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Henry Miller, más allá del escándalo

Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com

Hubo un tiempo en que no podía leer a Henry Miller, porque me bastó un solo párrafo para cerrarle la puerta.

En las primeras páginas de su novela “Trópico de cáncer” encontré una declaración desafiante: “Entonces, ¿este? Este no es un libro. Es un libelo, una calumnia, una difamación… un insulto prolongado… una patada en el culo de Dios (…)”.

Lo recuerdo todavía porque me produjo una impresión casi física, dado que apenas era un adolescente educado en colegios católicos y con uno que otro acercamiento a la literatura universal. Por tanto, aquellas palabras me parecieron una blasfemia descomunal. No vi en ellas una provocación literaria sino una agresión. Pensé que quien había escrito semejante exabrupto debía de ser un loco o un demonio disfrazado de escritor.

Cerré el libro de inmediato. No quise seguir avanzando una línea más; y durante años conservé esa imagen de Miller: un tipo empeñado en escandalizar, un autor que confundía la libertad con el insulto y la literatura con la irreverencia.

Pero los libros tienen una extraña paciencia y saben esperar a quienes estén destinados a leerlos. Así que, mucho tiempo después, con más lecturas y más vida a cuestas, volví a abrir a Miller y encontré que  el mismo autor seguía allí con  las mismas procacidades, los mismos excesos y los mismos desafíos a la moral establecida.

Sin embargo, también encontré algo que no había visto la primera vez:  a un observador extraordinario de París. Un hombre capaz de convertir una calle cualquiera, una conversación insignificante o una tarde gris en materia literaria de primer orden.

Descubrí a un escritor que, detrás de la estridencia, escondía una sensibilidad poética inesperada. Las obscenidades seguían presentes, pero ya no ocupaban el centro de la escena. Eran apenas una parte de una voz mucho más compleja, más rica y más humana de lo que yo había imaginado.

Comprendí entonces que muchos lectores se habían quedado atrapados en el escándalo y no habían llegado hasta la literatura, pues, durante años, las autoridades, los censores y los guardianes de la moral intentaron silenciarlo. Sus libros fueron prohibidos, perseguidos y considerados peligrosos.

No obstante, el tiempo suele ser un juez más severo que cualquier tribunal y  ha dictado una sentencia curiosa: las razones por las cuales quisieron prohibir a Miller son hoy las partes menos importantes de su obra. Lo que permanece no es el sobresalto que provocó en sus contemporáneos sino la inteligencia que atraviesa sus páginas, la curiosidad con que examina la condición humana y la energía vital que impregna su prosa.

Eso me hace pensar que muchos escritores provocadores envejecen mal porque escribieron únicamente contra algo, lo que trae como consecuencia que cuando desaparece el enemigo, desaparece también buena parte de su literatura.

Pero Miller fue más afortunado. Aunque escribió contra muchas cosas, escribió sobre todo a favor de la experiencia humana,  de la libertad interior, del asombro y de la aventura de estar vivo.

Por eso, cuando el escándalo perdió fuerza, quedaron la poesía y el pensamiento. Quedó el hombre que observaba la miseria sin dejar de buscar belleza. El que podía pasar de una taberna miserable a una reflexión sobre el arte, la amistad o el destino. El que encontraba materia para la contemplación allí donde otros sólo veían rutina.

Hoy, al recordar a Henry Miller, ya no pienso en aquella frase que me obligó a cerrar el libro. Pienso en la paradoja de un escritor que quiso patear muchas puertas y terminó sobreviviendo por razones mucho más profundas que la provocación. Sobrevivió porque, detrás del ruido, había una mirada; y porque detrás del escándalo había un poeta.

Más allá de un provocador, el verdadero Miller no era más que un hombre que recorría París sin dinero, que conocía el hambre, que dormía en habitaciones miserables, que dependía de amigos generosos para sobrevivir y que, aun así, era capaz de encontrar belleza en una esquina, una conversación o una tarde lluviosa.

Su pobreza no fue una pose literaria sino la certeza de que había conocido las estrecheces en Nueva York y las conoció aún más profundamente en París. Vivió al borde del fracaso durante años, mucho antes de convertirse en un autor célebre.

Quizás por eso sus libros poseen una vitalidad tan particular. En ellos no habla un profesor ni un teórico sino un humano que ha vivido intensamente, que ha conocido la humillación y la alegría, el hambre y la amistad.

En “Trópico de Capricornio” dejó una de sus observaciones más memorables: “Tuve mil años de alegría y mil años de tristeza”, una frase que parece resumir toda su obra, pues en Miller siempre conviven el entusiasmo y la desesperación.

Uno de sus ensayos más interesantes  es “Leer o no leer”, donde afirma que, después de toda una vida de lectura, deseaba leer menos y vivir más. No porque despreciara los libros sino porque entendía que la literatura debía conducirnos de regreso a la experiencia humana.

“¿Para qué sirven los libros, si no nos devuelven a la vida?”, preguntaba. Esa sola frase vale más que muchas teorías literarias, pues Miller desconfiaba de la educación libresca, de la cultura acumulada como adorno y de la erudición vacía. Prefería a los hombres que habían vivido antes que a los que simplemente habían leído.

También observó con preocupación la evolución de Estados Unidos. Aquel país que admiraba por su energía creadora le parecía cada vez más dominado por el conformismo, la mecanización y el pensamiento automático. En más de una ocasión lo describió como una nación de lunáticos y autómatas, que avanzaba sin preguntarse hacia dónde.

Lo notable es que muchas de sus advertencias conservan actualidad. Le preocupaba una civilización cada vez más rica en información y más pobre en sabiduría; más conectada y menos humana; más eficiente y menos consciente.

Ahora hay   que recordarlo como un escritor que atravesó la blasfemia, el escándalo, la pobreza y la censura para llegar a un territorio más duradero: el de quienes saben mirar el mundo con ojos propios y devolvernos, transformada en literatura, la maravilla y el desconcierto de estar vivos.

La influencia de Henry Miller es más amplia de lo que suele creerse. No fundó una escuela literaria con un manifiesto y discípulos declarados, pero su forma de escribir abrió caminos para muchos de los cuales tal vez el más visible es Charles Bukowski.

Pero, a lo mejor, la herencia más duradera de Miller es que no enseñó una técnica sino una actitud: desconfiar de las fórmulas, vivir intensamente y escribir desde la experiencia propia sin pedir permiso a nadie.

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