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Juan Carlos Coronel, la búsqueda incesante

“Quien canta, su alma levanta”, dice el viejo adagio; y en el caso del cantante cartagenero Juan Carlos Coronel, la frase no suena a consigna sino a historia vivida. Su reciente álbum, Chamba Cumbia, aparece en ese punto de la vida en el que cantar ya no es una promesa ni una apuesta sino una manera de estar en el mundo. No llega con la urgencia de quien necesita probar algo sino con la serenidad de quien ha aprendido a escoger el momento, el sonido y el rumbo.

Este álbum —o mejor, los álbumes— se abren como dos caminos que parten del mismo lugar. Por un lado, la descarga salsera de “Guajuancoronel”, con sus metales encendidos y ese golpe de tumbadora que empuja el cuerpo hacia la pista. Por el otro, “Folcloronel”, que se mete en la tierra húmeda del Caribe, en los tambores que vienen de lejos y en la gaita que no pide traducción. No es una división caprichosa sino una declaración: Coronel no elige entre una cosa y otra, porque no lo necesita. Ha vivido en ambos mundos y los recorre con la misma naturalidad con la que alguien cruza una calle conocida.

Ahí están los temas, con nombres que no parecen puestos al azar sino arrancados de una memoria colectiva: Casilda Cundumí Dembelé, Juan de Dios, Getsemaní, y La Resistencia. Canciones que no solo suenan sino que también evocan, que traen consigo historias, personajes y calles. Hay una intención clara de mirar hacia adentro, hacia ese Caribe que no es postal sino latido, barrio, tambor y voz.

Coronel lo llama a su manera: “Folcloronel”. No es una etiqueta pensada para vender sino una forma de nombrar lo que se ha venido construyendo sin apuro. Una mezcla donde caben la raíz afrocolombiana y las herramientas que el tiempo le ha ido dando, sin que una cosa desplace a la otra. En ese equilibrio está buena parte de la fuerza del álbum.

A estas alturas, podría haberse quedado en la comodidad de sus propios éxitos, repetir fórmulas y girar sobre lo conocido. Pero Chamba Cumbia no suena a repetición. Suena a un artista que, después de más de cuatro décadas de oficio, decide volver a ciertas esencias sin nostalgia, con la intención de decirlas otra vez, pero de otra manera.

Hay algo más que música en ese gesto. Hay una relación con el origen. Porque cuando Coronel canta Getsemaní, no está mencionando un barrio cualquiera. Está volviendo a un punto de partida, a una geografía íntima que sigue marcando el ritmo de lo que hace. Y cuando nombra a Juan de Dios o a Casilda Cundumí Dembelé, no está inventando figuras: está recogiendo voces que han estado ahí, circulando y esperando quien las cante.

El resultado no es un álbum para demostrar virtuosismo, aunque lo haya. Tampoco es un ejercicio de nostalgia, aunque mire hacia atrás. Es, más bien, una especie de síntesis: el lugar donde coinciden el cantante que empezó en una tarima de barrio, el que recorrió el país con una canción pegada en la garganta y el que hoy se permite construir su propio sonido sin mirar de reojo.

Por eso Chambacumbia no se siente como un regreso sino como una continuación, un capítulo más de una historia larga, en la que cada giro ha tenido su razón. Y en la que, a pesar de los cambios, hay algo que permanece: esa manera de cantar que no se aprende en ninguna escuela, porque viene de antes, de más adentro.

Desde ahí arranca todo. Desde esa voz que no se apura, que no necesita levantar el volumen para hacerse notar, que se instala en la canción y la lleva hasta donde tenga que ir; y desde ahí también se entiende lo demás: la trayectoria, los desvíos y las búsquedas. Todo lo que vino antes y todo lo que sigue.

Porque si algo deja claro este nuevo trabajo fonográfico es que Coronel no está cerrando un ciclo sino que está abriendo otro, con la misma convicción con la que empezó, pero con todo lo aprendido a cuestas; y eso, en un oficio donde tantos se repiten, ya es una forma de decir mucho sin necesidad de explicarlo.

