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Mis recuerdos de la música vallenata

Antes de 1980, para mí la música de acordeón del Caribe colombiano, —específicamente el estilo vallenato— sólo era una de tantas que sonaban diariamente en las emisoras de esos entonces.

A finales de los años 60 y durante todos los 70, escuchaba por ahí las canciones de Alfredo Gutiérrez, Calixto Ochoa, Alejo Durán, Lisandro Meza y Andrés Landero, entre otros, a quienes en Cartagena consideraban como “música para corronchos”. El único que se salvaba de esa adjetivación peyorativa era Aníbal Velásquez, tal vez porque sus mescolanzas sonoras encajaban sin dificultades en las legendarias preferencias afroantillanas de esta capital. Pero, para mí, esos conjuntos no eran más que parte del paisaje sonoro de los barrios donde me crie.

Mis preferencias musicales estaban más enfocadas en la música antillana y, una que otras veces, en la norteamericana, que penosamente alcanzaba a captar mediante algunos programas televisivos. Pero en 1980 se presentaron dos factores importantes que hicieron que girara la mirada definitivamente hacia la música de acordeón: mi papá compró un equipo de sonido y Marquito, mi hermano,  inició su carrera como músico aficionado, al principio; y profesional, después.

En mi casa se escuchaba casi todo tipo de música, porque mis padres eran oriundos del municipio de Mahates, norte de Bolívar, pero se terminaron de criar en Cartagena. Eso significa que, por un lado, estaban impregnados de la música rural que se oía en el pueblo; y, por el otro, de la música urbana que se escuchaba en Getsemaní y Chambacú.

De manera que, en mi casa, durante todo el día, podían entrelazarse Los gaiteros de San Jacinto con Cortijo y su combo; o Juancho Polo Valencia con Ricardo Ray; o Garzón y Collazos con el arpa de Alfredo Rolando Ortiz; o La sonora matancera con Los hermanos Zuleta; y José Luis Perales con Ángel Viloria y su conjunto típico cibaeño, entre otros que no alcanzo a rememorar ahora.

El equipo de sonido hizo que en mi casa surgiera una actividad paralela, que en años anteriores parecía no tener ningún interés para mis progenitores: la compra de discos. Al respecto, recuerdo que una vecina madre soltera, cuyo exmarido tenía un picó y una colección de acetatos, empezó a ofrecernos piezas de entre las cuales fuimos escogiendo los primeros “Fiesta Vallenata”, que publicaba la disquera CBS (hoy Sony Music) en diciembre, pero también las primeras publicaciones de Los hermanos Zuleta, los “Vallenatos de oro”, de la disquera Codiscos; antologías de salsa y boleros; y yo me quedé con un long play de un tal Guy Lombardo, de pasta dura y un sello que parecía valioso, a juzgar por su plateado brillante.

Meses después comenzó a llegar a mi casa un joven flaco, alto y con cara de oriundo de las sabanas, a quien mi papá llamaba “Martínez”; y quien laboraba en la Zona Franca del barrio Manga, pero a la vez se rebuscaba distribuyendo discos nuevos entre los vecinos de El Socorro y donde quiera que se le iba regando la fama. Para ese entonces faltaban muchos años para que se pusieran de moda las revistas catálogos que imprimía la empresa Prodiscos y sus vendedores, para ofrecer discos compactos de casi todas las disqueras nacionales e internacionales. Algo así como el Círculo de Lectores, pero con música.

A esas alturas, Marquito había evolucionado de practicar con calambucos de plástico y rayadores a tocar un tambor de cuero y cuñas de madera; y de tocar una guitarra de casa de empeño, a tocar el bajo; y fue por este último instrumento que varios conjuntos de acordeón aficionados se interesaron en su trabajo y hasta tomaron el cuarto de televisión de mi casa como ensayadero, de modo que fueron varios los casettes que grabé con esas sesiones donde se montaban las canciones de Diomedes Díaz, El binomio de oro, Silvio Brito, Los Zuleta, Jorge Oñate, Los hermanos Sarmiento, El doble poder y toda esa gente que, en la década de los 80, fundó una nueva época para el estilo vallenato.

A medida que Marquito se iba adentrando en la experticia del bajo, muchos más eran los conjuntos que lo solicitaban, dado que su universidad fueron los discos de El binomio de oro; y su maestro, un tal José Vásquez, de quien se decía que era uno de los mejores bajistas que tenía el estilo vallenato moderno, alumno del cartagenero Cristóbal “Calilla” García, de quien, a la vez, se comentaba que había revolucionado la participación del bajo en los grupos de acordeón, toda vez que, antes de él, los bajistas únicamente acompañaban, pero “Calilla” hizo que las llamadas “cuerdas silenciosas” también cantaran, percutaran y arreglaran.

Allí también empezó mi universidad. La compra de discos y la programación continua del equipo de sonido hizo que me fuera interesando por las historias de acordeonistas, cantantes, compositores, productores, locutores, espectáculos y hasta animadores de tarima, puesto que todo eso parecía estar encadenado alrededor de un solo eje llamado “vallenato”. Pero, al contrario de lo actual, en ese momento se conocían los nombres y los rostros de los integrantes de los conjuntos. Es decir, el cantante no era el único promocionado.

