𝐏𝐨𝐝𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐝𝐞𝐜𝐞𝐫𝐧𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐮𝐧𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐩𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐬𝐞 𝐢𝐧𝐮𝐧𝐝𝐚, 𝐬𝐞 𝐢𝐧𝐜𝐞𝐧𝐝𝐢𝐚 𝐨 𝐥𝐨 𝐩𝐢𝐞𝐫𝐝𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐨, 𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐬 𝐞𝐧 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨𝐬 𝐧𝐨𝐫𝐦𝐚𝐥𝐞𝐬 𝐥𝐚 𝐦𝐢𝐫𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐧 𝐢𝐧𝐝𝐢𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚, 𝐝𝐞𝐬𝐜𝐨𝐧𝐟𝐢𝐚𝐧𝐳𝐚 𝐨 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐨.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Hay algo extraño en la manera como los seres humanos nos compadecemos de los demás. Podemos pasar años mirando con indiferencia a una comunidad pobre, acostumbrándonos a sus necesidades, haciendo chistes sobre ella o atribuyéndole la responsabilidad de su propia pobreza. Pero basta con que llegue una tragedia para que algo cambie.
Se incendia una casa y aparecen las donaciones. Se inunda un barrio y llegan mercados, ropa, agua y voluntarios. Una familia lo pierde todo y las redes sociales se llenan de mensajes de solidaridad.
De pronto nos acordamos de que esa gente existe. Por eso siempre me pregunto: ¿por qué necesitamos una desgracia para descubrir que los demás también son seres humanos?
Tal vez porque la desgracia tiene la capacidad de romper, aunque sea momentáneamente, la distancia que hemos construido entre nosotros. Mientras todo marcha bien, el pobre puede parecernos alguien lejano, alguien que vive en otro mundo, alguien que debería resolver sus problemas por su cuenta. Pero cuando lo vemos llorando frente a una casa destruida, la pobreza deja de ser una estadística y adquiere un rostro.
El problema es que esa compasión suele durar lo que dura la emergencia. Después, volvemos a la normalidad, desde donde podemos volver a mirar con desprecio a la misma comunidad que ayer ayudábamos. Podemos seguir pensando que ese barrio es peligroso, que esa gente se metió donde no debía, que sus problemas son responsabilidad del gobierno y que nosotros ya hicimos nuestra parte enviando una bolsa de comida.
Es ahí donde aparece una contradicción que me inquieta: somos capaces de ayudar a una comunidad pobre cuando una catástrofe la convierte en víctima, pero no necesariamente queremos que deje de ser pobre. Queremos que sobreviva, pero no siempre que cambie su destino.
Es como si nuestra solidaridad tuviera límites muy precisos. Podemos llevarles agua cuando se quedan sin ella, pero no necesariamente preocuparnos porque tengan un acueducto. Podemos entregarles alimentos después de una inundación, pero no preguntarnos por qué llevan veinte años viviendo en un lugar donde cada invierno vuelven a inundarse. Podemos reconstruirles la casa, pero no discutir las condiciones que hicieron posible que esa casa estuviera allí. De ese modo la solidaridad corre el riesgo de convertirse en caridad.
La caridad dice: “Te ayudo porque estás pasando una necesidad”; mientras que la solidaridad debería preguntarse: “¿Por qué tienes que vivir permanentemente en esa necesidad?”
Hay otra cosa que también me llama la atención: incluso en medio de la desgracia puede aparecer el egoísmo. Cuando los recursos son escasos, empezamos a decidir quién debe recibirlos primero. A quién hay que salvar, a quién hay que atender, quién puede esperar y quién merece tener prioridad.
Por ejemplo: la tragedia del Titanic suele recordarse como una demostración de la solidaridad humana, pero también mostró las desigualdades de su época. La famosa consigna era “mujeres y niños primero”; no “los ricos primero”. Sin embargo, los pasajeros de primera clase tenían mayores posibilidades de acceder a los botes y a las zonas de evacuación que muchos pasajeros de tercera clase. La desigualdad, pues, no desaparece porque llegue una catástrofe. A veces se hunde el barco, pero las diferencias sociales siguen a bordo.
Quizás por eso la verdadera solidaridad no debería medirse solamente por nuestra capacidad de enviar ayuda después de una tragedia. Eso es importante, por supuesto, pero hay una solidaridad más difícil: la que aparece cuando todavía no ha ocurrido ninguna desgracia. La que nos permite mirar una comunidad vulnerable y preocuparnos por ella antes de que se incendie, antes de que se inunde, antes de que muera alguien.
Es que hay una diferencia enorme entre compadecerse de alguien que acaba de perderlo todo y preguntarse por qué llevaba toda la vida teniendo tan poco.
Tal vez hemos ido perdiendo la compasión porque también hemos ido perdiendo la confianza en el otro. Ante una persona que pide ayuda ya no pensamos solamente “necesita algo”. También pensamos: “¿Será verdad?”, “¿me estará engañando?”, “¿por qué no trabaja?”, “¿por qué tengo que resolver yo su problema?”.
La sospecha se ha convertido en una especie de segunda naturaleza, pues, cuando desconfiamos de todos, terminamos construyendo una sociedad en la que cada cual se preocupa exclusivamente por sí mismo hasta que llega la desgracia. Sólo así recordamos, por un momento, que estamos hechos de la misma materia vulnerable. Quizás ese sea el verdadero fracaso: que necesitemos una tragedia para reconocernos como prójimos.
La pregunta, entonces, no es si seremos capaces de ayudar cuando llegue la próxima desgracia. La pregunta es si seremos capaces de hacerlo antes.