𝐄𝐬𝐭𝐞 𝐫𝐞𝐥𝐚𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐟𝐢𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐫𝐞𝐜𝐫𝐞𝐚 𝐥𝐚 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐚𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐣𝐨𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐭𝐨 𝐀́𝐥𝐯𝐚𝐫𝐨 𝐂𝐞𝐩𝐞𝐝𝐚 𝐒𝐚𝐦𝐮𝐝𝐢𝐨 𝐚𝐥 𝐍𝐮𝐞𝐯𝐚 𝐘𝐨𝐫𝐤 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐚𝐧̃𝐨𝐬 𝐜𝐮𝐚𝐫𝐞𝐧𝐭𝐚, 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐬𝐞 𝐞𝐧𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐮𝐧𝐚 𝐧𝐮𝐞𝐯𝐚 𝐥𝐢𝐭𝐞𝐫𝐚𝐭𝐮𝐫𝐚, 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐣𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐜𝐚𝐥𝐥𝐞𝐬, 𝐛𝐚𝐫𝐞𝐬, 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐦𝐞𝐭𝐫𝐨, 𝐚𝐟𝐢𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐚𝐥 𝐛𝐞́𝐢𝐬𝐛𝐨𝐥 𝐲 𝐚𝐥 𝐣𝐚𝐳𝐳. 𝐘 𝐮𝐧𝐚 𝐠𝐫𝐢𝐧𝐠𝐮𝐢𝐭𝐚 𝐜𝐮𝐥𝐭𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐩𝐨𝐝𝐫𝐢́𝐚 𝐡𝐚𝐛𝐞𝐫 𝐬𝐢𝐝𝐨 𝐢𝐧𝐬𝐩𝐢𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧…
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Nueva York era una inmensa sofocación de humo cuando Cepeda llegó con una maleta pequeña, un abrigo prestado y el acento del Caribe escondido bajo la lengua. La ciudad lo abrumó desde el primer día: el metro rugía como una bestia ciega, los rascacielos parecían querer arrancarles el alma a las nubes; y la nieve —esa lluvia que no se decide— le hizo añorar el polvo caliente de las calles de Barranquilla. Sin embargo, no se amedrentó. Se matriculó en Columbia University para estudiar periodismo, pero pronto comprendió que lo que allí se enseñaba era la rigurosa gramática del mundo y no el temblor que él buscaba para dar a luz las historias que lo venían persiguiendo desde la infancia.
Pasaba las mañanas en las aulas, las tardes en las librerías o en el Yankee Stadium; y las noches en los bares donde un saxofón podía redimir el cansancio del día. En la calle 114 había una librería con una vitrina oscurecida por el tiempo; el olor de ese lugar —una mezcla de papel, madera y humedad— se le volvió tan necesario como el pan. Fue allí donde conoció a Anne.
Ella (quien también estudiaba en Columbia University, pero en la facultad de Literatura) estaba de pie sobre una escalera, acomodando un tomo de Rilke, cuando Cepeda la vio por primera vez. Tenía el cabello suelto, casi dorado, y un aire distraído que parecía provenir de otra época. Cuando bajó, él se atrevió a preguntarle, con un inglés incierto, si los libros también podían curar la nostalgia. Ella sonrió con un gesto que fue mitad ternura, mitad ironía, y le habló de William Saroyan. Cepeda no había oído ese nombre nunca, pero aquella misma tarde se llevó bajo el brazo “La comedia humana”, como quien se lleva una promesa.
Esa noche no pudo dormir. Leía con los codos apoyados en la mesa, mientras el viento del invierno movía las cortinas del cuarto de estudiante. En las páginas de Saroyan descubrió la tristeza alegre de los hombres sencillos y la belleza escondida en los gestos inútiles. Y, en medio de la lectura, sintió que Anne y el libro eran una misma cosa: ambos venían de un lugar que no se parecía a nada. Cuando cerró el ejemplar, tomó una hoja de cuaderno y empezó a escribirle un poema. Era breve y torpe, pero resplandeciente. Lo dobló con cuidado, como si guardara un secreto.
