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Primer centenario del inolvidable Cepeda

Hablar de Álvaro Cepeda Samudio en Colombia es casi citar un dogma cultural. Su nombre suele aparecer acompañado de adjetivos solemnes: pionero, rupturista, vanguardista, imprescindible y un largo etcétera. Sin embargo, pocas figuras de la literatura caribe contemporánea cargan con una distancia tan grande entre su mito y la lectura real de su obra. Es como si el país hubiese necesitado un símbolo juvenil, desenfadado y moderno, y hubiese encontrado en él la efigie perfecta. Pero esa efigie, cuando se mira de cerca, siempre revela pliegues más complejos.

Descubrí a Cepeda durante mis años de estudiante universitario, y desde entonces me dediqué a investigar su vida y su obra, con una dedicación que me llevó varios lustros recolectando testimonios y visiones de personajes de su época y de la mía. Pero debo decir que también me impactaron mucho las palabras de Germán Mendoza Diago, editor general del diario El Universal:

“La de Cepeda es una obra inacabada —me dijo—, que hubiera tenido mucha más proyección si él se hubiese dedicado a escribir con disciplina, porque talento tenía de sobra”.

A su tiempo, el escritor cordobés Jorge García Usta me hizo ver que “a muchos de los que se la pasan echando lisonjas sobre la obra literaria de Cepeda, se les nota que ni siquiera se han tomado la molestia de leerlo con seriedad”.

Pero el apunte del escritor antioqueño Gustavo Arango Toro me pareció aún más contundente y realista: “me parece que, en el área de la literatura, a Cepeda lo han inflado más de la cuenta”, sostuvo a manera de advertencia.

No obstante, debo aclarar que no se trata de negar los aportes de Cepeda, pues nadie discute su papel dentro del Grupo de Barranquilla, su capacidad para asumir riesgos narrativos en un contexto que aún seguía respirando el aire rancio del realismo social, ni su energía periodística. Pero otra cosa muy distinta es convertirlo en un escritor “perfecto”; o asumir que toda su producción alcanza la misma altura literaria que los elogios repetidos durante décadas.

La obra de Cepeda es breve y desigual. Allí está, por ejemplo, la novela “La casa grande”, con su potencia testimonial, su estructura fragmentaria y su voluntad de confrontar la masacre de las bananeras desde un ángulo narrativo distinto. También están los libros de cuentos “Todos estábamos a la espera” y “Los cuentos de Juana”, volúmenes experimentales que a veces brillan y otras veces parecen un ejercicio de laboratorio. Sus cuentos, por su parte, contienen destellos y climas, pero también zonas vagas, tímidas y apenas insinuadas. Nada de esto es pecado. Lo problemático ha sido la crítica local, que durante años prefirió la reverencia al análisis. Yo mismo caí en ese error.

Cepeda fue elevado a un pedestal que no siempre le correspondía, y eso le ha hecho más daño que bien: lo convirtió en figura intocable; y nada envejece peor que una reputación sobre protegida. La literatura necesita aire, debate y contraste. Sus lectores merecen la libertad de juzgar sin sentir que le faltan al respeto a una tradición sagrada.

El mito nace, en parte, porque sus contemporáneos se esforzaron en construirlo. La amistad con García Márquez y con la barra del viejo Grupo de Barranquilla lo envolvió en un aura de camaradería intelectual que, con el tiempo, se ha confundido con consagración estética. Es decir, la anécdota ha pesado más que el texto: su personalidad carismática, su vida corta, su pasión por el periodismo y su figura de joven moderno, todo eso terminó fundiéndose con sus libros, hasta el punto de que muchos celebran más “al personaje” que al autor.

El problema es que la vida personal de un escritor nunca garantiza la calidad de su obra. Cepeda fue talentoso, pero también irregular. Fue audaz, pero no siempre profundo; y tuvo intuiciones extraordinarias que, en ocasiones, no desarrolló del todo. Reconocerlo no lo disminuye, más bien lo humaniza; y esa humanización nos permite leerlo mejor.

