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La certeza de lo incierto

Unas horas después de ocurrido el terremoto en el suroccidente del país, los trabajadores de un abasto, diagonal a mi casa, programaron su acostumbrada lista de canciones vallenatas en la cabina de sonido que cuelgan en una de sus puertas; y ahora mismo no sabría decir si fue casualidad o si lo hicieron a propósito, pero salió la voz de Diomedes Díaz diciendo:

“Tú dirás que soy un inocente

porque soy zalamero y complaciente,

pero hay gente que piensa que este mundo

es de ellos y que más nadie lo merece.

También pienso que es por eso

que la tierra se estremece. Y cuando tiembla, cuando tiembla, de nadie se compadece”.

De inmediato se me ocurrió que ese verso, escuchado de pasada, podría parecer apenas una ocurrencia poética; pero, desde luego, Diomedes no estaba hablando de geología ni pretendía explicar por qué se producen los terremotos ni competir con los científicos que estudian el movimiento de las placas tectónicas.

Estaba hablando de otra cosa: de la soberbia. De esa manera que tenemos los seres humanos de comportarnos como si el mundo hubiera sido hecho exclusivamente para nosotros. Como si nuestro bienestar fuera más importante que el de los demás. Como si el espacio que ocupamos nos perteneciera por derecho y los otros tuvieran que conformarse con las sobras.

Por eso el verso golpea la cabeza ahora que la tierra volvió a estremecerse, porque uno construye la vida suponiendo que el suelo permanecerá quieto. Es que ni siquiera pensamos en eso. Caminamos, dormimos, trabajamos, hacemos planes, criamos a nuestros hijos, compramos una casa, levantamos un negocio y proyectamos nuestra existencia hacia el futuro, porque damos por sentado algo tan elemental que ni siquiera merece una reflexión: que la tierra seguirá firme debajo de nuestros pies. Hasta que tiembla. Entonces, durante unos segundos que parecen interminables, descubrimos que esa seguridad era apenas una costumbre.

Un terremoto no solamente mueve la tierra, también mueve las certezas. La primera certeza que se sacude es la de estar a salvo. Basta con que el piso comience a moverse para recordar que hay fuerzas que no negocian con nadie. No preguntan cuánto dinero tenemos, qué apellido llevamos, qué cargo ocupamos ni qué tan importantes creemos ser.

Pero esa aparente igualdad dura poco. Porque cuando termina el movimiento, comienza a aparecer la desigualdad. No todas las casas son iguales. No todos los edificios fueron construidos bajo las mismas condiciones. No todas las familias tienen los mismos recursos para reparar una pared, reconstruir una vivienda o abandonar temporalmente un lugar que dejó de ser seguro.

Para algunos, el terremoto será una experiencia angustiosa que con el tiempo quedará convertida en una conversación. Para otros, puede significar perderlo casi todo. Ahí es donde una tragedia natural empieza a revelar algo que no es natural: las diferencias con las que hemos construido nuestra sociedad. Vuelve entonces la pregunta que siempre aparece después de una tragedia: ¿qué tanto hemos aprendido?

Colombia tiene memoria de terremotos. Hemos visto ciudades estremecerse, edificios caer, familias perder sus viviendas y comunidades enteras tener que levantarse prácticamente desde las ruinas. Durante los primeros días todos hablamos de prevención. Se hacen balances, aparecen funcionarios, se anuncian ayudas y se pronuncian discursos. Después, lentamente, la tragedia comienza a abandonar las conversaciones.

La memoria de los países es curiosa, porque recordamos mientras el dolor está fresco. Después volvemos a la rutina y dejamos que el olvido haga su trabajo. Hasta que vuelve a temblar. Quizá por eso cada terremoto debería servir para algo más que medir su magnitud, contar los daños y calcular las pérdidas. Debería obligarnos a mirar aquello que normalmente preferimos no mirar: cómo construimos nuestras ciudades, dónde permitimos construir, qué tan preparados están nuestros organismos de emergencia y qué posibilidades reales tienen los más pobres de protegerse frente a una tragedia.

Lo cierto es que una emergencia puede comenzar mucho antes de que tiemble la tierra. Comienza cuando se construye mal, cuando se permite construir donde no se debería, cuando la prevención se considera un gasto innecesario, cuando una familia no tiene otra alternativa que vivir en condiciones vulnerables y cuando la pobreza obliga a aceptar riesgos que otros jamás aceptarían.

Es aquí cuando  el verso de Diomedes adquiere otra dimensión: “Hay gente que piensa que este mundo es de ellos y que más nadie lo merece”. Y esa gente no necesariamente son los ricos. No necesariamente son los poderosos. Son, en general, quienes han terminado creyendo que su bienestar puede levantarse sobre la penuria, la necesidad o la vulnerabilidad de los demás.