Hay un momento en la vida de Juan Carlos Coronel en el que la música deja de ser una carrera y se convierte en territorio propio. Chamba Cumbia, su trabajo más reciente, nace justamente ahí, en ese punto donde ya no hay que impresionar a nadie ni responder a expectativas ajenas. Es un compendio que no busca complacer tendencias ni ajustarse a moldes: más bien recoge todo lo que ha sido Coronel (la cumbia, el bolero, la salsa, en fin, la memoria caribe) y lo devuelve con la naturalidad del que ha vivido lo suficiente como para no fingir.

No es una ruptura sino una consecuencia. En Chamba Cumbia hay algo de retorno, pero también de afirmación. Suena a lo que siempre estuvo ahí, esperando el momento preciso para salir sin intermediarios, pues si algo ha hecho Coronel a lo largo de los años es moverse, cambiar de orilla cuando el paisaje se vuelve predecible; y ensayar otros caminos cuando el éxito amenaza con repetirse. Esa inquietud es la que termina dándole forma a un trabajo que no pretende demostrar nada, pero dice mucho.

***

El mundo de las grabaciones se presentó muy temprano en la vida de Juan Carlos Coronel. Él lo había deseado desde que era un niño en la calle de La Sierpe, del barrio Getsemaní. Su casa, donde ahora se ubica un lujoso restaurante, quedaba al lado de la Jabonería Lemaitre, pero el ruido de las maquinarias no opacaba la voz de Mercedes Vargas, la madre, quien acompañaba los quehaceres hogareños cantando boleros, guarachas y brasilera. Tampoco opacaba la radiola de Alfredo Coronel, el padre, fanático ferviente de la salsa, quien hablaba de Lavoe, de Blades y de Pacheco como si fueran sus primos.

El niño Juan Carlos imaginaba los estudios de grabación como espacios del otro mundo (“como un ovni”, suele decir), pero ante sus compañeros de colegio ocultaba sus deseos de ser cantante, pues, para la época, la imagen social de los músicos estaba injustamente relacionada con la ingesta irresponsable de licor, el sexo desenfrenado y las drogas. Por eso, Coronel afirmaba en público que quería ser ingeniero de petróleos, médico o abogado, pero muy dentro de su conciencia se agitaba la idea de algún día transformarse en un Frank Sinatra, en un José José o en un Julio Iglesias, para pisar escenarios internacionales y vender discos en todo el espacio planetario.

Nunca pensaba en la música tropical, a pesar de que sus padres eran aficionados a tales manifestaciones del folclor de la Región Caribe. De hecho, y apenas con 12 años de edad, empezó a cantar en hoteles, acompañado de orquestas cuyos directores lo encargaban de los boleros y las baladas, mientras las canciones de corte tropical estaban a cargo de cantantes más duchos en esas lides. Uno de ellos era el también principiante Nando Pérez, quien, cualquier día, por quebrantos de salud, no pudo asistir al hotel, de modo que el director de la orquesta le encargó a Coronel que lo reemplazara.

El porro Carmen de Bolívar (Lucho Bermúdez) fue la escogida por Juan Carlos para adentrarse en la música tropical, pero para interpretarla se escondió detrás de una viga, porque le avergonzaba que lo vieran cantando esa música populachera que estaba muy lejos de los finos arpegios de la balada y del bolero. Sin embargo, la incursión tuvo sus frutos positivos, pues el productor Wady Bedrán Jácome no solo le elogió la voz y la destreza con que la manejaba sino que también le anunció que le conseguiría una grabación en la disquera Fuentes, de la ciudad de Medellín.

Coronel, quien todavía seguía imaginando los estudios discográficos como un escenario de otro planeta, no creyó en la promesa de Bedrán Jácome, pero, días después, casi se va de espaldas cuando el productor se le presentó con unos tiquetes aéreos con destino a Medellín, donde lo estaba esperando el compositor y productor Isaac Villanueva. El viaje no fue fácil, porque los padres se oponían alegando que el mundo de las grabaciones eran la antesala de la perdición. Pero días después lo acompañaron al aeropuerto.

