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Actuar en favor del planeta

Nicolás Román Borré, nerbnicolasvlad@hotmail.com

La humanidad nunca ha comido tanta carne como ahora (2), y este modo de vida cárnico está causando estragos. No solo por los gases de efecto invernadero emitidos por la ganadería; también, por el óxido nitroso emanado de los insumos químicos utilizados en la agricultura para la preparación del forraje.

El 78% (3) de las tierras agrícolas son utilizadas para el cultivo de cereales, leguminosas y zonas de pastoreo exclusivamente dedicadas a las reses. Por otra parte, la destrucción de bosques, la contaminación de afluentes subterráneos y fluviales, así como el aumento de enfermedades cancerígenas en los países productores de pienso de soya (4), están estrechamente relacionados con la industria ganadera. 

Frente a estos hechos y con el objeto de tener una buena conciencia, optamos por comer una carne de mejor calidad. Nos decimos -y queremos creer- que el animal ha sido feliz (5) y que ha ofrecido alegre su vida al granjero para agradecerle por sus buenos tratos. Sin embargo, la realidad de la huella de carbono, los recursos utilizados y las cifras de producción no van en la misma dirección.

Examinemos, por ejemplo, el caso del vacuno en una finca comercial. Para producir 1 kg de carne, se requieren 12 kg de forraje y 15415 litros de agua (6) anualmente (7). Cabe destacar que dicho kilogramo de res también emite anualmente 27 kg de gases de efecto invernadero. Además, consume 6,2 litros de petróleo necesarios para las diferentes etapas, bien sea durante su producción o en la fase de distribución. 

Por supuesto, evitamos consumir dicha vianda, y optamos por el profesionalismo de los ganaderos comprometidos que defienden el medio ambiente. Dejamos de ir a los supermercados, y compramos los filetes en las fincas familiares o donde un buen carnicero con alta experiencia, que vende buenos productos.

Elegimos una carne charolesa orgánica, considerada como una de las mejores del mundo por su conformación cárnica y excelencia, lo que la hace la primera raza de vacuno en Europa. Ahora bien, ¿es realmente una buena decisión para el planeta? Ciertamente, el animal es alimentado con pasto y cereales de la finca. Desde luego, la cantidad de antibióticos y productos alopáticos están bajo un estricto control, y sin duda estamos lejos de las horribles granjas industriales de feedlots

No obstante, con el fin de lograr una buena infiltración y el sabor que la caracteriza, la charolesa, necesita mucho más tiempo para engordar; alrededor de tres veces más que una res convencional. Incluso, hasta ocho veces más, según lo permitido por la normativa del sello de calidad que la regula.

Sin duda, el impacto de la carne orgánica sobre el planeta parece ser menor, alrededor de 30% anual en comparación con una vianda corriente, según varios estudios sectoriales. Sin embargo, el factor tiempo, así como el desarrollo lento y natural del animal, hace que éste deba vivir tres a ocho veces más (a pesar del beneficio de una cría razonada). Como consecuencia, la res emitiría más metano (8) y dióxido de carbono fruto de la digestión, que un vacuno criado en una granja tradicional durante toda su vida. 

Recordemos que producir carne requiere una alta ingesta de calorías (9) para alimentar a los rebaños o a los bancos de peces. Este modelo implica, especialmente, el uso de fertilizantes y tierras dedicadas para el cultivo de cereales y el pastoreo; carburantes para los tractores, los transportes de alimentos, de animales hacia los mataderos y de los filetes hacia los comercios; electricidad para los cuartos fríos, los camiones frigoríficos y las neveras en los lugares de expendio.

Comer carne no es, de manera general, una opción sostenible ni una necesidad fisiológica (10). ¿Podríamos asegurar que no hay excepciones a este principio? Responderemos afirmativamente. En efecto, podríamos reducir nuestro consumo de carne en un 75% (11), privilegiar los modos de cría autónomos y orgánicos de tipo familiar… Pero seamos honestos y concentrémonos en las cifras: solo el 2,7% (12) del vacuno en Francia tiene el aval ecológico; y en todo el mundo, la superficie agrícola terrestre dedicada a la agricultura orgánica es de 1,5% (13).

