𝐀 𝐯𝐞𝐜𝐞𝐬 𝐩𝐢𝐞𝐧𝐬𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐬𝐦𝐚𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐨𝐜𝐮𝐫𝐫𝐞𝐧 𝐞𝐧 𝐥𝐚𝐬 𝐚𝐟𝐮𝐞𝐫𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐝𝐢𝐨𝐬, 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐞𝐫𝐦𝐢𝐧𝐚 𝐮𝐧 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐝𝐨 𝐝𝐞 𝐟𝐮́𝐭𝐛𝐨𝐥, 𝐧𝐨 𝐬𝐨𝐧 𝐦𝐚́𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐮𝐧 𝐫𝐞𝐦𝐞𝐝𝐨 𝐛𝐚𝐫𝐚𝐭𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐚𝐜𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐫 𝐝𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐛𝐚𝐫𝐫𝐚𝐬 𝐛𝐫𝐚𝐯𝐚𝐬 𝐞𝐮𝐫𝐨𝐩𝐞𝐚𝐬. 𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐧𝐨 𝐬𝐞 𝐧𝐨𝐬 𝐨𝐜𝐮𝐫𝐫𝐞 𝐚𝐝𝐨𝐩𝐭𝐚𝐫 𝐜𝐨𝐧 𝐚𝐜𝐢𝐞𝐫𝐭𝐨 𝐥𝐚𝐬 𝐧𝐨𝐫𝐦𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐢𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐨𝐩𝐞𝐫𝐚𝐧 𝐞𝐧 𝐞𝐬𝐨𝐬 𝐩𝐚𝐢́𝐬𝐞𝐬.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Por estos días me he estado acordando del pensador venezolano Simón Rodríguez, a quien la historia suele mencionar casi siempre en función de su alumno más célebre, Simón Bolívar.
Sin embargo, Rodríguez fue mucho más que un simple profesor: fue un pensador agudo, un observador severo de la realidad americana y un hombre que entendió muy temprano uno de los problemas más persistentes de estas sociedades: la manía de copiar.
En una de sus reflexiones más conocidas les reprochaba a las élites latinoamericanas su obsesión por copiar sin filtros lo que venía de Europa o de Estados Unidos. Y entonces lanzaba una pregunta que, más que un interrogante, era una ironía cargada de lucidez: “Si tanto les gusta imitar a esos países, ¿por qué no les imitan lo principal, que es la originalidad?”
La frase tiene más de tres siglos y, sin embargo, conserva una vigencia sorprendente. Basta mirar ciertos fenómenos de la vida contemporánea para darse cuenta de que seguimos atrapados en esa vieja tendencia a copiar lo visible sin detenernos demasiado a pensar en los contextos que producen esas conductas.
Cada vez que se registran disturbios después de un partido de fútbol, cada vez que aparecen buses apedreados, vitrinas destrozadas o jóvenes enfrentándose con palos en nombre de una camiseta, la advertencia de Rodríguez parece volver a estallar con un esplendor audaz.
Lo que se observa en muchas ciudades latinoamericanas no es otra cosa que una versión deformada de un fenómeno que surgió hace décadas en Europa alrededor del fútbol. Las barras violentas, los grupos que convierten la rivalidad deportiva en enfrentamiento físico, nacieron en contextos sociales muy distintos al nuestro. No obstante, lo que terminó viajando hacia este lado del mundo fue la parte más estridente del espectáculo: la confrontación entre hinchadas.
Lo curioso es que rara vez se copia el fútbol en su dimensión más saludable. Nadie imita con el mismo entusiasmo la cultura deportiva que en muchos países convierte el estadio en un espacio familiar donde conviven varias generaciones. Lo que llega con mayor facilidad es el veneno del enfrentamiento, el canto desafiante y la demostración de fuerza colectiva frente al rival.
Termina el partido y entonces aparecen las escenas que ya se han vuelto familiares: buses apedreados, motocicletas volcadas, vidrios rotos, grupos de muchachos corriendo por las calles armados con palos o con lo primero que encuentren a la mano. A esa altura el resultado del partido ya no importa demasiado. El balón quedó atrás y lo que se fija en primer plano es otra cosa muy distinta.
Por eso resulta un error atribuir esos desmanes al fútbol. El fútbol, en sí mismo, no explica nada de eso. Lo que se manifiesta allí es un conjunto de tensiones que vienen de otros lugares: frustraciones personales, rivalidades entre barrios, deseos de reconocimiento dentro del grupo y una cierta inclinación cultural hacia la confrontación.
Se suele repetir que los hinchas se hacen matar por su camiseta, pero esa afirmación tiene mucho de mito romántico. Lo que realmente ocurre es que la camiseta sirve de pretexto para canalizar conflictos que nada tienen que ver con el juego. La rivalidad deportiva se transforma en una excusa conveniente para sacar a la superficie resentimientos que ya estaban allí.