Tal como lo había imaginado desde sus años infantiles, el estudio de grabación era como el interior de la nave espacial que se veía en la serie televisiva Perdidos en el espacio. Pero no fue eso lo que más impresionó a Coronel sino el tener por delante nada menos y nada más que al gran Julio Ernesto Estrada (Fruko), a quien solo había visto en las carátulas de los discos y, una que otras veces, en la televisión. Casi se desmaya. Más adelante por poco padece un colapso cuando Fruko lo abrazó fuertemente después de haber grabado la canción Salomé, para el grupo Afrosound, motivo por el cual le pidieron que grabara otras dos: ¿Qué te pasó? y Mosaico santero.

No obstante esa experiencia, Coronel regresó a Cartagena todavía pensando en convertirse en un Camilo Sesto o en un Juan Gabriel, cuando consiguió trabajo con el saxofonista Blas “El Michi” Sarmiento, quien respondía por las veladas musicales del bar El tormentín, en el piso 21 del hotel Las Velas, del barrio Bocagrande, al cual se presentó una noche el pianista cartagenero Víctor “El Nene” del Real, quien, a la sazón, laboraba con la orquesta barranquillera “Adolfo Echeverría y sus mayorales”, grupo que, por esos días, estaba necesitando un cantante.

Al percatarse de la presencia de El Nene, Coronel, a pesar de lo cansado que estaba a esas horas, le sugirió a El Michi ejecutar una canción salsera para agasajar al recién llegado; y así lo hicieron, con el resultado de que el pianista lo invitó a Barranquilla, a formar parte de Los Mayorales, pero, al igual que con Wady Bedrán, Coronel no creyó. Otra vez se imaginó un ovni, idea que El Nene tuvo que desmontarle durante varias semanas llamándolo por teléfono o visitándolo en la casa de sus padres.

Cuando por fin Coronel aceptó, se encontró con que en Barranquilla estaban pegadas las canciones que había grabado con Fruko, por lo cual a cada rato le enviaban invitaciones a Panamá, Ecuador y Venezuela, pero sus padres no le daban permiso, de manera que le tocó pasarse dos años trabajando con Los Mayorales, hasta que el clarinetista sucreño Carlos Piña Valderrama le sugirió a El Nene que organizara un grupo nuevo con Coronel, pero con la idea expresa de grabar enseguida una producción discográfica. Y fue así como nació la legendaria orquesta “El Nene y sus traviesos”.

Pero mientras El Nene y Coronel seguían laborando con Los Mayorales, al mismo tiempo iban organizando el que sería su primer trabajo discográfico, mientras que Juan Carlos firmaba contrato con la disquera Codiscos, sin tomar en cuenta que aún tenía vigente el trato con Fuentes, lo que produjo una disputa jurídica entre ambas casas fonográficas por la exclusividad del cantante, lo que se zanjó cuando Coronel expreso claramente que no deseaba seguir siendo un segundón en la orquesta de Fruko sino la voz líder de El Nene y sus traviesos. Y fue eso lo que ocurrió.

La prueba de fuego se presentó en 1983, cuando publicaron el primer trabajo discográfico con Codiscos, que se tituló simplemente “El Nene y sus traviesos. Canta: Juan Carlos Coronel, el coronel del sabor”, del cual surgieron tres éxitos como la cumbia El resplandor (Joe Arroyo), el fandango La chismosa (Ramón Chaverra) y el son montuno El micrófono (Hugo Alandete). El long play, tal como los que se publicaron posteriormente, fue una combinación de música folclórica del Caribe colombiano con ritmos afroantillanos, específicamente la salsa dura.

Al año siguiente, 1984, llegó la consagración definitiva del cantante: se publicó la producción titulada Patacón pisao, cuyo éxito fue la canción que lleva ese mismo título y surgida de la pluma del compositor chocoano Ramón Chaverra, quien, al igual que Coronel, se proyectó a nivel nacional e internacional, pues el tema no sólo abrió escenarios fuera de Cartagena y de Colombia sino que también era interpretado por otras orquestas y hasta fue grabado por el dominicano Johnny Ventura, pero sin la firma de Chaverra, lo que derivó en un lío internacional por derechos autorales, aunque esa es otra historia.