En realidad, nos apegamos a esta práctica, más por una costumbre cultural (que, contrariamente a las ideas preconcebidas, no es tan ancestral (14)), que por una auténtica necesidad natural. Esto plantea un problema importante sobre la distribuición de recursos y la supervivencia de millones de personas. 

Entre tanto, Jean Ziegler (15) nos demuestra que la agricultura mundial podría alimentar hoy a 12000 millones de seres humanos; que cada cinco segundos, un niño muere de hambre y eso no es una fatalidad, de ahí que cada niño que muere de hambre es, en realidad, un niño asesinado. Después de haber leído la implacable demostración académica de Ziegler, estaríamos tentados a enunciar que dejar la carne permitiría acabar con el hambre en nuetro planeta.

A pesar de lo anterior, abstenerse no es, por desgracia, la solución absoluta para alimentar a nuestra especie, ya que en el estado actual de producción de calorías, podríamos nutrir a todos. Sin embargo, terminar con la alimentación cárnica sería una decisión responsable y solidaria a escala planetaria, que haría posible la soberanía alimentaria en cada región del globo. 

El modelo alimentario occidental, basado en el consumo de carnes, agota inexorablemente los recursos terrestres en detrimento de los países del hemisferio sur. Desde hace décadas sabemos que la tierra del pobre sirve para abastecer el ganado del rico. Pero, a pesar de ello, rechazamos toda forma de demagogia que consistiría en declarar que el vegetarianismo evitaría por completo el hambre. No obstante, dicha opción reduciría de manera cierta la especulación de cereales, lo que favorecería a la población más pobre que no puede competir con los precios pagados por la industria ganadera sobre las materias primas.

Hoy celebramos el Día Internacional de la Tierra en medio de innumerables alertas de la comunidad científica… Quizás haya llegado el momento de construir una sociedad progresista que defienda la justicia climática, en aras de un planeta verdaderamente sostenible y un mundo más equitativo. Ha llegado el momento de tomar conciencia de la urgencia en que nos encontramos; de actuar en consecuencia y sin esperar; de darle la posibilidad a las próximas generaciones, de una salida bienaventurada al mundo que les estamos dejando.

1 Publicaciones del 27 de febrero y 4 de abril de 2022. 

2 Alimento fruto de los músculos de los animales (Larousse). 

3 FAO: Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura. 

4 La mayoría son genéticamente modificados. Están prohíbidos en Europa para la alimentación humana, pero dichos piensos, si se encuentran autorizados para nutrir las bestias. 

5 Enrique Utria en su ensayo : La carne feliz y los cerebelos misericordiosos, 2014. 

6 Water Foot Print – The green, blue and grey water footprint of farm animals and animal products, UNESCO-IHE Institute for Water Education, 2010. 

7 Es la media para el rendimiento en el momento del sacrificio; variable según las razas, se trata de la cantidad realmente comercializable fuera de canal. 

8 Comer heno o cereales orgánicos no impide la fermentación entérica de los rumiantes, ni la emisión de metano. Este último gas es 86 veces más perjudicial que el dióxido de carbono. 

9 Para obtener una sola unidad calórica animal, la relación de producción es de 3 a 12 unidades calóricas vegetales o animales, variable según las especies y su ciclo de vida. 

10 Ningún miembro de la familia de los homínidos –de la que forma parte el ser humano– es carnívoro ni necesita la carne para sobrevivir. El consumo de animales en los homínidos –fuera del hombre– es esporádico. 

11 Options for keeping the food system within environmental limits. Artículo publicado en la revista Nature, el 10 de octubre de 2018. 

12 INTERBEV. Estudio oficial: L’essentiel de la filière bovine 2021. 

13 The World of Organic Agriculture 2021, BIOFACH, 2021. 

14 Varias publicaciones de investigadores apuntan en ese sentido. Citaremos a Florence Burgat en : La humanidad carnívora, Ediciones Seuil, 2017.  15 Destrucción masiva: geopolítica del hambre, Ediciones Península, 2011.

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