Dos días después volvió a la librería. Anne estaba sola, tomando notas en un cuaderno. Cepeda le habló de Saroyan y de Faulkner con un entusiasmo que la desarmó. Le contó que en su tierra los escritores aún estaban enamorados de los palacetes europeos, de las damas melancólicas y de los ríos que hablaban. Ella lo escuchó fascinada. Aquel muchacho de voz grave y mirada ardiente le parecía salido de una novela que aún no se había escrito.
Salieron a tomar café. Cepeda le mostró el poema. Anne lo leyó sin pestañear.
—No lo pierdas —dijo finalmente— Es tu manera de mirar el mundo.
Él le confesó que soñaba con hacer cine.
—Entonces escribe —le respondió ella—. Sólo quien sabe escribir sabe mirar.
En ese instante, Cepeda tuvo la impresión de que el destino se le acababa de sentar al frente.
Aquella tarde caminaron por Central Park. El aire olía a hojas húmedas y a música distante. Hablaron de la yerba, de la soledad y del miedo a que el tiempo no alcance. Cepeda la besó con una delicadeza que lo avergonzó después, como si hubiera querido disculparse por ser feliz. Después visitaron un museo en Broadway, entraron a cine y vieron en acción un grupo de teatro callejero, donde actuaban varios amigos de Anne.
Los días siguientes pasaron en una confusión refulgente: clases, cafés y cartas sin enviar. Cepeda escribió un cuento sobre un músico que tocaba el contrabajo en un bar de Harlem. Una tarde se encontró con Anne en la universidad. Cuando le mostró el relato, ella le dijo que allí había un corazón latiendo. Pero cuando él la invitó a su habitación “para hablar de literatura o escuchar la trasmisión radial del béisbol”, ella comprendió la trampa y se negó con una risa que lo hirió, aunque lo enamoró más. “No me gusta el béisbol”, le dijo mientras se despedía.
El invierno empezó a rendirse cuando Cepeda anunció su regreso a Barranquilla. En la librería, Anne le pidió una sola promesa: “Cuando vuelva a verte, quiero que tengas un libro. Uno tuyo; y tal vez puede que te acepte la invitación a escuchar la radio en tu alcoba”. Él soltó una carcajada tan sonora que los clientes giraron la cabeza. Ella, divertida, le tapó la boca con la mano. Minutos después, Anne le regaló una caja de libros para sus amigos de La Cueva. Esa tarde caminaron juntos hasta el correo y enviaron un telegrama para los camajanes de La Arenosa: “Regreso con historias y humo.”
En el aeropuerto, Anne le entregó tres libros que no estaban en la caja: Capote, Dos Passos y Steinbeck. “Para que no olvides quién eres”, le dijo. Él se acomodó el chaleco, tomó la maleta con la mano derecha, un envoltorio de periódicos en la izquierda y se fue sin mirar atrás. Pero cuando escuchó la voz de la muchaha —“Goodbye, my dear”— se volvió y le lanzó un beso que quedó suspendido en el aire como una hoja sin destino.
Cuando el avión se perdió entre las nubes, Anne quedó sola frente a las paredes de vidrio del aeropuerto. Pensó que ese muchacho del trópico la había tocado sin tocarla y que en algún lugar del Caribe alguien escribiría su nombre en una servilleta.
Barranquilla recibió a Cepeda con tambores, abrazos y cervezas. Lo esperaban los amigos de siempre, los locos de La Cueva, y una fiesta en un patio del Barrio Abajo donde el calor y un sancocho desmesurados eran otras formas de fe. Cepeda describía a Nueva York como quien ha visto un milagro. Hablaba de la nueva literatura, del nuevo periodismo y del cine, siempre del cine como el último grito del buen arte. Días después ayudó a fundar un periódico matutino, vespertino e insomne. El Caribe empezaba a mirarse a sí mismo con otros ojos, desde esa empresa monstruosa que aparecía en la mañana y en la tarde en tres regiones diferentes… algo nunca visto en el país.