Así las cosas, los aficionados al estilo vallenato sabíamos quiénes eran el cajero Rodolfo Castilla, el guacharaquero Adán Montero, el conguero Wilson Peña, los coristas Juan Piña, Marcos Díaz y Jairo Serrano; los bajistas Rangel “El Maño” Torres, Claro Cotes y Holman Salazar, etc., ya que todos formaban una especie de familia que el cantante y el acordeonista reconocían públicamente y hasta los mencionaban en las grabaciones.

Las emisoras también eran una escuela en eso de aleccionar a la audiencia en los vericuetos del estilo vallenato moderno. Por mi parte, no hubo programa de música de acordeón que no oyera: desde por la mañana hasta por la noche estuve pendiente de  locutores como Néstor Alberto “El Pindo” Sánchez, con La hora vallenata; David González Correa, con Fiesta Vallenata; Amín Segundo Pájaro, con Acordeones de mi Costa; Rafael Xiqués Montes, con Rapsodia Vallenata; Lenín Bueno Suárez, con Festival Vallenato; y Osvaldo Jiménez, Edil de la Ossa, Miguel Lara García, Mincho Paternina y Ricardo Peñuela, quienes estaban al día con todo lo que tuviera que ver con la música de acordeón del Caribe colombiano.

Algo enriquecedor que caracterizaba a los programas vallenatos de entonces, era que no solamente se limitaban a poner discos sino también a tener invitados en el estudio, lanzamientos donde estrenaban cada una de las canciones de un long play, entrevistas grabadas fuera de la emisora o de la ciudad; y, a la vez sus locutores asistían a parrandas en casas y patios, pero también cubrían los festivales desde el primero hasta el último día.

Gracias a eso logré acumular una colección de casettes de entrevistas y ejecuciones en vivo con compositores e intérpretes, piezas que seguramente no valoré lo suficiente, porque se fueron desapareciendo sin darme cuenta cómo. Viéndolo bien, ahora se hubieran constituido en valiosos documentos sobre aspectos claves de la música popular del Caribe colombiano.

Muchas de esas grabaciones no sólo fueron copiadas de las emisoras. También las logré en vivo y en directo, cuando iba a los festivales como los de Arjona,  Turbaco, Mahates y San Juan Nepomuceno, entre otras poblaciones, donde no siempre esos eventos se sostuvieron, ya fuera por causa de los embates de la situación económica y política de las poblaciones en cuestión.

Junto con los programas radiales, los festivales y las presentaciones en tarima, también ocurrió algo interesante en Cartagena: aparecieron grupos informales que vivían pendientes de la publicación de las grabaciones de cada conjunto de acordeón, pero especialmente los más consolidados.

En consecuencia, había grupos que esperaban las producciones de Diomedes Díaz, hasta el punto de que, desde tempranas horas, se estacionaban a las puertas de las discotiendas esperando a que llegara el nuevo long play. Uno de esos fanáticos era yo. Tanto, que hasta creo que fui el primero en Cartagena en comprar el disco “Todo es para ti”, dado que, siendo las 12 del mediodía, salí disparado del colegio y llegué a Discos Cartagena, del sector La Matuna, en el preciso instante en que estaban bajando de un jeep las cajas con el nuevo larga duración. Uno de los dependientes abrió la primera cajeta, sacó un disco, lo probó en uno de los tornamesas, me lo entregó y me cobró los 230 pesos que había ahorrado de la cosita escolar.

También hubo grupos que, a su turno, también esperaban a El binomio de oro, a Silvio Brito, a Jorge Oñate, a Los Zuleta, a Otto Serge y Rafael Ricardo, a Los Betos, a Miguel Herrera, a Elías Herrera, a Marcos Díaz, etc. Pero no sé por qué ahora tengo la impresión de que en esos tiempos no era tan fácil amontonar una colección de discos, debido a que la mayoría de gente que conocía como amante del estilo vallenato muy raras veces compraba un long play sino que lo prestaba  y lo grababa en casettes; o, en su defecto, compraba dicha pieza en cualesquiera de las ventas de cintas piratas que pululaban por La Matuna.

En ese momento se consideraba (y era verdad) que las disqueras más fuertes en asuntos de vallenato eran CBS y Codiscos. Les seguían Discos Fuentes, pero se creía que la fortaleza de esta empresa estaba más en la música tropical y en los ritmos que gustaban en el interior del país, aunque a ella pertenecían grupos no menos importantes como Los hermanos Sarmiento y Los embajadores del vallenato.

Ahora que lo pienso, y a pesar del gran auge que estaba cobrando el estilo vallenato, los grupos no eran tan numerosos; y creo que por eso uno se encontraba en las carátulas de los discos a los mismos compositores: Leandro Díaz, Máximo Movil, Hernando Marín, Sergio Moya Molina, Roberto Calderón, Romualdo Brito, Rafael Manjarrez, Mateo Torres, Rosendo Romero, Carlos Huertas, Gustavo Gutiérrez, Octavio Daza, Fredy Molina, Santander Durán Escalona, Lenín Bueno Suárez, Poncho Cotes Jr., Fernando Meneses y Calixto Ochoa, entre otros ocasionales.

