación cultural. Es una operación de clasificación social, una forma de expulsar a alguien de una condición considerada indeseable e impresentable.

A finales de los años noventa tuve como compañera de trabajo a una colega que manifestaba sin rodeos su rechazo hacia los negros. Nunca me insultó ni me atacó de frente, pues su racismo era soterrado, pero funcional. Un día le pregunté que por qué se relacionaba conmigo, si no le gustaban los negros, a lo que respondió sin titubeos: “Pero es que tú ya no eres negro”.

“¿Cómo que no?”, le pregunté: “¿No estás viendo mi piel, mis facciones, mi cabello?”! Y ella no lo negó. Sólo se limitó a explicar que yo era un profesional, que trabajaba para una gran empresa y que me movía entre gente importante. Evidentemente, para ella, esos datos pesaban más que el cuerpo.

Ahí quedó claro que la negritud, en la forma de pensar de esa mujer, no tenía que ver con el color. Tenía que ver con el lugar. Negro era otra cosa. Negro era una condición de inferioridad que podía superarse con estudios, salario y cercanía al poder.

Años después, el activista social Edwin Salcedo Vásquez me contó que, en distintas partes de Colombia, había personas que le decían que él ya no era negro. El argumento era siempre el mismo: estudió en una universidad costosa de Bogotá, logró maestrías, diplomados, viajes al exterior, un segundo idioma y relaciones de alto nivel.

Nadie discutía su piel ni su origen. Lo que hacían era retirarlo simbólicamente de la negritud. El ascenso social funcionaba como salvoconducto; y el éxito, como blanqueamiento.

La tercera escena me la contó el historiador Moisés Álvarez Marín, director del Archivo Histórico de Cartagena. Una sobrina suya es abiertamente racista, sobre todo contra los negros, por lo cual alguien le preguntó que cómo conciliaba eso con la buena relación que tenía con su tío. Y ella respondió: “Es que él es un negro decente”.

La frase no necesita traducción. El adjetivo (“negro decente”) no dignifica, más bien separa. Establece que hay negros tolerables y otros que no. La “decencia” aparece como excepción, no como posibilidad común.

Estas escenas dicen lo mismo. En el imaginario racista local, ser negro no se reduce al fenotipo y al color de la piel. Es una categoría cargada de atributos sociales: pobreza, fealdad, torpeza, suciedad, vulgaridad, desorden, delito, inferioridad, etc.

Por eso alguien puede “dejar de ser negro”. No porque cambie el cuerpo sino porque se mueve del lugar que históricamente se le asignó. La movilidad social no desmonta el racismo, pero sí lo reorganiza. Claro está, el imaginario racista considera que un individuo deja de ser negro cuando se instruye, ocupa cargos importantes y logra cercanía con el poder, pero le recuerda su negritud cuando pretende ocupar instancias que supuestamente están reservadas únicamente para blancos de poder, apellidos y abolengos. Enseguida se activa la jerarquía: “Ese negro no puede estar ahí. Puede que sea magister,  doctor o que esté más capacitado que los demás. Sólo es un negro y nada más”.

Esa lógica no circula sólo entre blancos o mestizos. También aparece entre los propios negros con el nombre de “endorracismo” o “proceso de blanqueamiento”. Por eso, es común oír que alguien diga: “fulano es más negro que yo”, como si la negritud se midiera por ingresos, oficio o barrio.

Otros lo dicen sin rodeos: “Yo no soy negro; los negros son los que cargan bultos en el mercado o venden chucherías en la calle”. La frase no describe un trabajo, sólo marca una frontera: define quién queda adentro y quién afuera.

Así, la negritud termina asociada a lo que llaman “trabajos de mierda”. Quien logra salir de ese circuito siente que también debe salir de la identidad ligada a él. El ascenso se vive como desprendimiento y no como ampliación de la dignidad.

A eso se suma el complejo  de los roles, que en Cartagena está muy bien arraigado. El imaginario dominante acepta al negro en espacios muy específicos. Se le celebra como deportista, músico, bailarín o adorno turístico, funciones que producen aplausos, orgullo y exhibición. Pero ese reconocimiento tiene un retén. Se espera que el negro se quede ahí, que no administre, que no dirija y que no decida. El talento se aplaude siempre que no altere la jerarquía.

Cuando un negro ocupa cargos de poder, el sistema se tensa. No se cuestiona sólo a la persona sino lo que encarna. Aparece el miedo a que el inferiorizado cruce la frontera y pretenda ser como la “realeza” blanca. Lo dice Rubén Blades en su canción Ligia Elena: “Se ha colado un niche en la blanca sociedad”.

En Cartagena esa inquietud sigue viva. Hay sectores que se preguntan (aunque no siempre lo digan abiertamente) que si los negros dirigen, ¿quién va a hacer el trabajo duro? La pregunta delata una certeza heredada. Supone que ciertas labores tienen destinatarios naturales, que el orden social necesita cuerpos disponibles para sostenerse y que no todos están llamados a mandar, independientemente de sus capacidades y formación académica.

Por eso la ciudad puede ser mayoritariamente negra y, al mismo tiempo, contarse desde una élite que no se reconoce en esa mayoría. Eso sugiere que  la historia oficial y la vida cotidiana avanzan por carriles distintos.

“¡Ya tú no eres negro!” funciona, al final, como frase tranquilizadora. Permite felicitar a un individuo sin tocar la estructura que convirtió su trayectoria en rareza. Se celebra el caso, pero se conserva el esquema.

Mientras esa idea siga circulando, la negritud seguirá tratándose como una condición de la que hay que salir y no como una identidad con derecho a ocupar todos los espacios. Así las cosas, Cartagena seguirá postergando una discusión que la atraviesa desde su origen.

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