Entre titulares y bohemias llegó la carta de Anne. Venía escrita con tinta azul: decía que viajaría a Barranquilla y que esperaba encontrar un libro suyo. “¡Mierda!”, pensó Cepeda. Pero cuando se repuso, mintió al responder: aseguró que ya lo tenía listo. Durante una semana escribió sin dormir, dos cuentos por día, con la prisa de quien compone su destino a máquina. Once cuentos bastaron. No tenía título, pero sí vibración.
Anne llegó en diciembre, vestida de sol, con gafas oscuras y una pañoleta de colores amansando el viento dorado de su cabello. La recibieron los amigos de Cepeda, medio borrachos, felices de ver a “la musa gringa”, quien se sorprendió al encontrar a un Cepeda despeinado, enfundado en pantalones de mecánico, con camisas sin acuñar y abarcas de carretillero. No había ni sombra del muchacho bien medido que había conocido en Nueva York, aunque aún conservaba el encanto arrollador de aquellos tiempos.
En La Cueva el humo se enredaba con las risas y las palabras de grueso calibre. Anne observaba fascinada y confundida, intentando entender de dónde salía tanta vida mientras hablaba a gritos con Obregón, Fuenmayor, Gabo, el mono Vilá y Figurita. Cepeda le entregó el manuscrito. Esa noche lo leyó entero en el hotel.
Al amanecer, lo citó a desayunar. “Escribes como si tuvieras fuego en las manos”, le comentó. Luego salieron, en el jeep de Cepeda, a recorrer la ciudad: el mercado, el mar y los barrios donde los niños jugaban descalzos al béisbol, que ahora sí emocionaba a la gringuita, porque entendió que todo lo que su amigo escribía nacía de esa mezcla de ruido, calor y ternura que es el Caribe.
En el bar del hotel, entre dos cervezas, Cepeda escribió en una servilleta un poema breve. Anne lo leyó y lloró. Sin decir palabra, llevó al muchacho loco a su habitación. La pasión los envolvió sin promesas, sin destino, sin culpas y sin radios que hablaran de béisbol. Al nuevo día, Cepeda le prometió que volvería a Nueva York.
El tiempo los disolvió como una foto en la lluvia. Las cartas se fueron apagando. Él publicó su primera novela y pensó en enviársela, pero el orgullo lo detuvo. Años después, viajó varias veces a Nueva York por cuestiones de trabajo, pero sin intentar buscarla.
Hasta que un día su cuerpo se rindió. Lo internaron en el Memorial Hospital. Estaba cansado, pero lúcido. Una tarde, la puerta se abrió y allí estaba la docente Anne, madura pero aún hermosa y digna, acompañada de un hijo adolescente. Cepeda sonrió con el asombro del que ve un fantasma querido. Hablaron poco. “Volveré pronto”, dijo ella. Pero demoró en volver.
Al día siguiente, Obregón llegó con un ejemplar recién impreso de “Los cuentos de Juana”. Cepeda lo tomó, lo acarició y murmuró: “Era para ella.” Esa madrugada el corazón se le durmió despacio.
Semanas más tarde, Anne regresó al hospital. Preguntó por él. Una enfermera le dijo que lo habían devuelto en un féretro a Barranquilla. De inmediato imaginó el gentío bajo el sol ribereño acompañando al amigo inmenso al cementerio, mientras los matarratones de las avenidas decían adiós empujados por la brisa recién llegada de Puerto Colombia.
Salió al frío, se sentó en un banco y abrió un viejo ejemplar de “En el tiempo de tu vida”, donde encontró una frase subrayada con lápiz: “En el tiempo de tu vida, vive, de modo que en ese buen tiempo no haya fealdad ni muerte para ti ni para ninguna vida que tu vida toque”.
Anne cerró el texto, lo apretó contra el pecho y, por primera vez en muchos años, se permitió llorar sin pudor. Incesante, la nieve seguía cayendo sobre la ciudad como un silencio que nunca termina.