𝐄𝐥 𝐡𝐚𝐥𝐥𝐚𝐳𝐠𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐜𝐮𝐞𝐫𝐩𝐨 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐣𝐨𝐯𝐞𝐧 𝐝𝐞𝐧𝐭𝐫𝐨 𝐝𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐚𝐥𝐞𝐭𝐚 𝐞𝐧 𝐁𝐨𝐠𝐨𝐭𝐚́, 𝐦𝐞 𝐡𝐢𝐳𝐨 𝐫𝐞𝐜𝐨𝐫𝐝𝐚𝐫 𝐥𝐚𝐬 𝐚𝐝𝐯𝐞𝐫𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐫𝐞𝐜𝐢𝐛𝐢́ 𝐝𝐮𝐫𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐮𝐧 𝐯𝐢𝐚𝐣𝐞 𝐚 𝐄𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐔𝐧𝐢𝐝𝐨𝐬 𝐲 𝐩𝐫𝐞𝐠𝐮𝐧𝐭𝐚𝐫𝐦𝐞 𝐩𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞́ 𝐚𝐥𝐠𝐮𝐧𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥𝐢𝐧𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐞𝐱𝐭𝐫𝐚𝐧𝐣𝐞𝐫𝐨𝐬 𝐞𝐧𝐜𝐮𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐧 𝐞𝐧 𝐀𝐦𝐞́𝐫𝐢𝐜𝐚 𝐋𝐚𝐭𝐢𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐟𝐚𝐯𝐨𝐫𝐞𝐜𝐞𝐧 𝐬𝐮𝐬 𝐜𝐫𝐢́𝐦𝐞𝐧𝐞𝐬.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
A principios de este siglo, un grupo de periodistas afrocolombianos recibimos una invitación de la Embajada de los Estados Unidos para participar en un curso sobre periodismo y comunidad en ese país. Fue una experiencia enriquecedora, no sólo por las conferencias y visitas sino también por las conversaciones que sostuvimos con funcionarios y ciudadanos de esa nación.
Recuerdo que, cada vez que íbamos a disponer de algún tiempo libre para recorrer las ciudades, los funcionarios de la embajada nos reunían para hacernos varias recomendaciones sobre las costumbres locales y sobre comportamientos que podían meternos en problemas.
Una advertencia me quedo grabada para siempre: nos dijeron que evitáramos lanzarles piropos a las mujeres en la calle; y ahí mismo nos explicaron que un comportamiento de ese tipo podía ser interpretado como acoso y terminar con la intervención de la policía. Uno de ellos, medio en broma y medio en serio, remato diciendo: “Mejor ni las miren”.
En aquel momento muchos sonreímos, pues veníamos de una cultura donde el piropo todavía era visto por muchos como una forma de galantería, aunque ya empezaban a escucharse voces que lo cuestionaban. Pero el caso es que la diferencia entre una sociedad y otra resultaba evidente.
Esa anécdota volvió a mi memoria hace pocos días, cuando conocimos la noticia del hallazgo del cadáver de una joven dentro de una maleta en un hotel de Bogotá y de la captura de un ciudadano extranjero como principal sospechoso del crimen.
Por desgracia, ese no ha sido el único caso. En Colombia y en otros países latinoamericanos se han conocido hechos en los que extranjeros aparecen vinculados con asesinatos, explotación sexual, trata de personas y otras formas de violencia contra mujeres jóvenes.
Sería un error concluir que los extranjeros vienen a América Latina exclusivamente con esas intenciones. También hay una inmensa mayoría que viaja por turismo, trabajo, inversión, estudios o simple curiosidad. Muchos respetan nuestras leyes y hacen aportes positivos a las comunidades que visitan.
Pero también existe otra realidad que no podemos ignorar: los delincuentes extranjeros encuentran en algunos países latinoamericanos un terreno que perciben como más favorable para actuar. No porque aquí la maldad sea mayor sino porque creen que las posibilidades de ser descubiertos o castigados son menores.
La debilidad institucional, la corrupción, las dificultades para investigar delitos transnacionales y las profundas desigualdades sociales, terminan convirtiéndose en factores que esos delincuentes olfatean y saben aprovechar muy bien.
No se trata únicamente de homicidios, dado que también están las redes de explotación sexual, el turismo sexual, la trata de personas y las relaciones construidas sobre enormes diferencias económicas y de poder.
Hace algunos años tuve la oportunidad de conocer algunos informes elaborados por organizaciones de derechos humanos que describían cómo operan algunos de esos depredadores, quienes no llegan mostrando violencia desde el primer día. Por el contrario, suelen presentarse como hombres amables, generosos, educados y dispuestos a cambiarles la vida a sus víctimas.
Poco a poco aíslan a esas mujeres de sus familias, las hacen depender económicamente de ellos y terminan sometiéndolas a situaciones de explotación que muchas veces desembocan en esclavitud sexual, trabajos forzados, consumo de drogas o violencia permanente.
Advierten los informes que no todos esos delincuentes son iguales, puesto que algunos pueden tener rasgos compatibles con personalidades psicopáticas; otros, simplemente son criminales oportunistas. Lo importante es entender que el problema no es la nacionalidad sino la combinación entre perversidad e impunidad.
Con frecuencia escuchamos decir que esas personas no se atreven a hacer en sus países lo que hacen aquí, pero creo que esa afirmación merece una revisión, pues delitos semejantes también ocurren en los países desarrollados. La diferencia puede estar en que muchos delincuentes perciben que en determinados lugares de América Latina tienen más oportunidades para manipular a las víctimas y escapar de la justicia.
Eso debería llevarnos a una reflexión no tan agradable: ¿estamos ofreciendo suficientes garantías para proteger a las mujeres, especialmente a aquellas que se encuentran en condiciones de vulnerabilidad económica o emocional?
También deberíamos preguntarnos por qué seguimos enviando ciertos mensajes culturales a nuestros ciudadanos desde la infancia. Más claro: durante generaciones hemos repetido, casi sin darnos cuenta, que todo lo extranjero es superior, la ropa extranjera, la música extranjera, el acento extranjero; y, para algunas personas, hasta la posibilidad de construir un proyecto de vida con un extranjero (a).
Naturalmente, enamorarse de alguien de otro país no tiene nada de malo. Miles de parejas demuestran cada día que el amor no conoce fronteras. El problema aparece cuando esa admiración se convierte en idealización y hace bajar la guardia frente a personas que saben aprovecharse de esa confianza.
Así como a mí a mis colegas afrocolombianos nos advirtieron sobre las normas y los riesgos de comportarnos de determinada manera en los Estados Unidos, también sería saludable que Colombia fortaleciera los mensajes de prevención dirigidos tanto a nacionales como a visitantes, dejando claro que aquí las mujeres merecen el mismo respeto y la misma protección.
No podemos resignarnos a que sólo sepamos sobre ciertos extranjeros cuando ocurre una tragedia. Lo verdaderamente importante es construir instituciones capaces de prevenir esos delitos antes de que sucedan, y de castigarlos con toda la severidad cuando se presenten. Porque el problema nunca ha sido el extranjero que llega con respeto y buena fe. El verdadero peligro está en el delincuente que cruza fronteras buscando victimas fáciles y en las sociedades que, por acción u omisión, terminan facilitándole el camino. Combatir esa realidad exige menos prejuicios y más justicia.