𝐄𝐥 𝐚𝐭𝐞𝐧𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐚 𝐥𝐚𝐬 𝐓𝐨𝐫𝐫𝐞𝐬 𝐆𝐞𝐦𝐞𝐥𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐍𝐮𝐞𝐯𝐚 𝐘𝐨𝐫𝐤 𝐡𝐢𝐳𝐨 𝐯𝐞𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐱𝐢𝐬𝐭𝐞𝐧 𝐭𝐫𝐚𝐠𝐞𝐝𝐢𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐢𝐦𝐞𝐫𝐚, 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐧𝐝𝐚 𝐲 𝐭𝐞𝐫𝐜𝐞𝐫𝐚 𝐜𝐚𝐭𝐞𝐠𝐨𝐫𝐢́𝐚, 𝐥𝐨 𝐜𝐮𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐩𝐞𝐧𝐝𝐞 𝐝𝐞 𝐝𝐨́𝐧𝐝𝐞 𝐨𝐜𝐮𝐫𝐫𝐚𝐧 𝐲 𝐚 𝐪𝐮𝐢𝐞́𝐧 𝐥𝐞 𝐨𝐜𝐮𝐫𝐫𝐚𝐧.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
El 11 de septiembre de 2001, después de los atentados a las Torres Gemelas de Nueva York, una mujer latina, radicada en esa ciudad, envió al medio impreso donde yo trabajaba un correo en el que contaba lo que había visto en vivo y en directo. Pero de todo lo que dijo hubo una frase que se me quedó dando vueltas durante mucho tiempo: “No entendemos quién pudo haberse atrevido a tanto”.
No dijo solamente: “Qué horror, cuántos muertos, qué tragedia”. Dijo “atreverse”. Solo le faltó agregar: “¿Cómo se les ocurre atacar a Estados Unidos? Vayan a hacer esos atentados en otra parte. Qué insolencia. Respeten”.
La palabra me llamó la atención porque parecía contener una idea que iba más allá del espanto de aquel día. Era como si la pregunta no fuera solamente quién había cometido semejante barbaridad, sino cómo alguien había tenido la osadía de hacerla allá, en Nueva York, en el corazón de Estados Unidos.
Por eso pensé que, a lo mejor, aquella palabra decía mucho más de nosotros de lo que decía de los estadounidenses. Porque parece que en este mundo hay tragedias que reciben pasaporte diplomático y otras que viajan en tercera clase.
Cuando las Torres Gemelas se vinieron abajo, el planeta entero se detuvo a mirar. Durante días, semanas y después años vimos las mismas imágenes, escuchamos las mismas historias, conocimos los nombres de las víctimas, vimos sus fotografías, sus familias, sus hijos, sus padres, sus compañeros de trabajo. El acontecimiento terminó convertido en una especie de patrimonio emocional de la humanidad.
Pero aclaro que no estoy diciendo que no lo mereciera. Murieron personas inocentes. Trabajadores, pasajeros, empleados de oficinas, bomberos, policías. Gente que salió de su casa aquella mañana pensando que regresaría por la noche. No hay ninguna justificación para haberlos convertido deliberadamente en víctimas.
Mi pregunta es otra: ¿Por qué algunas tragedias consiguen convertirse en “la gran tragedia”, mientras otras apenas consiguen ser una noticia? ¿Por qué cuando la desgracia ocurre en Nueva York parece que le ocurrió a la humanidad entera, pero cuando ocurre en algún pueblo africano o asiático, en una comunidad indígena latinoamericana o en una ciudad que no figura en los mapas de las grandes cadenas internacionales, la humanidad parece tener cosas más urgentes que hacer?
Los muertos son iguales. Lo que no siempre es igual es la atención que les prestamos, que es donde comienza el asunto que me interesa.
Hay países a los que nadie puede tocar sin que el mundo entero se pregunte quién fue el insolente; y asimismo hay países que pueden ser invadidos, bombardeados, intervenidos o convertidos en escenario de operaciones militares, mientras para explicar lo ocurrido aparecen palabras mucho más tranquilas: seguridad, democracia, intereses nacionales, lucha contra el terrorismo o liberación.
La violencia cambia de nombre según quien la ejerza. Pero no quiero convertir esto en una caricatura según la cual todo lo que haga Estados Unidos sea malo y todo el que se enfrente a Estados Unidos sea bueno. Sería demasiado fácil; y, además, falso.
Un terrorista que asesina civiles no se convierte en héroe porque su enemigo sea una potencia. Una bomba no se vuelve justa porque quien la lance tenga una bandera determinada. Pero también habría que preguntarse si aplicamos exactamente el mismo criterio cuando cambia el nombre del país que dispara.
La historia está llena de ejemplos. América Latina conoció golpes de Estado, intervenciones, invasiones y dictaduras en las que Estados Unidos tuvo distintos grados de responsabilidad o participación. Chile conoció el golpe contra Salvador Allende. Panamá conoció la invasión de 1989. Vietnam conoció una guerra devastadora. Irak fue invadido en 2003 bajo argumentos que después quedaron profundamente cuestionados.
Sin embargo, ninguna de aquellas tragedias consiguió instalarse en la conciencia mundial con la misma intensidad emocional del 11 de septiembre. Eso no significa que el 11-S haya sido exagerado porque hubo tragedias peores, puesto que el dolor no funciona como una tabla de posiciones. No tiene sentido decir que tres mil muertos importan menos porque en otra parte murieron cien mil.
La pregunta es otra: ¿Por qué unas muertes consiguen convertirse en memoria universal y otras terminan convertidas en estadística?
Quizá porque el poder también tiene una geografía.
Durante siglos, indígenas y africanos fueron víctimas de una violencia espeluznante en América. Pueblos enteros fueron diezmados, esclavizados, desplazados y despojados. Millones de africanos fueron arrancados de sus tierras y convertidos en mercancía; y buena parte de esa historia todavía se cuenta con una frialdad que contrasta con la enorme carga moral que hemos aprendido a asociar con otras tragedias.
El Holocausto nazi merece, por supuesto, un lugar fundamental en la memoria humana. Fue un proyecto sistemático de exterminio llevado adelante por un Estado. Pero reconocer su singularidad no debería obligarnos a vivir eternamente bajo la idea de que las demás tragedias humanas ocupan un lugar menor.
La pregunta no debería ser cuál genocidio merece más lágrimas. Debería ser esta: ¿Por qué necesitamos que una tragedia ocurra en determinado lugar, le ocurra a determinado pueblo y sea narrada desde determinados centros de poder para sentir que nos concierne a todos?
De pronto por eso sigo recordando aquella frase de la mujer latina: “¿Quién pudo haberse atrevido a tanto?”; y al mismo tiempo me pregunto si, sin proponérselo, esa mujer estaba diciendo algo más profundo: “¿Cómo pudieron atreverse a hacer aquí lo que tantas veces otros han sufrido en lugares pobres y remotos?”
A lo mejor el problema no está en que los estadounidenses hayan llorado a sus muertos. Hicieron bien. El problema estaría en que nosotros, desde América Latina, África o cualquier otro rincón del planeta, aceptemos que para que una tragedia nos conmueva tenga que ocurrir en Manhattan, París o Londres, porque entonces ya no estaríamos hablando solamente de sensibilidad. Estaríamos hablando de una escala mundial en la que parece haber muertos de primera, de segunda y de tercera categoría.
Y esa sí sería una tragedia.