Subscríbete a nuestro canal de Whatsapp

Los animales en el conflicto armado

En cuanto escuché la noticia de la investigación que hizo la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), con el apoyo de la Universidad de Essex, de Reino Unido, en el sentido de proponer que los animales sean considerados víctimas del conflicto armado en Colombia, me acordé de la novela “Tierra quemada”, del escritor chocoano Óscar Collazos.

En ese relato hay una escena desgarradora donde un grupo de hombres armados obliga a los habitantes de un pueblo a huir, pero primero matan a todos los perros en una masacre cruenta, inhumana, bestial, pero necesaria — según los asesinos—, para que los enemigos no detecten los ladridos.

Es que la guerra en Colombia no sólo se peleó con fusiles. También se peleó contra todo lo que estorbara, contra todo lo que pudiera delatar y contra todo lo que no encajara en el control absoluto del territorio. De esa manera, un perro deja de ser un animal querido y se convierte en un problema serio; y cuando algo, en medio de la guerra, se vuelve problema, se elimina sin contemplación.

También me acordé de la anécdota que alguna vez me contó una vecina nativa de un municipio de los Montes de María, donde su madre tenía una finquita a media hora del casco urbano. Allí criaba gallinas, pavos, patos y cerdos para negociar en la subregión. Todos los días se levantaba a las cuatro de la madrugada para irse caminando hasta el aposento. Un día se hizo acompañar de mi vecina (quien para entonces tenía 13 años), pero se encontró con que la roza estaba invadida de hombres armados, quienes le insinuaron que les entregara a la hija. “Porque está muy bonita”, le dijeron. Pero, obviamente, la señora se negó, a lo que los invasores le replicaron: “Entonces, nos quedamos con esta finca”.

La señora, con el corazón repleto de susto e indignación, tomó fuertemente por el brazo a su hija y se devolvió al pueblo, derrumbada, abatida y decepcionada, sobre todo cuando se enteraba de que los invasores estaban matando sus animales, unas veces para comérselos; otras, para usarlos como armas de guerra; y, la mayoría de las veces, por el puro placer morboso.

Sin ninguna discusión, la investigación de la JEP debería estar en boca de todo el mundo, pero, en vez de eso,  ha sido tratada por los principales medios de comunicación con una frialdad que entristece. Se llama “Daños Invisibles: la violencia contra animales en el conflicto armado en Colombia (2017-2026)”, la cual no sólo documenta una realidad que muchos intuían sino que también la sube a la palestra con una claridad que ya no permite hacerse el distraído.

Por eso lo que hoy propone la JEP no es un asunto decorativo. Decir que los animales deben ser reconocidos como víctimas del conflicto es meterse en un terreno que este país ha preferido evitar. Es aceptar que el daño fue más amplio, más complejo, más profundo de lo que se ha querido admitir.

Eso cambiaría la forma en que se entiende la reparación. Ya no se trataría sólo de reconstruir casas o indemnizar personas, sino también de pensar en territorios completos que fueron alterados, lugares donde la vida —en todas sus formas— fue golpeada y necesita ser restablecida.

También obligaría a contar la historia de otra manera e incluir estas escenas que siempre quedaron por fuera: animales usados en la guerra, poblaciones enteras afectadas y ecosistemas trastocados, pero no como nota al pie sino como parte central de lo ocurrido.

En lo jurídico, la discusión sería compleja, sin duda. Reconocer víctimas que no hablan, que no pueden reclamar por sí mismas y que no encajan en las categorías tradicionales, implicaría mover muchas piezas. Pero también abriría una conversación necesaria sobre los límites de nuestra idea de justicia.

Además, en lo cultural, el sacudón sería mayor, porque Colombia se llena la boca hablando de su biodiversidad, de su riqueza natural y de lo privilegiado que es este territorio, pero, a la hora de la verdad, esa riqueza parece valer poco cuando se convierte en vida concreta, en animales que sienten, que sufren y que desaparecen.

Lo otro es que durante años hemos contado la guerra como si sólo hubiera ocurrido entre humanos, como si el monte fuera un escenario mudo y no un espacio lleno de vida. Se habla de desplazados, de masacres y de pueblos borrados del mapa, lo cual es cierto y duele. Pero en ese mismo paisaje había gallinas, perros, vacas, monos, aves, criaturas de toda clase que también quedaron en medio del fuego cruzado, del miedo y del desorden que deja la guerra cuando se instala.

Lo que plantea ese informe no es un detalle insignificante ni una curiosidad académica. Está diciendo, con todas sus letras, que los animales también fueron arrastrados por la lógica del conflicto, utilizados, sacrificados, perseguidos, convertidos en herramientas o eliminados sin pensarlo dos veces. Pero lo más grave no es sólo que eso haya pasado sino también que durante tanto tiempo no mereció ni una línea en la historia oficial.

El poco eco que ha tenido esta investigación dice mucho. No es sólo desinterés periodístico sino también una señal de cómo se ordenan las prioridades, de qué se considera digno de atención y qué no. Así las cosas, esta historia, por lo visto, no vende.

Se habla de paz, se firman acuerdos, se hacen discursos, pero la idea de paz sigue siendo limitada. Se piensa en fusiles que se callan entre hombres, pero no en todo lo demás que quedó afectado alrededor, como si el resto del mundo vivo fuera un detalle secundario.

Sin embargo, ahí está la pregunta difícil de esquivar: ¿qué tipo de país se construye cuando sólo se reconoce una parte del daño y se deja la otra en la sombra? Porque lo que no se nombra, lo que no se asume, termina repitiéndose; o, peor aún, normalizándose. Esta vez hay un intento por nombrarlo y sacarlo del rincón donde estuvo durante años. Pero falta ver si el país tiene la voluntad de mirarse en ese espejo; o si, como ha pasado tantas veces, prefiere seguir de largo, como si nada.

Subscríbete a nuestro canal de Telegram

Deja un comentario

Aquí resolvemos sus inquietudes
Scroll to Top

Iniciar sesión