Las palabras del cantautor samario reabren un viejo debate: ¿Estamos recordando la invasión española con toda complejidad o empezamos a convertir una tragedia histórica en un relato demasiado indulgente?
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Ahora mismo no recuerdo exactamente cuándo fue que Carlos Vives dijo —palabras más, palabras menos— que la invasión española al territorio que hoy llamamos América, se ha vuelto una “leyenda negra” que nos ha hecho mucho daño y que España no debe pedir perdón a los latinoamericanos.
Pero lo que sí sé es que hay frases que son como un tramacazo a la conciencia, no porque sean ingeniosas sino porque detrás de unas pocas palabras parece esconderse una forma de mirar toda la historia. Eso me ocurrió cuando escuche a Vives insinuando que aquí no hubo genocidio, porque todavía existen indígenas en la sierra nevada.
Confieso que me cuesta trabajo escribir este texto, porque soy admirador de la música original del célebre samario, por lo cual me pareció extraño, en grado sumo, que esas afirmaciones vinieran precisamente de un tipo que considero uno de los artistas más inteligentes y cultos que ha dado Colombia en las últimas décadas.
Pero sus palabras me hicieron recordar que desde hace cierto tiempo vengo percibiendo algo que me inquieta: cada vez es más notable la aparición de políticos, artistas, escritores, periodistas y hasta algunos historiadores empeñados en presentar la invasión española bajo una luz amable. No puedo asegurar que exista un plan concertado, ni sé qué se proponen los que hablan como Vives, porque en el momento carezco de pruebas. Pero sí afirmo que esa mirada empieza a repetirse con demasiada frecuencia, algo de lo cual Carlos Vives terminó convirtiéndose en uno de los rostros más visibles de esa corriente.
Vives no solamente rechazó que España deba pedir perdón por la invasión a América sino que también llamó “leyenda negra” a la relatoría de los historiadores, reivindicó el mestizaje, defendió la figura de Rodrigo de Bastidas y recordó que en la Sierra Nevada todavía viven pueblos indígenas. Todo ello desembocó en aquella frase que todavía patea más que casco de mula: “¿Cuál genocidio, si aquí estamos todos?”.
Admito que esa manera de entender la historia me produce desconfianza. No porque reniegue de la herencia española, pues sería absurdo hacerlo, ya que hablo español, llevo un apellido español y pertenezco a una cultura nacida del encuentro entre muchos pueblos. Lo que me preocupa es el riesgo de convertir esa realidad en argumento para disminuir la dimensión de la tragedia.
El mestizaje existe y nadie serio podría negarlo, dado que América es hija del encuentro entre europeos, indígenas y africanos. Nuestra música, nuestra gastronomía, nuestra literatura y nuestra manera de hablar son prueba de ello. Pero el mestizaje no borra el sufrimiento del que también nació.
Hay quienes parecen sugerir que, porque hoy seguimos aquí, la palabra “genocidio” pierde sentido. Pero a mí me ocurre exactamente lo contrario. La permanencia de algunos pueblos me lleva a preguntarme cuántos otros desaparecieron para siempre, cuántas lenguas dejaron de pronunciarse, cuántos dioses dejaron de ser invocados y cuántos nombres fueron tragados por el tiempo.
Los indígenas que aún habitan América no permanecieron porque la invasión haya sido una empresa generosa. Permanecieron porque pelearon, porque buscaron refugio, porque negociaron cuando no hubo otra salida, porque defendieron sus tradiciones y porque se negaron a desaparecer. Cada comunidad que todavía conserva su lengua representa una victoria de la memoria sobre el olvido.
Algo semejante ocurrió con los africanos arrancados de su continente; llegaron encadenados y convertidos en mercancía. No obstante, conservaron ritmos, creencias, palabras y formas de mirar el mundo que terminaron enriqueciendo la cultura americana. Nada de eso fue un regalo del poder colonial.
Por eso no deja de sorprenderme que, después de tantos estudios históricos, todavía haya necesidad de recordar que la invasión ibérica significó guerras, epidemias, trabajos forzados, despojo y esclavitud. Pero da la impresión de que algunos quisieran que contempláramos solamente las catedrales mientras apartamos la mirada de los cementerios.
Tal vez por eso cobran vigencia pensadores que decidieron mirar la historia desde el lugar de los vencidos. Enrique Dussel, por ejemplo, sostuvo que la modernidad europea no puede entenderse sin la invasión a América y sin la subordinación de quienes habitaban estas tierras mucho antes de la llegada de los europeos.
Frantz Fanon llevó esa reflexión hacia otro territorio. Explicó que el colonialismo no ocupó únicamente los territorios sino que también buscó ocupar la conciencia de los pueblos sometidos hasta convencerlos de que su cultura valía menos que la del conquistador.
Tzvetan Todorov examinó la invasión desde el encuentro con el otro. Su obra muestra que la dominación no comenzó con las armas. Comenzó cuando el conquistador dejó de reconocer plenamente la humanidad de quienes tenía enfrente.
Aclaro: no cito a estos autores para convertirlos en dueños de la verdad. Los menciono porque ayudan a comprender que la historia admite muchas lecturas, pero no todas poseen el mismo respaldo frente a los hechos documentados.
Así las cosas, lo que hoy observo no es un esfuerzo por enriquecer el conocimiento del pasado sino una inclinación creciente a suavizarlo. Se habla del mestizaje, de la lengua, de las universidades y de las ciudades fundadas, lo cual por supuesto que forma parte de la historia, pero lo que me preocupa es aquello que empieza a desaparecer del relato.
No quiero cambiar una leyenda negra por una leyenda rosa. Las leyendas, sean del color que sean, terminan sustituyendo la realidad. Prefiero una historia capaz de reconocer la riqueza cultural que dejó España, pero sin convertir la invasión en una obra filantrópica.
Tampoco comparto la idea de que pedir memoria equivalga a sembrar odio, puesto que recordar no es odiar. Más bien es impedir que el tiempo convierta el sufrimiento de millones de personas en una simple nota al margen.
Me niego a creer que la única manera de sentir orgullo por nuestro mestizaje consista en mirar hacia otro lado cuando aparecen las páginas más dolorosas de nuestra historia. Una identidad madura puede acoger todas sus raíces sin maquillar ninguna de ellas.
Quizá dentro de algunos años esta tendencia a embellecer la invasión termine imponiéndose en los libros, en los discursos públicos y en las celebraciones oficiales. O quizá ocurra lo contrario y prevalezca una mirada más equilibrada. No lo sé. Lo que sí sé es que la memoria siempre necesita ser defendida del olvido.
Por eso las palabras de Carlos Vives no me parecen una simple opinión lanzada al aire. Las siento como la expresión más conocida de una corriente que empieza a ganar terreno y que merece ser discutida con serenidad, con argumentos y con respeto, precisamente porque la historia de América es demasiado grande para reducirla a una consigna.
Yo seguiré celebrando el mestizaje, porque en él también está mi historia. Pero nunca aceptaré que, para celebrarlo, haya que pedirles a los muertos que abandonen la memoria de este continente.