𝐌𝐮𝐜𝐡𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐦𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐪𝐮𝐞𝐫𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐞𝐬𝐜𝐫𝐢𝐛𝐢𝐫, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐞𝐧𝐜𝐨𝐧𝐭𝐫𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐫𝐚𝐳𝐨́𝐧 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐧𝐨 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐫𝐥𝐨: 𝐟𝐚𝐥𝐭𝐚 𝐝𝐞 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨, 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚𝐬 𝐞𝐜𝐨𝐧𝐨́𝐦𝐢𝐜𝐨𝐬, 𝐚𝐮𝐬𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧 𝐛𝐮𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐩𝐚𝐜𝐢𝐨 𝐨 𝐥𝐚 𝐞𝐬𝐩𝐞𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚𝐬 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐢𝐝𝐞𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐪𝐮𝐢𝐳𝐚́ 𝐧𝐮𝐧𝐜𝐚 𝐥𝐥𝐞𝐠𝐚𝐫𝐚́𝐧.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Esta mañana conversaba con un colega que trabaja como docente en el Sena. Hablábamos de mis libros y, en algún momento, me dijo que siempre había tenido el deseo de escribir, pero que ahora no tenía tiempo. Sus clases y un emprendimiento que tiene con su esposa le ocupaban buena parte de los días. Mientras lo escuchaba, pensé que esa frase podía convertirse en una columna. No porque mi colega estuviera mintiendo, sino porque la frase “no tengo tiempo” es una de las respuestas que más he escuchado cada vez que alguien me dice que quisiera escribir.
Hace algunos años, otro colega y compañero de trabajo me dijo exactamente lo mismo. “Yo quisiera escribir, pero no tengo tiempo”. Entonces le pregunte: “¿Estas seguro de que no tienes tiempo?”. Lo había visto llegar en la mañana, tomarse un tinto, conversar, bromear, caminar de un lado para otro, salir a buscar las noticias, regresar, almorzar, sentarse a charlar en la cafetería, subir a la redacción, tomarse otro tinto y seguir conversando. Después se sentaba a escribir sus noticias, entregaba el material y se iba para su casa. Allí, seguramente, veía televisión o jugaba con el celular. Entonces le dije: “¿Tienes tiempo o no tienes tiempo?”.
La pregunta no pretendía negar que tuviera obligaciones. Por supuesto que las tenía. Todos las tenemos. El asunto era otro. Tal vez sí tenía tiempo, pero no había decidido reservar una parte para escribir. Y esa diferencia me parece fundamental.
El tiempo se ha convertido en el gran chivo expiatorio de quienes decimos querer escribir. Nadie discute con el tiempo. Si alguien dice que no tiene dinero, uno puede preguntarle en qué gasta lo que recibe. Si dice que no tiene tiempo, parece que no hubiera nada más que decir. El tiempo aparece entonces como una fuerza exterior que nos impide hacer aquello que supuestamente deseamos.
Pero muchas veces el problema no consiste en no tener tiempo, sino en no querer utilizarlo para escribir. Y esto no tiene nada de malo. Cada persona puede hacer con su tiempo lo que quiera. Puede trabajar, conversar, descansar, ver televisión, jugar con el celular o dedicarse a un emprendimiento. Lo que me parece curioso es que durante muchos años digamos que nuestro gran deseo es escribir y que, al mismo tiempo, siempre encontremos una razón para no sentarnos a hacerlo.
Tal vez la diferencia esté en que muchas personas no queremos escribir. Lo que queremos es haber escrito. Queremos tener el libro terminado, publicado y presentado. Queremos poder decir que somos autores. Lo que no deseamos necesariamente es atravesar los meses o los años de trabajo que hacen posible ese libro.
Porque, hasta donde he visto, escribir no es solamente imaginar una historia, tener una idea o pensar en un título. Es sentarse a producir palabras cuando nadie nos está obligando a hacerlo. Es regresar al texto cuando ya no nos entusiasma tanto. Es avanzar sin saber con exactitud cuándo estará terminada la obra.
Yo he aprendido a escribir de una manera que quizá para algunos resulte poco solemne. No espero disponer de una tarde completa. No necesito que el mundo desaparezca para sentarme frente al computador. Muchas veces escribo un párrafo. Al día siguiente agrego otro. Después regreso a lo anterior, corrijo y continuo. Así, poco a poco, el libro empieza a crecer.
Me parece que muchos nos enfrentamos a la escritura imaginando una especie de momento ideal. Tendría que estar libre de obligaciones, en una casa tranquila, con un estudio propio, un buen escritorio, una silla cómoda, un computador nuevo, un buen acondicionador de aire y todas las condiciones necesarias para concentrarse. Desde luego, sería maravilloso contar con todo eso. A todos nos gustaría escribir en buenas condiciones.
