El rey de los cafres, un sagaz de la verborrea que insulta con el arma de la vulgaridad y el irrespeto, para mostrarse como “chachito”, ahora está más orondo y convencido de que es un monarca.
Los más de 10 millones de cafres, quienes asumieron ser “firmes con el apátrida”, a quien en el pre conteo, —sin descartar la duda del fraude— lo colocan de primero en la parte alta del noveno, quizás están convencidos de que han tomado la mejor decisión de abrir la puerta a un canalla para que gobierne a un país que requiere de una persona mesurada y humana, cualidades que no existen en este “chachito”.
Colombia avanza a una sociedad justa, en paz y con equidad en lo social, político, económico y ambiental con seres humanos mesurados, decentes, respetuosos y conciliadores. Entregarle el mando al “chachito” es perpetuar el capítulo de la guerra y la violación de los derechos humanos. Tan rápido se olvidaron los falsos positivos. Sin duda, elegir a un canalla de presidente es retroceder, como hoy lo viven los habitantes de Estados Unidos, Argentina y Ecuador, entre otros gobiernos que son el patio trasero de Trump.
Este “chachito”, que es un firme apátrida de los colombianos, otro discípulo del esclavista Donald Trump; y a quien lo único que le interesa es entregar las riquezas naturales al emperador del norte; todos ellos, incluyendo al rey de los cafres, quieren que los poderosos del mundo tengan el control remoto en el continente, para hegemonizar y fortalecer sus riquezas. No les interesa la prosperidad de la gente de a pie, sólo la necesitan para meterla en la mecedora del engaño y que democráticamente los conviertan en monarcas.
Es un canalla que abiertamente dice estar en contra de los derechos humanos. Que quiere mandar a la mierda la conquista de las luchas de organizaciones que defienden a la gente, el medio ambiente, la vida, la paz y la prosperidad social, donde sus líderes han sido asesinados, exiliados y perseguidos. Porque Colombia —según él— no se merece una transformación sino perpetuar la injusticia social que siempre ha reinado.
Nuestro país tiene un “cáncer” muy avanzado, que no será extirpado con el primer periodo de un gobierno progresista, que le permitió a la gente de a píe sentirse representada a favor de los más olvidados por el Estado.
Hay una población muy grande agradecida con el gobierno progresista que por primera vez gobierna. Claro que no iba a ser fácil, porque el “cáncer” de la injusticia social, la corrupción y la alianza de la delincuencia con los politiqueros, empresarios, periodistas y profesionales de toda índole, quienes son los mayores usurpadores del erario, se resiste a morir. Por lo contrario: se permearon en el gobierno progresista, para cumplir su papel y deslegitimar el cambio.
Nunca habíamos visto una oposición tan orquestada con el establecimiento corrupto, donde toda la institucionalidad del Estado cerró filas contra el poder ejecutivo, para entorpecer y anular los proyectos sociales del gobierno progresista.
Sin duda, somos una sociedad corrupta y con una cultura mafiosa que hay que modelar. Cualquiera que busque extirpar ese “cáncer”, esta propenso a ser víctima de la calumnia, de la persecución y hasta del homicidio. Para transformar a este país se requieren unos 20 años, o más, de gobiernos con personas honestas, idóneas, mesuradas y, sobre todo, humanas; y con capacidad de resolución de los problemas dentro de la justicia, sin sesgos y sin oportunismo político.
En la segunda mitad del noveno —así como en la canción de Rubén Blades— donde el miedo está en primera, el hambre en segunda y la rabia en tercera, el colombiano debe considerar que es más inteligente que el canalla encantador de serpientes, quien, con su verborrea, se vende como el “chachito”, como si en este país los más de 70 años del imperio de la corrupción, las mafias y la delincuencia orquestada con la politiquería fuera cosa de pandillas de barrios.
Y qué decir de la propuesta económica, fiscal, ambiental, humana y diplomática del “chachito” y rey de los cafres, que ni si quiera la resume en su programa de gobierno de tres hojas cartas. Eso no es serio para un país tan complejo como Colombia. Cafres son personas bárbaras, brutas, rudas y sin educación ni cultura. Así calificó este “chachito” a los colombianos. Sin embargo, esa definición es la clara personalidad de este canalla, quien, con su artimaña orquestada de las bodegas de las redes sociales y medios de comunicación del establecimiento, ha alucinado a más de diez millones de cafres que creen en el encanto de serpiente del rey de los cafres…