Ese sentimiento atraviesa muchas cosas de nuestra vida cotidiana. Está en quien cree que merece una ciudad limpia, pero arroja la basura donde viven otros. En quien exige seguridad, pero considera exagerado invertir en prevención. En quien reclama oportunidades para sus hijos, pero no quiere que los hijos de los demás tengan las mismas oportunidades. En quien piensa que el mundo debe acomodarse a sus necesidades y que los demás deberían agradecerle el espacio que les concede.

Quizá por eso la frase de Diomedes tiene una fuerza que va mucho más allá de la canción: “También pienso que es por eso que la tierra se estremece”.

La ciencia podrá explicar el movimiento de las placas, la profundidad del sismo, su magnitud y su epicentro… y debe hacerlo. Pero la poesía puede hacer otra pregunta.  ¿Qué pasa con nosotros cuando la tierra se mueve? Ahí aparece también una de las caras más hermosas de las tragedias: la solidaridad.

Durante las primeras horas de una emergencia suele aparecer una Colombia distinta. Personas que no se conocen ayudan a otras que nunca volverán a ver. Se abren puertas, se comparten alimentos, alguien presta un vehículo y otro remueve escombros con las manos. Durante un instante dejamos de preguntarnos de dónde viene el otro, cuánto gana, qué piensa o qué lugar ocupa. Simplemente ayudamos.

Es curioso que a veces necesitemos que la tierra tiemble para recordar que pertenecemos al mismo lugar. Pero el terremoto no termina cuando deja de moverse el suelo. Para muchas personas comienza entonces otra etapa: la de las paredes agrietadas, las viviendas inhabitables, los negocios destruidos, las deudas, la incertidumbre y el miedo a que vuelva a suceder.

El suelo queda quieto, pero la vida ya no. Hay quienes pasan noches enteras mirando el techo. Quienes escuchan un ruido y sienten que el corazón se les acelera. Quienes tienen que comenzar de nuevo mientras el resto del país ya está ocupado en otra noticia.

Ese es el verdadero día después. Es allí donde una sociedad demuestra si su solidaridad era auténtica o simplemente una emoción pasajera producida por las imágenes de la tragedia. Porque reconstruir no significa solamente levantar paredes. Significa devolverle a una familia la posibilidad de sentirse segura, lo cual toma mucho más tiempo.

Tal vez por eso los terremotos deberían hacernos pensar también en nuestra propia fragilidad. Vivimos como si todo fuera permanente. Creemos permanentes los edificios, los trabajos, las relaciones, el dinero, los proyectos y hasta las personas que amamos. Hacemos planes para los próximos años sin recordar demasiado que la vida puede cambiar en cuestión de segundos.

Entonces la tierra se mueve. Ahí comprendemos que quizá la estabilidad nunca fue una propiedad de las cosas sino una ilusión necesaria para poder vivir.

No se trata, sin embargo, de vivir aterrorizados esperando la próxima sacudida. Se trata de aprender, de construir mejor, de prevenir, de recordar, de cuidar, de ayudar y de comprender que una sociedad verdaderamente preparada no es aquella que cree que nunca ocurrirá una tragedia, sino aquella que sabe qué hacer cuando ocurra.

La tierra seguirá moviéndose. Eso no podemos impedirlo. Lo que sí podemos decidir es cuánto se nos cae encima cuando lo haga. Quizá ahí esté la gran paradoja del terremoto: la tierra puede estremecerse por razones que la ciencia explica perfectamente, pero sus consecuencias dependen, en buena medida, de cómo hemos construido el mundo antes de que comenzara a temblar.

Algunas cosas caen porque eran frágiles. Otras, porque estaban mal construidas. Otras, porque nadie quiso repararlas a tiempo; y algunas porque confundimos la costumbre con la seguridad.

Por eso vuelvo al viejo verso de Diomedes: “Hay gente que piensa que este mundo es de ellos y que más nadie lo merece”.

Tal vez sea exagerado atribuirle a la tierra una intención moral, pero la poesía tiene derecho a hacerlo; y a veces una canción popular consigue formular, con seis versos, una pregunta que un tratado entero no alcanza a plantear: ¿Qué clase de mundo estamos construyendo mientras creemos que el suelo nunca va a moverse? Porque uno construye la vida suponiendo que el suelo permanecerá quieto, pero no permanece quieto.

Quizá la verdadera lección no sea aprender a vivir con miedo de que la tierra vuelva a estremecerse. Quizá sea aprender a construir un mundo que, cuando eso ocurra, no se derrumbe encima de los más vulnerables.

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