Pero una cosa es decir que esas condiciones ayudan y otra muy distinta afirmar que, sin ellas, no podemos escribir. Si esperamos a que la vida se acomode por completo, probablemente no escribiremos nunca. Siempre habrá una deuda, un trabajo, una preocupación familiar, una diligencia, una enfermedad o alguna otra obligación esperando su turno.
Dostoievski, para escribir, no espero a que desaparecieran sus problemas económicos. Kafka tuvo que combinar su deseo de dedicarse a la literatura con una profesión que no amaba. García Márquez conoció la pobreza en Paris y, aun así, siguió escribiendo. No menciono estos casos para decir que la pobreza sea necesaria para la literatura. No lo es. La precariedad no convierte a nadie en mejor escritor. Pero esos escritores demostraron que la vida no siempre ofrece las condiciones que uno quisiera. Hay personas que tienen talento de sobra, dinero y comodidades, pero no les da la gana de escribir. La flojera los domina.
Las buenas condiciones son una ayuda. Un buen computador es mejor que uno que falla constantemente. Un estudio propio es mejor que escribir en una mesa compartida. Una situación económica tranquila permite concentrarse más. Todo eso es cierto. No hay ninguna virtud en sufrir innecesariamente para escribir.
Lo que no podemos hacer es convertir la ausencia de esas buenas condiciones en la razón para no empezar. Porque entonces la pregunta deja de ser “¿quiero escribir?” y pasa a ser “¿quiero escribir únicamente cuando todo esté dispuesto a mi gusto?”.
Y ahí aparece una diferencia importante. Quien quiere escribir se pregunta que puede hacer con las condiciones que tiene. Quien quiere haber escrito espera que aparezcan las condiciones que considera necesarias.
Tal vez el problema está en que imaginamos el libro completo antes de comenzar. Pensamos en las trescientas páginas que habría que escribir, en la corrección, en la publicación y en todo lo que vendrá después. Esa imagen puede resultar abrumadora. Yo prefiero pensar en el párrafo de hoy. Un párrafo no parece una empresa imposible. Mañana habrá tiempo para otro.
Facundo Cabral decía: “Ni en broma digas que no puedes, porque el subconsciente no tiene sentido del humor”. No sé si el subconsciente funciona exactamente de la manera en que lo explicaba Cabral, pero hay algo cierto en esa idea. Las frases que repetimos sobre nosotros mismos terminan influyendo en nuestra conducta.
Si alguien se repite durante años “no tengo tiempo para escribir”, esa frase puede terminar convirtiéndose en una explicación automática. Cada vez que aparezca el deseo de escribir, aparecerá también la alarma: “Hey, no puedes. No tienes tiempo”. Y terminaremos obedeciendo una orden que nosotros mismos nos hemos dado.
Por eso prefiero otra frase: “No tengo tiempo para escribir un libro completo hoy, pero sí puedo escribir un párrafo”. Esa modificación cambia el tamaño del problema. Ya no hay que conquistar una tarde entera ni encontrar una vida nueva. Hay que buscar un pequeño espacio y utilizarlo.
Mi colega del Sena tiene sus clases y un emprendimiento con su esposa. Es posible que realmente tenga poco tiempo disponible. No conozco todos los detalles de su vida ni pretendo juzgarlo. Pero quizá algún día pueda preguntarse si desea realmente escribir o si desea solamente llegar al momento en que pueda decir: “Ya escribí mi libro”.
La pregunta puede ser engorrosa para cualquiera que diga que quiere escribir. Yo mismo tendría que hacérmela. Porque querer escribir no consiste en admirar la idea de convertirse en escritor. Consiste en sentarse, aunque el día no haya salido perfecto, y producir algo.
No se necesita una vida vacía de obligaciones para escribir. Se necesita encontrar una manera de escribir dentro de la vida que uno tiene. A veces serán dos páginas. A veces media. A veces un párrafo. Pero ese párrafo puede ser la continuación de una historia que, sin él, seguiría esperando.
Por eso, cuando alguien me dice que quisiera escribir, pero que no tiene tiempo, ya no sé qué responderle de inmediato. Tal vez le preguntaría: “¿Cuanto tiempo necesitas?”. Y después: “¿Podrías escribir un párrafo hoy?”. Porque un libro no aparece cuando finalmente llega la vida perfecta.
Muchas veces un libro empieza cuando uno deja de esperar ese momento y se sienta a escribir con lo que tiene. Y tal vez esa sea la diferencia entre querer escribir y querer haber escrito: el primero busca un espacio para comenzar; el segundo espera que algún día aparezca una vida en la que escribir resulte fácil.