Pero no sólo fue Patacón pisao. También sonaron canciones como la salsa romántica El ventanal (Joe Arroyo), el cumbión Se me cae, se me cae (Hugo Alandete) y el pasaje El ñato (Joe Aroyo). En los años subsiguientes, Coronel logró nuevas producciones con Los Traviesos, de donde sonaron éxitos como la guaracha Llegó borracho  (Lucho Vega), el son montuno Mi tierra (Hugo Alandete), la cumbia Con la mano pelá (Ramón Chaverra), el lamento No la dejo de querer (Samuel Julio Flórez), la guaracha Kikirimiau (Hugo Alandete), el compas haitiano Juliongo Florongo (Samuel Julio Flórez) y el son montuno Baracaniguara (Leonidas Plazas), entre otros.

Algunas de esas canciones fueron grabadas después de la salida de Los Traviesos de la disquera Codiscos, para firmar contrato con la disquera Diskarime, donde Juan Carlos Coronel, una vez independizado del Nene del Real, firmó contrato como solista y publicó el long play Les salió general, del cual las emisoras de entonces le abrieron promoción a la canción Ven, una adaptación de la célebre canción Noel sans lune, del cantautor haitiano Gesner Henry, líder de la legendaria agrupación Coupe Cloue, aunque Coronel le imprimió una letra diferente.

Pese a la sólida popularidad que ese repertorio le estaba granjeando a Coronel en todo el país, el vocalista comenzó a maquinar en que ya era hora de apartarse de los sonidos folclóricos y de las rítmicas afroantillanas antiguas, para adentrarse en las propuestas que estaban compitiendo en el mercado discográfico arrancando desde Miami y Nueva York y abarcando toda la cuenca caribeña. Una de esas propuestas era, indiscutiblemente, la salsa romántica liderada por nombres como Frankie Ruiz, Eddie Santiago, Ray Ruiz, Gilberto Santa Rosa, Lalo Rodríguez, Tito Gómez y Tito Rojas, entre otros no menos importantes.

Así las cosas, el nuevo rostro de Coronel se afianzó en los nombres de dos cartageneros igualmente geniales: el trombonista Rey Arturo González y el compositor Luis Lambis Castillo. Con ellos emprendió una cosecha musical de talla internacional, que puso en los primeros lugares canciones como Y tú no estás (Luis Lambis), La única (Luis Ángel Márquez), Ayer la vi (Sandy Rico) y  La incondicional (Juan Carlos Calderón), que pertenecen al primer long play grabado con los arreglos de Rey Arturo.

Para el siguiente, titulado Guerrero del amor (1990), Coronel decidió que todas las canciones fueran de la autoría de Luis Lambis, quedando como clásicas de su repertorio las nombradas como Ella no sabe sentir y Me estoy enamorando de ti. Las producciones posteriores significaron buenos aportes para el mundo de la salsa romántica mediante canciones como Tú me estás volviendo loco, Demasiado tarde para amar, Mas allá de todo, Amor en silencio, La mamá de Claudia, Vuélveme a querer, Huecos en el pantalón y Un amor que termina así.

La apuesta con Rey Arturo González llegó hasta 1994 mediante la publicación de un álbum titulando Cabalgando el tiempo, un trabajo grabado en su totalidad en estudios de San Juan de Puerto Rico, el cual contó con la participación de artistas borinqueños prestigiosos como Tony Villarini, Tito Gómez, Toñito Vásquez, Rafi Torres, Ángelo Torres, Pedro Pérez y Luis Marín, entre otros de igual importancia. Sin embargo, pese a la calidad de los arreglos, las letras y la interpretación de Juan Carlos Coronel el nuevo trabajo padeció un silencio absoluto a nivel de emisoras, pero todavía se trata de un  disco de excelsa calidad que, sin embargo, muy poca gente conoce.

