𝐄𝐧 𝐁𝐨𝐠𝐨𝐭𝐚́ 𝐬𝐞 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐢𝐳𝐨́ 𝐞𝐥 𝐥𝐚𝐧𝐳𝐚𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨 𝐨𝐟𝐢𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐝𝐞𝐥 ❞𝐅𝐨𝐧𝐝𝐨 𝐍𝐨 𝐞𝐬 𝐇𝐨𝐫𝐚 𝐝𝐞 𝐂𝐚𝐥𝐥𝐚𝐫❞, 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐝𝐚 𝐜𝐫𝐞𝐚𝐝𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐟𝐢𝐧𝐚𝐧𝐜𝐢𝐚𝐫 𝐩𝐫𝐨𝐠𝐫𝐚𝐦𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐞𝐯𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨́𝐧, 𝐩𝐫𝐨𝐭𝐞𝐜𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐲 𝐚𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐠𝐫𝐚𝐥 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫𝐞𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐢𝐨𝐝𝐢𝐬𝐭𝐚𝐬 𝐯𝐢́𝐜𝐭𝐢𝐦𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐨𝐥𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐛𝐚𝐬𝐚𝐝𝐚𝐬 𝐞𝐧 𝐠𝐞́𝐧𝐞𝐫𝐨 𝐞𝐧 𝐂𝐨𝐥𝐨𝐦𝐛𝐢𝐚.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
La mañana del martes 19 de mayo, el viejo Teatro Colón de Bogotá dejó de parecer un teatro republicano de mármoles silenciosos y terciopelos solemnes para convertirse, por unas horas, en una casa grande de memoria, tambores y cicatrices abiertas. Desde temprano comenzaron a llegar periodistas, lideresas sociales, gestoras culturales, funcionarios públicos y mujeres de distintas regiones del país convocadas alrededor de una consigna que ya no pertenece solamente a una persona: “No es Hora de Callar”.
Las puertas del recinto se abrieron mientras sonaban músicas tradicionales y voces ceremoniales que rompían la frialdad bogotana. En el escenario aparecieron integrantes de la agrupación “Flautas del sentir”, trayendo tambores, cantos del Cauca y un ritual de armonización que parecía decirle al país que aquella noche no iba a ser un simple acto protocolario.
Y no lo fue. Lo que se lanzó oficialmente fue el “Fondo No es Hora de Callar”, un mecanismo creado para financiar programas de prevención, protección y atención integral para mujeres periodistas víctimas de violencias basadas en género. Pero detrás del decreto, los recursos y los discursos institucionales, lo que realmente flotaba en el ambiente era otra cosa: la sensación de que el dolor de una mujer terminó convertido en una causa colectiva.
Esa mujer es la periodista Jineth Bedoya Lima, quien hace más de veinte años fue secuestrada, torturada y violentada sexualmente cuando investigaba estructuras criminales en la cárcel La Modelo de Bogotá. Desde entonces, convirtió su tragedia personal en una batalla pública contra el silencio y la impunidad.
Cuando tomó el micrófono, el teatro entero quedó suspendido en una especie de silencio espeso.
“No han sido días fáciles, ni meses fáciles, ni años fáciles”, dijo Bedoya con una voz que no sonaba derrotada sino agobiada de cargar memoria. Después remató con una frase que terminó atravesando la sala como una descarga eléctrica: “Me ha costado la vida misma”.
En las primeras filas había periodistas veteranas, reporteras jóvenes, defensoras de derechos humanos y funcionarias del Estado escuchando a una mujer que, durante años, tuvo que pelear prácticamente sola para que el país entendiera que la violencia contra las periodistas también tiene rostro de machismo, humillación y censura.
El evento estuvo equipado por símbolos. Lideresas indígenas le entregaron a Bedoya un tejido, una mochila y una orquídea como homenaje a su resistencia. En otra esquina del escenario aparecían proyectadas imágenes de mujeres periodistas asesinadas o silenciadas por la violencia colombiana.
Entre ellas estaban Diana Turbay y Silvia Duzán, dos nombres que todavía producen un escalofrío en la memoria del periodismo nacional. Pero también aparecieron otras mujeres menos conocidas fuera de las regiones, como Flora Alba Núñez, María Efigenia Vásquez y Elizabeth Obando, recordando que la tragedia del periodismo colombiano no ocurrió únicamente en las grandes capitales.
Después vino uno de los momentos más conmovedores de la noche. La dramaturga Patricia Ariza dirigió un performance teatral cargado de cantos, declamaciones y escenas poéticas alrededor de la memoria de las periodistas violentadas. No parecía una obra convencional. Más bien daba la impresión de estar presenciando una ceremonia de duelo colectivo.
A ratos el público guardaba silencio absoluto, a ratos aplaudía con fuerza y a ratos simplemente observaba con los ojos humedecidos por la emoción. La música tuvo un papel central durante toda la velada. Hubo agrupaciones tradicionales, voces corales y una orquesta que fue acompañando el tono emocional del acto, como si cada intervención necesitara sostenerse también desde el arte y no solamente desde el discurso político.
Uno de los momentos inesperados ocurrió cuando se hizo un minuto de silencio por la muerte de la cantadora bolivarense Totó la Momposina. La noticia cayó sobre los asistentes como una ráfaga triste, y de repente todo pareció conectarse: la memoria de las mujeres violentadas, la tradición cultural afrocaribeña y la idea de que Colombia también pierde pedazos de sí misma cada vez que calla una voz.
El fondo lanzado esa noche nace como parte de las medidas ordenadas por la Corte Interamericana de Derechos Humanos tras condenar al Estado colombiano por el caso Bedoya. Es decir, no se trata de una concesión simbólica del gobierno de turno, sino de una obligación internacional de reparación.
Según lo explicado durante el evento, el mecanismo contará con cerca de dos mil millones de pesos anuales y financiará capacitaciones en seguridad digital, medidas de autoprotección, acompañamiento jurídico y psicológico, así como programas de prevención para periodistas amenazadas o en riesgo.
También buscará llegar a regiones históricamente abandonadas por las rutas institucionales de protección, especialmente zonas rurales y territorios golpeados por el conflicto armado, donde muchas comunicadoras trabajan prácticamente solas y sin garantías.
Durante una rueda de prensa posterior al acto, Bedoya aclaró que el fondo no desaparecerá aunque el Ministerio de Igualdad entre en liquidación. Según explicó, la medida fue ordenada por la Corte Interamericana y deberá mantenerse bajo la entidad estatal que asuma las funciones relacionadas con las políticas para las mujeres.
“Esto no depende de un gobierno —explicó la periodista—, depende del Estado colombiano”.
La frase sonó importante en un país donde muchas iniciativas oficiales duran apenas lo que dura un ministro o una administración.
Pero quizá lo más portentoso de la noche no estuvo en los decretos, ni en los presupuestos y ni siquiera en los discursos. Estuvo en otra parte: en la sensación de que, por una vez, el Estado colombiano se vio obligado a escuchar a una mujer que se negó a callarse.
Sin embargo, mientras afuera Bogotá seguía fría y de prisa, dentro del Teatro Colón quedaba flotando la impresión de que se asistió no solamente al lanzamiento de un fondo público sino a una ceremonia donde el periodismo, la memoria y el dolor decidieron sentarse en la misma mesa.