¿𝐏𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞́ 𝐧𝐨𝐬 𝐬𝐨𝐫𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐡𝐨𝐜𝐨𝐚𝐧𝐚 𝐡𝐚𝐛𝐥𝐞 𝐢𝐧𝐠𝐥𝐞́𝐬, 𝐩𝐞𝐫𝐨 𝐧𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐮𝐧 𝐛𝐨𝐠𝐨𝐭𝐚𝐧𝐨 𝐛𝐥𝐚𝐧𝐜𝐨 𝐥𝐨 𝐡𝐚𝐠𝐚❓ 𝐓𝐚𝐥 𝐯𝐞𝐳 𝐞𝐥 𝐯𝐞𝐫𝐝𝐚𝐝𝐞𝐫𝐨 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚 𝐧𝐨 𝐞𝐬𝐭𝐚́ 𝐞𝐧 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐦𝐨𝐬, 𝐬𝐢𝐧𝐨 𝐞𝐧 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐨𝐝𝐚𝐯𝐢́𝐚 𝐞𝐬𝐩𝐞𝐫𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐧𝐞𝐠𝐫𝐨𝐬.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
Ayer me encontré en Facebook con una fotografía de Shakira junto a un hombre extranjero, conversando con la gobernadora del Chocó. La imagen estaba acompañada de una frase que, a primera vista, podía parecer simplemente un comentario admirativo: “La cara de asombro de Shakira al ver a la gobernadora del Chocó hablando inglés fluidamente”.
A mí, en cambio, me produjo indignación, no tanto porque la gobernadora hable inglés. Tampoco porque Shakira se haya sorprendido, si es que realmente se sorprendió. Lo que me molestó fue la idea que se desliza por debajo de la frase: ¿desde cuándo resulta extraordinario que una mujer negra del Chocó hable inglés?
Ahí está el problema. Porque si la persona que estuviera hablando con Shakira fuera un hombre blanco, bogotano, perteneciente a una familia acomodada, probablemente nadie habría convertido su dominio del inglés en motivo de asombro. Se habría considerado una circunstancia perfectamente normal. Tal vez nadie habría reparado siquiera en ella.
Pero cuando se trata de una mujer negra y chocoana, su dominio de otro idioma parece convertirse en una revelación; y aquí es donde me pregunto: ¿qué era exactamente lo que se esperaba de la gobernadora?
Ese es, a mi juicio, uno de los rostros más persistentes del racismo colombiano. No necesariamente el del insulto, la prohibición o la agresión abierta. Es un racismo mucho más discreto y, por eso mismo, más difícil de detectar: el racismo de las expectativas, que no siempre consiste en decir que un negro no puede ocupar determinado lugar. A veces consiste simplemente en sorprenderse cuando lo ocupa.
Nos hemos acostumbrado a creer que los negros sólo pueden ser músicos, deportistas, bailarines, entretenedores, limitados sólo al trabajo físico y al servicio; y, por supuesto, hay enormes talentos y aportes de la población negra en todos esos campos. Lo problemático ocurre cuando esa representación se convierte en una frontera invisible, como si algunas actividades fueran naturalmente negras y otras necesitaran una explicación.
Por eso no debería sorprendernos que una mujer negra del Chocó hable inglés. Ni que hable francés, alemán, italiano o cualquier otro idioma. Tampoco debería sorprendernos que un hombre negro sea gerente de un banco, investigador, empresario internacional, rector universitario, diplomático, médico o ingeniero. Pero todavía nos sorprendemos; y ahí es donde uno tiene que preguntarse, ¿qué ha pasado realmente después de tantos años de leyes, campañas, debates, conferencias y discursos contra el racismo y la discriminación?
Las leyes son necesarias. Los debates son necesarios. Las instituciones tienen que actuar. Pero hay un territorio al que las leyes llegan con mucha dificultad: el imaginario colectivo.
Podemos prohibir la discriminación y, al mismo tiempo, conservar en la cabeza una imagen sobre quién parece destinado a mandar, quién parece destinado a servir, quién parece culto y quién parece ignorante, quién parece pertenecer a determinados espacios y quién parece estar invadiéndolos. Ese es el racismo que me preocupa, porque no necesita decir, “los negros no pueden”. Le basta con pensar: “¡qué raro que este negro pueda!”.
El elogio que también revela un prejuicio. Hay algo particularmente engañoso en esta clase de situaciones: muchas veces el prejuicio viene disfrazado de admiración: “¡Mira, habla inglés!” “¡Mira, es profesional!” “¡Mira, tiene una maestría!” “¡Mira, llegó a ser gerente!”