A mediados de los años 90 el panorama de la música popular colombiana entró en una período que se conoció como “la moda del reencauche”, del cual no se salvó Juan Carlos Coronel, quien aportó varias producciones, arrancando con un homenaje a Lucho Bermúdez, el cual contó con la participación de Carlos Piña, quien no sólo se encargó de la ejecución del clarinete “a lo Lucho” sino también de los arreglos y del componente orquestal, que debía llevar el mismo sello de big band con que Bermúdez dio a conocer sus grabaciones a mediados del siglo XX.

Al año siguiente (1996), Coronel no volvió a jugársela con el reencauche sino con una propuesta más ambiciosa en cuanto a elaboración de arreglos, empresa para la cual contó con el concurso del instrumentista barranquillero Juventino Ojito y su orquesta Costa Norte. Esa producción se tituló Abrazando mi cultura, que no fue acogida por el grueso público, pero sí por melómanos y coleccionistas, quienes destacan la alta factura de los arreglos en un listado de porros, cumbias, chandés y sones caribeños que repentinamente se entrelazan adornados con guitarras eléctricas, trombones, clarinetes, flautas, coros altisonantes, pero sublimes, que lastimosamente no son para cualquier oído. La única canción que medio contó con la anuencia de la radio fue Lamento naufrago (Rafael Campo Miranda), tal vez por la ejecución digerible que, al contrario de las demás, se le aplicó sin restricciones.

Los siguientes aportes a la moda del reencauche se titularon Tributo romántico (1997) y Memorias del alma (1998). El primero es una selección de boleros clásicos de La sonora matancera, donde Coronel demostró la versatilidad que aprendió de Mercedes Vargas, mientras la oía cantar lavando las cortinas de la sala; y el segundo también contiene boleros históricos, pero de diferentes artistas oriundos de diversos puntos del área del Caribe. Ambas producciones gozaron de una magnífica promoción por parte de la desaparecida disquera BMG.

Con la producción Un mundo para dos (1999), los admiradores de Coronel celebraron su vuelta a la salsa romántica, toda vez que las emisoras, la piratería y el mundo picotero se centraron únicamente en la canción Nena (Jaime Villanueva), que hizo recordar sus incursiones con Los Traviesos y Rey Arturo González, pero resulta que el resto del disco compacto estaba compuesto por bachatas y otros aires que él mismo califica como “un poco de vainas raras”, que, no obstante, la sirvieron para finiquitar su contrato con la BMG.

Contrario a lo que sus admiradores creyeron, Coronel no volvió a la salsa romántica sino al reencauche, esta vez aconsejado por el instrumentista y compositor venezolano Illan Chester, quien le recomendó que le hiciera un homenaje a la música del interior de Colombia (que excluyentemente llaman “música colombiana”), constituida por pasillos, bambucos, torbellinos y demás aires de la zona andina.

Fue así como nació la producción Cancionero del amor (2000), que contiene temas archi reconocidos como Cuando voy por la calle, Oropel,  Pueblito viejo, Amor se escribe con llanto, Espumas, Pesares, Yo también tuve 20 años, Flor de campo, Soy colombiano y Noches de Cartagena, que nuevamente fue una pieza para coleccionistas, a la cual las emisora especializadas en música romántica estilizada ni siquiera le prestaron atención.

Ese mismo año se reeditó el LP Baracaniguara, que Juan Carlos Coronel había grabado con Víctor “El Nene” del Real y el cantante antioqueño John Jairo Murillo, pieza que contiene nueve cumbias y el son montuno que titula el disco, a la vez composición de Leonidas Plaza, que originalmente también era una cumbia, pero fue transformada con tanto éxito en la Región Caribe que se convirtió en un clásico radial y de estaderos. El larga duración fue concebido por la empresa Discos Victoria para el mercado discográfico de México.

