Este personaje cartagenero no es otra cosa que un pedidor de dinero, pero está muy lejos de calificarse como limosnero o indigente, pues es común que, la mayoría de las veces, tenga su hogar, esposa e hijos.
Rubén Darío Álvarez Pacheco, muchachon@rinconguapo.com
El escritor cartagenero Antonio Prada Fortul suele asegurar que teme a pocas cosas en este mundo, y que entre las pocas que merecen su temor están los “varilleros” o “sableros”, quienes permanecen en sitios claves del Centro Histórico de Cartagena.
Basándose en eso, Prada Fortul afirma que, preferiblemente en el sector La Matuna, existen lo que él llama las “zonas varilleras”, que no son otra cosa que los puntos donde se estacionan (desde tempranas horas de la mañana y hasta cierta hora de la tarde) los “varilleros” o “sableros”.
Estos personajes, según el escritor de marras, no son otra cosa que pedidores de dinero, quienes están muy lejos de calificarse como limosneros o indigentes, pues es común que muchos de ellos tengan sus hogares, esposas e hijos, asuntos que, sin embargo, no logran detener el impulso que los impele a pedir dinero, a manera de un préstamo que nunca cancelan.
Estos especímenes urbanos, cuyas edades arrancan desde los 50 años en adelante, acostumbran a reunirse en la esquina del Banco Popular, en el pasaje La Matuna Coffe Shop, en el Parque Bolívar, en ambos costados del Centro Uno o en los alrededores de la Plazoleta Joe Arroyo. Anteriormente lo hacían en los bajos del Palacio de la Proclamación, cuando allí funcionaba la Gobernación de Bolívar, pero, una vez reubicado ese ente estatal, el lugar se convirtió en una “zona varillera extinta”.
Prada cuenta, entre risueño y ofuscado, que en cuanto se baja del Transcaribe y pisa la Plazoleta de la Paz, ya va pensando en el menudo que lleva en los bolsillos, para sortear las varias clases de varilleros que se encontrará en el camino y que inevitablemente le lanzarán el primer sablazo del día, en cuanto lo divisen en medio del ajetreo citadino.
Prada los clasifica de esta manera:
Está el varillero “pobrecito”. Su especialidad es generar lástima. Por eso, casi siempre tiene un familiar enfermo en casa o en una clínica; y de su mano cuelga una receta arrugada y manoseada, que supuestamente debe comprar lo más pronto posible, pero no le alcanza el dinero que lleva en la billetera. Otras veces, el enfermo es él mismo, aunque evidentemente sus presuntos problemas de salud no le impiden estar parado todo el día en la “zona varillera” cazando a sus víctimas.
Respecto a esto último, las víctimas del varillero son personas que él ha conocido desde siempre como serios trabajadores y con una situación económica aceptable. Además, ya tiene identificadas las rutas por donde cada uno de esos dadivosos acostumbra a moverse en el Centro, pero especialmente en La Matuna.
El segundo varillero es el “conchudo” o “cínico”. Este espécimen no sólo es experto en identificar desde lejos a la víctima y detenerla en plena vía, sino que también exige la cantidad de dinero que deben darle. Dicho de otro modo: el acosado no está facultado para determinar ese guarismo, porque de seguro al sablero no le será suficiente: “¡Jodaaaaaa! —ladra sin sonrojarse—, ¿mil barras es todo lo que me vas a dar? Eso a mí no me alcanza”.
El tercer varillero es el “recaudador”, quien actúa como si, en serio, su oficio fuera cobrar impuestos. Si la víctima logra esquivarlo más de una vez, la próxima que se la encuentre le recordará que le debe un acumulado que depende de una cifra determinada por él mismo: “Me debes seis mil pesos, porque llevas tres días sin darme nada y prometiendo que mañana, mañana, mañana…”.
De acuerdo con Prada Fortul, el gremio de los varilleros (casi siempre hombres alcoholizados) está compuesto por pensionados y por desempleados, quienes son malos administradores de sus propios recursos, además de que desde mucho tiempo le cogieron el gusto a pedir dinero entre sus conocidos.
Junto a ese grupo corre otro paralelo: el de los cazadores de políticos y funcionarios, cuya investidura es diferente a la de los que se rebuscan en La Matuna, dado que suelen disfrazarse de líderes comunales, veedores, gestores sociales, emprendedores culturales y periodistas independientes; y se les localiza a las puertas del Concejo Distrital o en los bajos de la Alcaldía.
Se dice en los corrillos del Centro que, tanto políticos como funcionarios, acostumbran a apartar un presupuesto para repartir entre este tipo de sableros, quienes nunca terminan de resolver ningún problema en sus comunidades.
Prada Fortul afirma que todavía no le ha pasado, pero que sí tiene conocimiento de que algunos sableros ya han incorporado a su afición las bondades de la revolución tecnológica. Es decir, ya no sólo se apuestan en las esquinas claves del Centro sino que, desde sus residencias o donde estén, envían mensajes de whatsapp, mediante los cuales piden que se les consigne alguna cantidad, dependiendo de la confianza que se tenga con el allegado.
Asimismo, dice haber reflexionado con sus contertulios que algo que facilita la labor del sablero es la idiosincrasia solidaria de la Región Caribe, en el sentido de que, desde muy pequeño, el ciudadano de estas tierras es entrenado para que ayude, regale, colabore, se conduela y tenga empatía con quien se muestre desposeído en la comunidad, cosa que muy poco se ve en otras ciudades o países, donde no queda otro remedio que ser autosuficiente. “Y lo otro —remata Prada— es que el flojo tiene tiempo para todo. Por eso se ingenia miles de estrategias para conseguir lo que necesita y sin tener que esforzarse demasiado”.