También nos obliga a preguntarnos por la crítica colombiana, que a menudo se aferra a ciertos nombres como si cuestionarlos fuera un atrevimiento o una amenaza a la identidad cultural. La literatura del Caribe ha sido históricamente tratada como una especie de joya que hay que pulir sin tocar demasiado. Por eso, cuando alguien como Cepeda aparece envuelto en afectos y nostalgias, la discusión estética queda relegada a segundo plano.

El resultado es que muchos jóvenes lectores se acercan a su obra con expectativas desproporcionadas y, al no encontrar lo que la leyenda prometía, se sienten decepcionados. No porque Cepeda sea un mal autor (por supuesto que no lo es) sino porque se le pide más de lo que escribió. Lo cargamos con un peso simbólico que nadie podría sostener.

Desmitificarlo no significa derribarlo sino hacerle justicia. Significa leer “La casa grande” como lo que realmente es: un experimento valioso, importante en su contexto, pero no una obra perfecta ni definitiva sobre la violencia. Significa aceptar que “Todos estábamos a la espera” es interesante, pero también irregular. Significa reconocer que “Los cuentos de Juana” funcionan mejor como un laboratorio creativo que como piezas maestras del género.

Cuando dejamos de adorarlo, podemos comenzar a apreciarlo y a abrir espacio para otros escritores caribes (muchos de ellos igual de audaces e igual de experimentales) que no han recibido la misma atención, tal vez porque no formaban parte del círculo mítico que privilegió a Cepeda.

Además, la figura romántica de Cepeda Samudio como bohemio, cronista inquieto y espíritu libre ha servido para encubrir preguntas que casi nunca se hacen:

¿Qué ambiciones literarias truncó su muerte temprana? ¿Hasta dónde habría llegado, si hubiese podido madurar su estilo? ¿Cuánto de su prestigio actual nace del duelo que produjo su partida, más que de la valoración estricta de su obra?

Es necesario separar esos planos. No para reclamarle lo que no escribió sino para valorar lo que sí dejó, con sus virtudes y sus límites. La crítica madura no es la que canoniza sino la que pone las cosas en su justo lugar.

Cepeda fue uno de los primeros escritores colombianos en entender que la modernidad literaria exigía riesgos y nuevas estructuras narrativas. Su intuición lo llevó a explorar territorios que pocos se atrevían a pisar. Ese mérito es indiscutible. Pero su ejecución, en ocasiones, revela trazos precipitados o menos trabajados. Es normal: así escriben los innovadores. El problema es que el mito borró esa parte de la ecuación.

Por otra parte, el país ha usado figuras como Cepeda para contarse a sí mismo una historia reconfortante: la de un Caribe culto, sofisticado, cosmopolita y capaz de acercarse a Faulkner y a Hemingway. Esa necesidad simbólica infló aún más su figura y, sin darnos cuenta, lo convertimos en un emblema más que en un autor con matices.

En cambio, leerlo sin la aureola permite descubrir una obra viva, con textura, pero también con vacíos. Una obra que invita a pensar en la relación entre literatura y periodismo, entre violencia y memoria, entre modernidad y precipitación. Una obra que vale por sí misma, no por el escudo cultural que le fue construido.

Cepeda, al final, no necesita la exageración. Su legado no está en ser un escritor perfecto sino en haber abierto una puerta. Una puerta que otros (incluso autores más robustos) han recorrido con más detenimiento; y eso también es un mérito: el primero no siempre es el más grande, pero sí el más valiente.

Quizá ha llegado el momento de devolverlo a su tamaño real, no para hacerlo pequeño sino para hacerlo legible. No para desmontar su memoria sino para comprenderla. Las leyendas se inflan; los escritores, en cambio, se leen; y Cepeda merece ser leído, no venerado. Porque al final, la mayor injusticia no es criticarlo: es no hacerlo. Es dejarlo atrapado en un elogio eterno que no permite entenderlo ni discutirlo; y un escritor sin debate es un escritor que se queda quieto.

Si Cepeda no era un hombre quieto, tampoco lo debería ser su obra.

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