Subscríbete a nuestro canal de Whatsapp

Acoso al turista: Eterno retorno

El video dura poco, pero en realidad no muestra nada nuevo. En Cartagena esa escena lleva tiempo repitiéndose: una turista rodeada, varias voces encima, una situación que se va cerrando poco a poco hasta que la salida más rápida termina siendo pagar para poder seguir caminando tranquila.

La reacción ha sido la de siempre: indignación, rechazo, llamados a cuidar la imagen de la ciudad y advertencias sobre el daño al turismo. Todo eso está bien, nadie lo discute, pero otra vez se queda uno con la sensación de que estamos mirando sólo la puntica del problema. Porque esto no empezó con ese video ni se resuelve señalando a los que aparecen ahí. Eso es apenas una muestra de algo que viene funcionando así todos los días, con más o menos intensidad, con cámaras o sin ellas, dependiendo de la suerte de quien pase por ahí.

Empecemos diciendo que Cartagena no vende solamente hoteles ni recorridos. También vende una experiencia completa, pues el centro histórico está armado como un escenario donde todo cuenta: la arquitectura, la música, la gente, la manera de hablar y la agitación de la calle. De modo que cuando una ciudad se convierte en experiencia, todo empieza a tener precio, no sólo en lo formal sino también en lo que antes parecía espontáneo: la canción, la foto, el peinado y la conversación corta que arranca en la esquina, todo entra en la lógica de generar ingresos.

Y es ahí donde la cosa empieza a enredarse, dado que lo que arranca como un ofrecimiento se vuelve insistencia; y esa insistencia, si nadie la regula, termina cruzando la línea hacia la presión, el visitante deja de decidir con calma y empieza a pensar en cómo salir del momento.

Entonces, no hay que suavizar el asunto: lo que vemos en el video es acoso puro y duro. Pero quedarse únicamente ahí es dejar por fuera la pregunta importante: ¿por qué eso se repite con tanta frecuencia y por qué nadie logra ponerle un freno claro?

El centro histórico es un punto de rebusque donde conviven muchas actividades al mismo tiempo. Hay músicos, fotógrafos, vendedores, guías informales; en fin, gente que ofrece de todo. Y todos mirando al mismo flujo de turistas que llega y se va sin repetir rostros.

El problema es que ese espacio funciona sin reglas claras que se sostengan en el tiempo. Hay presencia de autoridad, por supuesto, pero aparece por momentos. Un día hay control, pero al siguiente día cada quien vuelve a resolver lo suyo como puede. Y cuando todo depende de resolver “como se pueda”, la insistencia se vuelve herramienta. El que logra detener a alguien unos segundos más, tiene ventaja; mientras el que se queda atrás, pierde la oportunidad y con ella el ingreso del día.

Por eso los límites se van corriendo sin que nadie lo note de golpe. Lo que antes era insistente ahora se vuelve invasivo; y lo que era una expresión espontánea empieza a repetirse como fórmula. Es ahí donde el rap entra en otra dinámica. Deja de ser un asunto de creación para convertirse en un mecanismo rápido de cobro, una estructura que se repite, porque ya se sabe que funciona para sacar algo en pocos minutos.

Pero en ese asunto hay un detalle que no se ha dicho lo suficiente: dentro del mismo grupo de raperos hay molestia, empezando porque algunos llevan tiempo trabajando ahí y sienten que llegó gente nueva que no respeta nada, que entra de frente a presionar y termina dañando al gremio sin distinciones.

El problema es que desde afuera nadie distingue, puesto que para el turista todos son lo mismo, y en ese mismo saco terminan cayendo los que sí intentan hacer su trabajo sin pasarle por encima a nadie.

Mientras tanto, la ciudad oficial sigue hablando de orden, de turismo organizado y de experiencias bien cuidadas. Pero lo que pasa en la calle cuenta otra historia, una mucho más desordenada y menos controlada. No es que no haya Estado. Sí lo hay, pero aparece cuando el tema explota a nivel nacional y para anunciar medidas, para organizar operativos y aumentar la presencia. Después, baja la presión y todo vuelve a su punto habitual.

Así las cosas, el turista deja de ser solamente un visitante y pasa a ser una oportunidad, en el sentido de que cada persona que camina por el centro es leída por los rebuscadores como posibilidad de ingreso inmediato. También hay una presión diaria que no se puede ignorar. Mucha gente depende de lo que logre ese mismo día para poder seguir. Eso no convierte la presión en algo válido, pero ayuda a entender por qué se vuelve tan insistente. Además, como no hay cambios de fondo, el ciclo se repite. Aparece un video, hay reacción, se promete control, se calma la cosa y luego todo sigue igual, esperando el próximo escándalo.

El centro histórico sigue funcionando como un lugar donde casi todo se negocia sobre la marcha, sin reglas firmes que ordenen la relación entre quienes trabajan ahí y quienes llegan a visitarlo. En consecuencia, lo que se vio en ese video no es raro. Es lo cotidiano que esta vez quedó grabado y se volvió visible para todo el mundo. De manera que, mientras la ciudad siga apostándole a la vitrina sin organizar lo que pasa adentro, estas escenas van a seguir apareciendo, aunque cambiando de protagonistas, pero repitiendo la misma historia.

Subscríbete a nuestro canal de Telegram

Deja un comentario

Aquí resolvemos sus inquietudes
Scroll to Top

Iniciar sesión