La mayoría de esos autores se aficionaron por la producción del paseo romántico y lírico, cuya lentitud y lloriqueo se volvió una fiebre que en determinados momentos llegó a exasperar a los aficionados puristas, en primera instancia, porque no a todos los intérpretes les funcionó la incursión en esas lides; y la consecuencia fue una proliferación de discos sumamente aburridores, ya que algunos de sus vocalistas y acordeonistas saltaron de la música parrandera a la romántica de una manera abrupta y desacertada.  Y en segunda instancia, el vallenato se volvió monorrítmico y monotemático: el único ritmo era el paseo lento; y el único tema, el amor. Se redujeron (hasta casi desaparecer) los cantos al pueblo, a los caminos, a los compadres, a los animales y a la naturaleza en general.

Leandro Díaz fue, tal vez, el que más duro protestó contra esa moda con su merengue “El bozal”.

En todo caso, entiendo que no fueron pocos los acordeonistas y cantantes que se plegaron a las exigencias de las disqueras y de las emisoras, puesto que el paseo romántico y lento era lo que se estaba consumiendo no sólo en la Región Caribe sino también en el interior del país, donde Otto Serge y Rafael Ricardo; al igual que El binomio de oro y Pablo Atuesta, entre otros, eran los reyes indiscutibles del lloriqueo con acordeón. Supongo que fue, gracias al  impacto de esa ola, cuando surgieron los denuestos “vallenato llorón”, “vallenato llantén” y “vallenato meleguero”. Este último término (“meleguero”) se refería a las muchachas del servicio, a quienes llamaban “melegas”, que supuestamente eran las que más consumían esa modalidad sonora.

Pero, pese a las burlas y a las opiniones ortodoxas, el paseo lento se convirtió en “El rey del vallenato”. Tanto fue así que quienes no estaban muy duchos en ese conocimiento (sobre todo los cachacos), creían que el único aire que tenía la música de acordeón era ese tipo de paseo. Para ellos, ritmos como el merengue, la puya y el son nada tenían que ver con vallenato, de modo que era muy raro que en una fiesta se escucharan. Incluso, algunos compañeros de colegio llegaron a comentarme que, para poder conquistar chicas en una celebración barrial, primero debieron aprender a bailar vallenato. Claro está, se referían al paseo lento. Es más, hasta llegué a escucharle a una condiscípula el siguiente exabrupto: “la música de Otto Serge no es para bailar, es para oír”. “¡Ñerda!”, dije para mis adentros.

Pero también surgió el “paseo rápido”, algo así como el desarrollo de algo que los acordeonistas de los años 70, empezando por Miguel López (el de Los hermanos López) insinuaron como una forma de que el vallenato se oyera más alegre y bailable para los grandes centros urbanos y en contraposición al paseo primigenio que tocaban los juglares, cuya velocidad era más moderada.

Gracias a ese segundo apogeo, se creía que un acordeonista era mejor que otro en tanto que lograra construir una pieza rápida y con arreglos llamativos, algo en lo que llegaron a destacarse músicos como Israel Romero y Juancho Rois, pero me permito agregar a la lista arreglistas como Ismael Rudas y Orángel “El Pangue” Maestre.

Otro mito de esa época consistía en creer que un cantante era mejor que el otro de acuerdo con su capacidad para gritar una canción a niveles inconcebibles, por lo cual los más destacados eran Poncho Zuleta y Jorge Oñate, aunque Armando Moscote no se quedaba muy atrás. Pero resulta que Rafael Orozco y Otto Serge terminaron demostrando que no se necesitaba ser un gritón para ser exitoso.

Todo lo que he contado siguió ocurriendo hasta comienzos de la década de los noventas. En los años posteriores, con la aparición del disco compacto, primero; y la música digital, después, los grupos informales que esperaban los acetatos de los pocos conjuntos que había en los 80 se extinguieron; los conjuntos de música de acordeón se multiplicaron desmesuradamente y el cantante se transformó en la única pieza importante de la agrupación.

No sé qué piensen los demás admiradores de la música de acordeón del Caribe colombiano, pero, por mi parte, extraño las épocas cuando conocíamos los nombres de todos los integrantes del conjunto, hablábamos de los compositores, identificábamos cada estilo de acordeón, estudiábamos las letras y los mensajes de las canciones; y nos deleitábamos con las dinámicas de cada programa radial especializado en el tema.

Actualmente, he visto de cerca que están apareciendo músicos y cantantes más estudiados y, por consiguiente, mejores que los de antes. Pero lo que no encuentro es el alma y la verdad terrígena de quienes, en los 80, le apostaron a universalizar el discurso de los agricultores y vaqueros que recorrían el mapa de la Región Caribe bajo el único deseo de gritar con melodía la emoción que los quemaba por dentro.

Por eso se me grabó, al rojo vivo, una frase que solía decir el locutor valduparense Osvaldo Jiménez Martínez: “El vallenato no es más que un campesino aficionado a la música”.

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