Las llamadas barras bravas funcionan, en muchos casos, como verdaderas tribus urbanas. Dentro de ellas existen códigos de lealtad muy fuertes, jerarquías internas y una identidad colectiva que se alimenta de la confrontación con otros grupos. El sentido de pertenencia que se construye allí puede resultar muy poderoso para jóvenes que no encuentran reconocimiento en otros espacios de la vida social.
Cuando alguien entra en esa lógica grupal, la responsabilidad individual comienza a diluirse. El muchacho que, en circunstancias normales no levantaría la mano contra nadie, puede terminar participando en una agresión porque el grupo espera de él una demostración de valentía. Es decir, el individuo queda absorbido por la dinámica de la barra.
En ese contexto, la camiseta deja de ser un simple símbolo deportivo y se transforma en una especie de bandera de guerra. Defender los colores del equipo ya no significa celebrar un triunfo o lamentar una derrota sino demostrar fidelidad frente a la tribu. El rival deja de ser un adversario deportivo y pasa a ocupar el lugar del enemigo.
Mientras tanto, el partido sigue siendo apenas un episodio dentro de una maquinaria mucho más grande. El campeonato continúa su calendario, los patrocinadores mantienen sus contratos y las transmisiones televisivas siguen generando ingresos millonarios. El espectáculo del fútbol avanza con la misma regularidad de siempre.
Hay, sin embargo, una escena que rara vez se menciona cuando se habla de estas cosas. Mientras los muchachos se enfrentan en las calles defendiendo los colores de su equipo, en las oficinas de los clubes y de las empresas que manejan el negocio del fútbol, los directivos continúan revisando balances y contando los ingresos que genera cada torneo.
La pasión se vive abajo, en las tribunas y en los barrios. El negocio se administra arriba, en lugares donde el fervor de los hinchas se traduce simplemente en cifras. Lo que ocurra afuera con los pendejos que se matan fuera del estadio les tiene sin cuidado.
Esa contradicción resulta difícil de ignorar. Jóvenes que se enfrentan entre sí con una intensidad casi religiosa por una camiseta, mientras las estructuras económicas del espectáculo permanecen intactas y siguen produciendo ganancias con asombrosa serenidad.
Cuando ocurre una tragedia, el ciclo informativo se encarga de registrar el hecho durante unos días. Después, el campeonato sigue, los equipos vuelven a jugar el fin de semana siguiente y el engranaje del fútbol continúa funcionando con la misma normalidad.
El problema, desde luego, no nace únicamente en el estadio. En países como Colombia existe todavía una herencia cultural donde la violencia ha ocupado durante mucho tiempo un lugar demasiado familiar en la vida cotidiana. Las disputas territoriales, la exaltación de la fuerza y ciertas formas de prestigio asociadas al poder han dejado huellas profundas.
A eso se suma la persistencia de una cultura traqueta que durante años convirtió la ostentación y la intimidación en símbolos de éxito social. Esa mentalidad no desaparece de la noche a la mañana y termina filtrándose en muchos ámbitos de la vida colectiva.
En ese ambiente, la agresividad puede aparecer como una forma de afirmación personal. El joven que busca reconocimiento dentro de su grupo encuentra en la confrontación un camino rápido para obtener respeto o notoriedad.
La barra ofrece entonces algo que para muchos resulta irresistible: identidad, pertenencia y la sensación de formar parte de algo más grande que uno mismo. El problema aparece cuando esa identidad se construye a partir de la hostilidad hacia los demás.
A todo eso se añade otra vieja costumbre latinoamericana: la fascinación por copiar lo que ocurre en otros lugares sin detenerse demasiado a pensar en las diferencias de contexto. Se imitan los cantos de ciertas hinchadas europeas, sus símbolos, sus rituales y también su agresividad. Pero rara vez se imitan las decisiones que esos mismos países tomaron para enfrentar el problema cuando la violencia se volvió intolerable: controles estrictos en los estadios, sanciones efectivas, vigilancia permanente y una cultura cívica que no justifica ciertos comportamientos. De nuevo aparece la vieja observación de Simón Rodríguez. América Latina ha mostrado muchas veces una habilidad sorprendente para copiar lo superficial y pasar por alto lo esencial. Tal vez por eso seguimos viendo escenas donde jóvenes se enfrentan a muerte por una camiseta, mientras el espectáculo continúa su marcha y los empresarios del fútbol observan todo desde la distancia confortable de sus oficinas, contando con calma el dinero que produce una pasión que, en las calles, otros defienden a golpes.