Todo eso parece un elogio, pero detrás puede esconderse una pregunta mucho menos amable: ¿Por qué esperábamos que no pudiera hacerlo?
Esto no significa que cada persona que destaque la preparación de alguien negro esté siendo racista. Sería absurdo afirmar semejante cosa. Una habilidad puede ser noticia por muchas razones. Lo que debemos mirar es el contexto; y, sobre todo, qué es lo que nos produce asombro.
Si el hecho de hablar cinco idiomas nos parece extraordinario independientemente del color de la piel, estamos hablando de una cosa. Pero si la sorpresa aparece porque quien los habla es una mujer negra del Chocó, estamos ante otra.
La diferencia puede ser sutil, pero no es insignificante. El problema no está solamente en los lugares que ocupamos sino en los lugares que imaginamos que podemos ocupar.
Hay una pregunta que considero todavía más importante: ¿qué ocurre con los niños y jóvenes negros que crecen dentro de este imaginario? Porque la sociedad no solamente les dice quiénes son. También les transmite, muchas veces sin palabras, hasta dónde pueden llegar.
Un muchacho negro puede crecer viendo que los negros son excelentes futbolistas, músicos, bailarines o cantantes. Eso está bien. El problema comienza cuando casi nunca los ve representados como científicos, empresarios, filósofos, escritores, jueces, investigadores, diplomáticos o dirigentes de grandes organizaciones.
La representación importa porque amplía el horizonte de lo posible. Un niño que ve a una persona parecida a él ocupando un lugar de poder no tiene que imaginar que ese lugar está reservado para otros, lo cual también vale para las comunidades indígenas.
No se trata de sacar a nadie de los lugares que tradicionalmente ha ocupado. Se trata de acabar con la idea de que esos lugares son los únicos que le corresponden.
Estados Unidos tiene una historia racial brutal. Sería ingenuo presentar a ese país como una sociedad libre de racismo, porque no lo es. Pero hay algo que vale la pena observar: allí la presencia de personas negras en las más altas esferas del poder político, empresarial, académico y cultural hace parte desde hace décadas del imaginario público. Lo digo porque lo presencié de cerca. Un presidente negro no dejó de ser un acontecimiento histórico, pero ya no resulta inconcebible. Un empresario negro al frente de una gran compañía no constituye una contradicción.
En Colombia todavía estamos lejos de esa normalización en muchos espacios; y quizá esa sea una de las diferencias fundamentales: no basta con que una sociedad permita que una persona negra llegue a determinado lugar; tiene que llegar el momento en que su presencia allí deje de parecernos extraordinaria, porque mientras sigamos diciendo: “mira, una negra hablando inglés”, estaremos revelando algo sobre nosotros mismos, no sobre ella.
Por eso, cuando veo una fotografía como aquella, no me interesa tanto saber si Shakira puso cara de asombro o no. Me interesa saber por qué a nosotros nos parece digno de comentario que una gobernadora negra hable inglés; y aquí me pregunto qué habría ocurrido si hubiese sido un hombre blanco de Bogotá. Probablemente nadie habría escrito la frase. Ahí está el espejo que deberíamos mirar.
Tal vez el verdadero desafío del antirracismo colombiano no consiste solamente en conseguir nuevas leyes ni en organizar más debates. Consiste en transformar esas pequeñas expectativas que todavía llevamos dentro y que nos dicen, sin que nos demos cuenta, quién parece pertenecer a un lugar y quién parece estar allí por excepción.
El racismo no desaparece completamente cuando dejamos de insultar. También tiene que desaparecer el asombro equivocado.
Que un negro sea músico no debería sorprendernos. Que sea deportista, tampoco. Que sea empresario, científico, escritor, ministro, gerente o diplomático, tampoco. Que una chocoana hable inglés, francés, alemán o cualquier otro idioma, tampoco.
Cuando todo eso deje de producirnos asombro, habremos avanzado mucho más que cuando simplemente aprendimos a decir que todos somos iguales, ya que una sociedad verdaderamente libre de prejuicios no es aquella que tolera que los negros lleguen a ciertos lugares. Es aquella en la que ya nadie se pregunta qué hace un negro allí.
Ese día el color de la piel habrá dejado de funcionar como una frontera invisible; y quizá entonces podamos mirar una fotografía de una mujer negra hablando inglés con Shakira y pensar, sencillamente: una gobernadora conversando con otra mujer. Una en inglés. ¿Y qué tiene de raro?