La película de acción “Muerte en invierno” tiene una historia interesante, pero llena de vacíos que recuerdan una regla esencial de toda ficción: el espectador puede aceptar cualquier premisa, siempre y cuando el autor no rompa la credibilidad.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Llevo varios años tratando de evitar ver películas de acción, porque casi todas me parecen repetitivas; y, por lo tanto, predecibles, con poco que sorprenda y obligue a verlas hasta el final, pues cambian los actores, los escenarios y los efectos especiales, pero las persecuciones, los disparos, las explosiones y los héroes que sobreviven a todo ya son lugares comunes a los que se apela demasiada frecuencia.
Por esa razón no esperaba mucho de “Muerte en invierno”, disponible en Prime Video. Sin embargo, decidí verla por una razón, para mí, de mucho peso: en el reparto aparecía nada más y nada menos que la gran Emma Thompson, una actriz a la que siempre he admirado por la inteligencia y la naturalidad de sus interpretaciones.
Mi admiración por ella nació hace varios años con películas como “Lo que queda del día”, donde comparte escena con Anthony Hopkins; “Sensatez y sentimientos”, por la que obtuvo el Óscar al mejor guion adaptado; y “En el nombre del padre”, otra producción donde demostró que puede sostener personajes complejos sin recurrir a exageraciones.
Con esos antecedentes esperaba encontrar una película que aprovechara el talento de una actriz capaz de expresar mucho con una mirada o un gesto. Al terminar la historia, mi impresión fue muy distinta. La actuación de Emma Thompson cumple con dignidad, pero el guion le impone demasiadas situaciones difíciles de creer.
La historia parte de una idea atractiva: una mujer llega por azar a una cabaña aislada en un paraje lleno de nieve y descubre que una joven es víctima de un secuestro. A partir de ese momento comienza una lucha por salvarla de una operación clandestina destinada a extraerle el hígado para trasplantárselo a una enferma criminal y desesperada por seguir viviendo.
El problema aparece cuando el espectador agudo empieza a examinar la lógica de los acontecimientos. El plan delincuencial resulta demasiado endeble. La película nunca explica quién realizaría una intervención médica tan compleja ni de qué manera pensaban culminar semejante procedimiento en un sitio perdido entre la nieve.
Tampoco termina de convencer la transformación de Barb (Emma Thompson) en héroe en medio de ese inhóspito lugar. Sabemos que viaja para cumplir el último deseo de su esposo fallecido, en cuanto a esparcir sus cenizas en la nieve, pero la transición entre una viuda en pleno duelo y una mujer decidida a enfrentar a dos delincuentes armados ocurre de manera demasiado rápida y poco convincente.
No se encuentra una razón sólida para que una persona sin experiencia en rescates, sin formación militar, sin ser experta en armas de fuego y sin conocimientos policiales decida arriesgar su vida en circunstancias tan extremas. Lo razonable habría sido huir y buscar ayuda cuanto antes.
El personaje (cual repentina Mc Gyver) comienza entonces a resolver dificultades con una habilidad inesperada. Encuentra soluciones ingeniosas para escapar, improvisa recursos y toma decisiones acertadas una tras otra. Nada de eso había sido preparado por el guion.
La secuestradora, por su parte, pierde toda coherencia. Está dispuesta a matar para obtener un órgano, pero deja con vida a la principal amenaza contra su plan. Descubre a Barb intentando escapar y, aun así, no acaba con ella. Esa decisión sólo favorece la continuidad de la historia.
Algo parecido ocurre con los disparos. La enferma elimina a los policías con sorprendente facilidad. Después, dispara una y otra vez contra Barb desde muy corta distancia y falla repetidamente, a pesar de la lentitud de anciana que se le nota a Emma Thompson. Más adelante, Barb, desde un ángulo muy difícil, responde con un solo disparo y logra herirla.
Otro vacío: Barb logra comunicarse por radioteléfono con la policía, pero el esposo de la enferma la sorprende, la toma por el cuello y la saca del vehículo. Durante el forcejeo, ella consigue clavar al bandido en un pie con la garra de un martillo. Hasta ese momento la secuencia conserva cierta lógica. Lo que resulta difícil de aceptar viene después: el hombre, que ha participado en un secuestro y sabe que Barb puede echar por tierra todo el plan, no la mata ni la mantiene bajo control. Comienza a hablar con ella, admite que está arrepentido y acepta ir en busca de ayuda.
Barb, por su parte, decide confiar en alguien que hace apenas unos minutos la tenía sometida y le pide que tome el vehículo y vaya él solo en busca de ayuda policial, en lugar de irse con él y amenazarlo con la pistola hasta sentirse a salvo. Ninguna de esas decisiones parece responder al sentido común. Todo indica que el guion necesitaba apartar al personaje para que la historia pudiera seguir el camino previsto.
La persecución hacia la cabaña tampoco resulta convincente. Barb vuelve a correr con notable dificultad, la otra mujer dispara varias veces con un rifle y no consigue alcanzarla. Obviamente, la secuencia busca crear tensión, pero termina debilitando la credibilidad de los hechos.
La parte final exige un esfuerzo mayor por parte del espectador. Barb, herida por un disparo de rifle, recibe golpes, soporta temperaturas extremas, cae en agua helada, continúa peleando y todavía encuentra fuerzas para imponerse físicamente a una mujer bastante más joven. Es decir, la biología queda relegada a un segundo plano.
Otro aspecto que me llamó la atención fue la ausencia del mundo exterior. La muchacha permanece secuestrada durante un tiempo considerable y nadie parece echarla de menos. No aparecen padres, familiares, amigos ni compañeros preguntando por ella.
Algo semejante sucede con los policías asesinados. Desaparecen junto con el vehículo oficial y nadie vuelve a comunicarse con ellos. Ningún superior se inquieta por la falta de respuesta. La historia permanece encerrada en la cabaña y olvida todo lo demás.
También me parecieron poco útiles los recuerdos de Barb con su esposo. Aportan información sobre el duelo que atraviesa la protagonista, pero no guardan relación con el conflicto principal ni ayudan a resolver el misterio. Su presencia termina fragmentando el desarrollo de la película.
Da la impresión de que el guion confió demasiado en el carisma de Emma Thompson. Su prestigio sostiene muchas escenas, pero ninguna actriz, por grande que sea, puede suplir las debilidades de una historia.
Todo esto me recordó una vieja lección de la literatura: la ficción puede plantear cualquier situación, siempre que respete la verosimilitud. El lector acepta lo extraordinario cuando el autor mantiene la coherencia de las reglas que él mismo ha establecido.
Aceptamos lo maravilloso en la novela “Pedro Páramo”, por ejemplo, porque, desde el principio, Juan Rulfo plantea que se trata de un mundo donde lo paranormal se cruza naturalmente con lo cotidiano. Así que nada sorprende ni se siente fuera de lógica. Lo mismo sucede con la saga de Harry Potter.
Cuando esa coherencia desaparece en una película, el espectador deja de seguir la historia y comienza a detectar las decisiones del guionista. Ya no observa a los personajes actuando según su personalidad, sino resolviendo problemas porque el libreto necesita llegar al desenlace.
No obstante, no considero “Muerte en invierno” una mala película. Tiene una premisa interesante, una actriz de enorme categoría y una ambientación que favorece la tensión. Sin embargo, me parece que la cantidad de vacíos que se van encontrando durante la proyección terminan pesando más que los aciertos. Quedé con la sensación de haber visto una oportunidad desaprovechada, una obra que habría podido ser mucho mejor si se hubiera concedido mayor importancia a la verosimilitud de sus propios acontecimientos.