El algoritmo dice que mientras más indolencia, el rédito de lo viral es mayormente premiado. Parece estúpido, pero es la regla que se volvió norma.
Este 10 de agosto, así como el 24 de junio, se convirtieron en días inolvidables para la historia: dos países hermanos y vecinos —Colombia y Venezuela— ahora quedaron etiquetados con la misma tragedia: terremotos devastaron algunas ciudades; y, como consecuencia, el reino de la muerte y el dolor impusieron su ley. Tomaremos de ejemplo estos hechos para reflexionar sobre la tendencia del morbo, conducta global propia del contexto de la nueva comunicación de la gente.
Esta nota editorial evita detallar la tragedia, porque ese mensaje lo cuentan muchos medios periodísticos y la narrativa viral de redes sociales, algunos con criterios responsables; y otros, con el rol del show, ese que tiene como papel fundamental el morbo.
En este texto nos vamos a enfocar en el sentido humano. Si bien son de valía los testimonios que quedan registrados en las cámaras de los teléfonos y de seguridad, donde se observa el preciso momento en que ocurren las tragedias, queda una extraña sensación: ¿Qué es más importante? ¿Prender la cámara del teléfono, asistir en la emergencia o salvaguardar la vida de quien graba la escena?
A los pocos minutos de las tragedias, las redes sociales y todas sus plataformas narran sin pudor ni filtros las dolorosas imágenes de la eventualidad o fenómeno natural registrado. Porque, lejos del siniestro, hay una masa hambrienta de morbo.
Tanto es el morbo de mostrar en las cámaras que, personalidades o personajes del show, como el actual presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, salen a reportar las cifras de la tragedia como si se tratara de algo alegórico: expresando risotadas y lanzando besos. Y en otros reportes, desde los lugares de la tragedia, no hay un gesto solidario con las víctimas sino una postura arrogante.
Lo anterior es solo para decir hasta dónde ha llegado la conducta de las personas que distan del sentir de lo humano. Ninguna tragedia es para hacer show ni menos para pensar en qué tan virales se convierten las imágenes que se captaron en los teléfonos, donde quienes las registraron, en algunos casos, se mostraron para poner su impronta. Esto del Internet, y toda su parafernalia, si bien es necesario y ha contribuido para una efectiva comunicación entre la gente, permitiéndose la descentralización, democratización y crecimiento del conocimiento, tiene una seria conducta que nos deshumaniza y robotiza, porque, al final, lo que importa es el show y qué tan rápido se salta a la fama.