Entre los años 2000 y 2001, Coronel ingresó a la disquera Fuentes, para publicar tres producciones que significaron su vuelta a los ritmos de la Región Caribe. El primero se tituló El tumbao de Coronel, donde se incluyeron porros, cumbias, fandangos, cumbiones, pasaboles y guarachas bajo una orquestación magnífica, que podría considerarse una de las mejores en la carrera del cartagenero, hablando específicamente de música raizal. También publicó la producción A dúo…los reyes del trópico en la cual aportó su voz a las canciones que Joe Arroyo había hecho famosas con su orquesta La Verdad. En cada tema, una parte es cantada por Coronel, mientras que en la otra se deja la vieja grabación de Arroyo. La última producción se tituló Guarachando con el coronel, en la que se hace acompañar de un conjunto de acordeón, para vocalizar la música afroantillana que hiciera famosa Aníbal Velásquez y demás acordeonistas que integraron ese movimiento en la década de los años 50.

La ambición de seguir descubriendo y experimentando sonidos podría decirse que se solidificó cuando logró organizar su propio estudio de grabación en Barranquilla, ciudad donde reside, de cuya puesta en marcha se cristalizó un primer álbum que llevó el título de Superstición, equipado con 12 canciones, de las cuales Morirme de amor (Adrián Villamizar) llamó la atención del público amante de la salsa romántica, pero el resto de canciones gozan de una interesante fusión de arreglos e instrumentaciones que incluye el paseo vallenato La muchachita (Alejo Durán), aunque el feeling de Coronel para esos aires es un poco discutible. Fue en esa etapa donde surgió el concepto de “Folcloronel”, “el folclor visto desde mi perspectiva”, ha explicado el cantante.

En 2011 siguió recuperando clásicos de la expresión raizal del Caribe colombiano, mediante un homenaje al compositor magdalenense José Barros, producción que mereció que le otorgaran el Grammy Latino al mejor álbum cumbia/vallenato.

Aunque en la década de los noventa Coronel ya se había dado gusto interpretando la balada A mi hijo (Conrado Marrugo), con la cual ocupó el segundo lugar en el concurso de la OTI, puede decirse que ese deseo lo llevó al máximo grado cuando grabó, en 2012, el álbum De un coronel a un príncipe, un homenaje a las baladas más famosas del cantante mexicano José José. En esa ocasión, el baladista Cristian Castro también dedicó un homenaje de tres discos compactos al veterano vocalista azteca, pero ese tributo no opacó el aporte de Coronel, quien logró el aplauso general del mundo hispanoparlante. Se ha dicho con ostensible insistencia que esa producción es uno de los mejores logros vocalísticos de Coronel, sospecha que queda más que demostrada en las presentaciones en vivo.

Coronel considera que su summa cum laude en el arte musical es el álbum Lenguaje universal, grabado bajo la producción del reconocido Jorge Calandrelli,  en los estudios de Firehouse, de  Pasadena (California); y en Capitol Records, en Hollywood, donde se incluyeron los clásicos del cancionero norteamericano, traducidos del inglés al español. Algunos de esos temas son: New York, New York; Ven a volar, Hasta el fin, Junto a mí y El beso que imagino, entre otros, que se han conocido en la voz de Frank Sinatra y de otros vocalistas igualmente trascendentales de la escena mundial.

Debe decirse que estas aventuras musicales que Juan Carlos Coronel ha emprendido a lo largo de su carrera musical, no siempre son comprendidas por el gran público (sobre todo, el de la Región Caribe), pues se cree que el cartagenero debió seguir siendo uno de los representantes de Colombia en el concierto de la salsa romántica, aunque de vez en cuando grabara algunas producciones con las apuestas sonoras que siempre le han movido la curiosidad.

Pero lo que sí no puede negarse es que se trata de uno de los cantantes más grandes que ha dado la música popular colombiana en todos los tiempos. Que ha hecho de todo y de la mejor manera, nunca ambicionando (como él mismo asegura) convertirse en un artista de moda sino en un músico que supo aprovechar con excelencia sus cualidades vocales y el amplio espectro de sonidos que desde niño le ofrecieron el Caribe y el mundo.

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